Si los científicos son realmente los expertos con mayor credibilidad, esto significaría que la verdad científica cotiza más alto que otros tipos de verdad. Pero a nadie se le escapa que esta superior credibilidad se circunscribe a aquellos ámbitos en los que la ciencia tiene algo importante que decir, ya sea la práctica médica o la predicción del clima. Cuando hablamos de fútbol, de política, de gustos o de lo bueno y lo malo, un científico es uno más en la conversación, por más que aporte sus remilgos escépticos y empíricos. Establecer la verdad empírica, aquella que se basa en pruebas verificables, es el objetivo de la ciencia moderna, probablemente la mayor empresa humana jamás organizada en pos de la verdad (con la excepción de la religión). Pero esta empresa se circunscribe a los dominios de los hechos comprobables con el método científico; y tiene, además, otras limitaciones, entre ellas las de estar sometida, como cualquier actividad humana, a las injerencias del poder y la elaboración de un producto de baja calidad.

Algunos de los pasos en falso de la ciencia, como, por ejemplo, la demonización de la grasa dietética a la par que la indulgencia con el azúcar, perpetrada por la ciencia médica en el último medio siglo y solo recientemente desvelada, ha sido más una consecuencia de la injerencia de ciertos poderes económicos que de la natural evolución del conocimiento científico. En este caso, como en otros en los que median conflictos de intereses, la verdad “poderosa” ha impedido que aflore la verdad científica. Muy a menudo son las condiciones que favorecen la producción de una ciencia de baja calidad (entre ellas, el famoso publicar o perecer que agobia a tantos científicos) lo que obstaculiza y desvirtúa la verdad basada en pruebas. Aunque la ciencia tiene una notable capacidad de autocorregirse y de aflorar su verdad provisional, estos pasos en falso merman su credibilidad y pueden dar alas a otras supuestas verdades, sobre todo en estos tiempos de relativismo y posverdad.

Aunque no existe una taxonomía canónica, está claro que nos manejamos con diferentes especies de verdad que compiten entre sí y hasta cierto punto completan sus respectivas lagunas. Así, la verdad revelada o religiosa, que ha reinado a sus anchas durante la mayor parte de la historia humana, es una especie especialmente singular, y el reconocimiento de esta singularidad bastaría para que no compitiera con las verdades laicas. La verdad razonada, que entronizó Descartes y se basa en la razón pura y la deducción, ha mostrado que su reino es el de los conceptos, el de la lógica y la matemática, pero no es aplicable a las impuras cosas reales. Por su parte, la verdad moral opera sobre los valores, un ámbito estrechamente vinculado a los sentimientos y la empatía, aunque también se va actualizando con el conocimiento empírico de los hechos. Pero hay más: el filósofo británico Julian Baggini, en su Breve historia de la verdad, identifica hasta una decena de tipos habituales, cada uno con su historia, su campo de aplicación y sus limitaciones.

El libro de Baggini muestra que la verdad es compleja y multiforme, pero no algo abstracto ni en decadencia. Unas verdades se apoyan en otras formando redes de creencias o certezas, que nos resultan de gran ayuda para interpretar el mundo y funcionar en el día a día. La ciencia, con su reputado sistema o red de verdades no puede ofrecer certezas ni respuestas para todo, ni mucho menos. Sin embargo, nos enseña que para no equivocarnos al buscar la verdad de los hechos es importante tener una actitud crítica, desprejuiciada y escéptica. Y muestra también que, aunque la verdad es una empresa colectiva, debemos pensar por nosotros mismos.