Sobre las dos caras de la malnutrición generada por un sistema alimentario nocivo

La obesidad ha dejado de ser un problema característico de los países ricos, del mismo modo que la desnutrición ya no afecta solo a los países pobres. En todo el mundo, se estima que hay 2.300 millones de personas con obesidad o sobrepeso, y más de 150 millones de niños con retrasos del crecimiento por desnutrición. Lo nuevo de nuestro tiempo es que estos dos problemas coexisten en los mismos países, ciudades, comunidades, familias e incluso individuos, en distintas etapas de su vida. La sobrealimentación y la desnutrición son dos fenómenos interconectados, originados por el actual sistema alimentario global  y solapados en la tercera parte de los países con menores ingresos, según el demoledor informe The double burden of malnutrition publicado el pasado 15 de diciembre en The Lancet.

“Nos enfrentamos a una nueva realidad nutricional”, advierte Francesco Branca, primer autor del informe y director del Departamento de Nutrición para la Salud y el Desarrollo de la OMS, en declaraciones recogidas en el comunicado de prensa de The Lancet. “Todas las formas de malnutrición tienen un denominador común: los sistemas alimentarios, que no son capaces de proporcionar a todas las personas una dieta saludable, segura, asequible y sostenible. Para cambiar esta situación será necesario actuar en todos los ámbitos de la alimentación, desde la producción y el procesado, pasando por el comercio y la distribución, la fijación de precios, la comercialización y el etiquetado, hasta el consumo y los residuos. Todas las políticas e inversiones relevantes deben ser radicalmente reexaminadas”.

El informe señala que 48 de los 126 países estudiados presentan simultáneamente este doble problema de malnutrición, 14 de los cuales no lo tenían en la década de 1990. La desnutrición en los primeros años de vida (los 1.000 primeros días son los cruciales) seguida a menudo de sobrepeso aumenta el riesgo de sufrir una serie de enfermedades no transmisibles y es también, un factor clave que impulsa las epidemias mundiales de diabetes tipo 2, hipertensión arterial, ictus y enfermedad cardiovascular. Además, estos efectos negativos pueden pasar de una generación a otra, pues las madres obesas que sufrieron desnutrición de niñas tienden a tener hijos obesos y con peor salud.

Un aspecto llamativo es la escasa difusión que ha tenido el informe en la prensa occidental en comparación con la de los países menos ricos: prácticamente solo The Guardian y la BBC, entre los medios más relevantes, se han hecho eco. Quizá sea porque el problema afecta principalmente a los países menos ricos, porque el asunto se antoja demasiado complejo para despacharlo en una noticia (el informe consta de cuatro densos artículos sobre la dinámica de la malnutrición, la etiología y sus consecuencias, las políticas y los efectos económicos) y porque tampoco se esboza una estrategia clara para el cambio. Lo que sí está claro es que es necesario el concurso de todos: desde la ONU y la comunidad científica, hasta los medios de comunicación, el sector privado y la sociedad civil en general.

Como señala el informe, este estado de malnutrición se explica por los recientes y rápidos cambios ocurridos en el sistema alimentario global y la falta de ejercicio en el trabajo y los desplazamientos; y, en particular, por la amplia disponibilidad de alimentos y bebidas ultraprocesados y de bajo precio, que favorecen la ganancia de peso y afectan negativamente a las dietas de los niños y los escolares. El control de toda la cadena alimentaria por empresas globales es, además, un elemento clave que dificulta el cambio del sistema. Por eso, en el manifiesto que firman los autores en The Lancet, se recalca que no se debe permitir que la industria alimentaria interfiera en las políticas públicas ni sesgue las evidencias científicas.