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Contra la mala ciencia

Sobre la inflación de estudios de baja calidad y la ineficiencia de la investigación

La ciencia padece un síndrome difícil de caracterizar y más difícil todavía de tratar. El cuerpo de la ciencia ha desarrollado en las últimas décadas un crecimiento de apariencia tumoral que podríamos llamar la mala ciencia o ciencia mal hecha. Esta excrecencia está constituida por todos esos estudios de baja calidad que no aportan sino ruido y confusión. Se sospecha que, por carencias metodológicas y de otro tipo, la mayoría de los tres millones de estudios que se publican anualmente (un millón de ellos, en el campo de la biomedicina) carece de relevancia científica. Los resultados de muchos de ellos no son reproducibles y hasta es bien posible que sean falsos, como advirtió John Ioannidis en su artículo Why most published findings are false, publicado en 2005. Este artículo, que significó un bofetón a la comunidad científica y es ya uno de los más citados, disparó las alarmas sobre la credibilidad y la dilapidación de recursos en la investigación. Ahora, en el primer número de 2017 de la revista Nature Human Behavior, Ioannidis y otros investigadores proponen una serie de medidas para mejorar la confianza y eficiencia de la ciencia en un Manifiesto for reproducible science. Continue Reading →

Educación científica desnortada

Sobre las deficiencias en la enseñanza de la ciencia desde los primeros años

Hay algo profundamente ajeno a la naturaleza de la ciencia en la educación infantil. La ciencia es una manera de interrogar la realidad, pero en la escuela se enseñan sobre todo respuestas. En la investigación científica el error es fundamental, pero en la escuela no se tolera la respuesta equivocada. Sigue primando la transmisión del conocimiento científico puro y duro, la teoría y la fórmula. Y esto es un hueso duro de roer si se presenta así de descarnado, desprovisto del placer de hacerse preguntas y diseñar experimentos para tratar de responderlas. La escuela necesita espacios para que el alumno se sitúe en el papel del investigador, pero la mayoría de las escuelas y maestros de primaria carecen de estos espacios, físicos y mentales. Las aulas apenas han cambiado en el último siglo. Por eso, no es de extrañar que muchos niños empiecen pronto a rechazar las matemáticas y las ciencias, argumentando con razón que no les encuentran relación alguna con su vida cotidiana. En pocos años, la brecha se hace insalvable. En su fuero interno, muchos niños saben demasiado pronto que la ciencia no es ni será para ellos.

Las ciencias tienen en su contra el que siguen siendo ajenas a algunas de las cosas que más nos importan, como el amor o los valores. Además, son más contraintuitivas y complejas que otras materias. Si no se estimula el placer de conocer, los números y las ideas antinaturales de la ciencia crean aversión. Una cuota importante del fracaso escolar tiene que ver con esta aversión. En toda Europa hay un descenso de las vocaciones asociadas a las llamadas disciplinas STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas), a pesar de que las profesiones relacionadas con estos conocimientos son las más demandadas. En España, se da la paradoja de que los científicos son los profesionales mejor valorados, solo por detrás de los médicos, pero las carreras de ciencias son las menos elegidas (un exiguo 5,9%), por debajo de las de artes y humanidades (9,7%) y muy lejos de las de ciencias sociales y jurídicas (47,6%). Con la medicina se da la feliz coincidencia de que es la profesión mejor considerada y la carrera más demandada y que exige mayor nota de acceso. Pero la medicina no es exactamente una ciencia, sino un saber práctico muy interconectado con otros muchos saberes y no pocos desarrollos tecnológicos. Y quizá por ello es un caso especial.

La deficiente enseñanza de las ciencias favorece el analfabetismo matemático, el tecnológico y el científico. En una sociedad tan dependiente de la ciencia y la tecnología como la actual esto es, sin duda, un grave déficit cultural. Pero el problema no tiene fácil arreglo. Es cierto que cada vez hay más escuelas que están implantando el aprendizaje basado en problemas, más programas e instituciones de educación científica no formal y más proyectos de colaboración entre investigadores y maestros. Algo se mueve en la buena dirección, eso está claro. Pero todas estas iniciativas tienen un factor limitante, que no es otro que la pieza clave en la enseñanza: el maestro. Ningún sistema educativo puede alcanzar un nivel de calidad superior al que tiene su profesorado. La enseñanza no formal puede hacer mucho, pero la realidad es que la mayoría de los maestros de primaria no saben de ciencia ni saben cómo enseñarla. Entre otras cosas, porque tampoco se la enseñaron a ellos. Para cambiar las cosas, hay que enseñar ciencia a los maestros, ponerlos en contacto con investigadores, implicarlos en proyectos, dejar que desarrollen su creatividad científica. Y lo que es tanto o más importante: dignificar y revalorizar la profesión de maestro para que sea más atractiva.

Ciencia desnortada

Sobre los perversos incentivos de la investigación y la autocrítica de los científicos

En ciencia, como en todas las actividades humanas, no es oro todo lo que reluce. La investigación científica tiene una aureola de integridad y autenticidad que no se corresponde con las miserias que están denunciando los propios científicos. Hay demasiada mala ciencia, vienen a resumir los protagonistas de esta empresa global que persigue la verdad y el conocimiento por encima de todas las cosas. Y hay mala ciencia porque existen incentivos económicos y profesionales que están pervirtiendo su auténtico sentido: hacer buenas preguntas, responderlas con estudios y métodos impecables, replicarlos, perfeccionar las explicaciones teóricas y hacer nuevas preguntas. Una encuesta realizada por el medio digital estadounidense Vox ha propiciado entre los científicos un saludable ejercicio de autocrítica con una sencilla pregunta: “Si pudiera cambiar una cosa acerca de cómo funciona la ciencia de hoy, ¿cuál sería y por qué?” Continue Reading →

Aprendizajes y aprendices

Sobre la revolución educativa que se avecina en las ciencias y la medicina

 

Las diferencias entre un coche de hace 100 años y uno actual son ostensibles, como lo son también los cambios registrados en el último siglo en quirófanos, aviones, teléfonos y en tantas otras cosas. Por el contrario, las aulas apenas han cambiado en lo esencial: pupitres ordenados en filas, pizarra y mesa del profesor sobre una tarima. La imagen del aula es casi una foto fija desde hace siglos, y esto parece indicar que los fundamentos de la enseñanza siguen siendo los mismos, por más que los alumnos lleven ordenadores portátiles y teléfonos móviles: autoridad, jerarquía, uniformidad, clases magistrales, etc. Sin embargo, esta foto empieza a moverse como si un tsunami azotara los pilares de la educación.

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La cohabitación de arte y ciencia

Sobre la quimera del arte-ciencia y la imposibilidad de unificar las dos culturas

Por separado, la ciencia y el arte son dos de las actividades más genuinamente humanas y atractivas. Juntas, hay quien piensa que serían el no va más del conocimiento y la creatividad. El discurso del arte y la ciencia como empresas o aventuras del conocimiento que están destinadas a entenderse arrecia de un tiempo a esta parte en forma de libros, exposiciones y eventos varios que quieren celebrar el encuentro de estos dos dioses paganos, pero muchos de ellos no son más que fuegos de artificio. En febrero de 2011 se inauguró incluso un museo como tótem y reclamo del “naciente campo del ArtScience”, el ArtScience Museum de Singapur. Pero lo cierto es que este museo no tiene mucho que celebrar. Más bien parece una operación de mercadotecnia para poner en pie un nuevo complejo de ocio con tiendas y restaurantes en el que cabe de todo, hasta un casino con sus máquinas tragaperras y sus crupieres, del mismo modo que la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia alberga su torneo de tenis. Continue Reading →

Ciencia pop

Sobre la mirada científica como desafío y entretenimiento

La ciencia no nos enseña a vivir. A vivir sólo se aprende viviendo y conviviendo con mejores o peores compañías, con mayor o menor suerte, ilusión, esfuerzo y compromiso, a base de aciertos y sobre todo de errores. Cuando cada cual tiene que aprenderlo prácticamente todo desde cero y experimentarlo por uno mismo, el valor del conocimiento colectivo acumulado resulta muy importante, pero sólo hasta cierto punto. En el caso del conocimiento científico, su utilidad para la vida individual es todavía menor. Puede que la ciencia sea la mejor manera de entender el mundo y la naturaleza, pero las cosas que más nos importan en nuestras vidas, desde la amistad al amor, parecen ajenas a ella. Se diría que la salud es una excepción, pero para ser precisos conviene recordar que la medicina no es ni una ciencia ni un arte, sino una disciplina empírica basada en métodos diagnósticos y terapéuticos auxiliados cada vez más por los logros tecnológicos de la ciencia. Continue Reading →