Interpreters and translators

Interpreters and translators

On the challenge of interpreting images, words and other signs


La palabra traductor tiene un espesor cultural mayor del que muchos sospechan, por ejemplo los miles de gargantas culés que la arrojaron como un insulto (en realidad como un boomerang, porque se volvía contra ellos) al entonces entrenador del Inter de Milán, José Mourinho. Además, todos somos traductores e intérpretes, incluso de nosotros mismos. Leer un libro, y no sólo en lengua extranjera, contemplar una imagen, mirar un rostro, escuchar a un paciente, son todos ellos ejercicios de interpretación, a veces arriesgados.

Teniendo en cuenta todos los problemas que plantea la traducción de palabras, símbolos, imágenes y otros artefactos culturales, no deja de ser un misterio que dos personas mínimamente alejadas culturalmente lleguen a entenderse. Está claro que la comunicación humana tiene razones que la razón desconoce, y por eso, a pesar de los abismos y malentendidos, llegamos a entendernos o, al menos, tenemos esa ilusión. ¿Qué nos dice una fotografía cualquiera del periódico de hoy? Qué entendemos cada uno de nosotros por “patria”? ¿Cómo interpretar un síntoma impreciso descrito por un paciente? ¿Qué significa realmente esa sonrisa? ¿Qué vemos en una imagen artística o científica?

Los caminos de la interpretación están poblados de fantasmas, de falsos amigos, de espejismos, de callejones sin salida, de nebulosas, de agujeros negros. Tenemos buenos guías que nos facilitan la tarea, pero a la vez nos la complican. Pensemos, por ejemplo, en John Berger, que en su libro Modos de ver nos enseñó a profundizar en los significados de un cuadro y en las relaciones entre lo que vemos y lo que sabemos; en George Lakoff y Mark Johnson, que en su ensayo Metáforas de la vida cotidiana nos hicieron ver hasta qué punto hablamos metafóricamente y esto condiciona, sin apenas darnos cuenta, nuestro modo de percibir, pensar y actuar; en Fernando A. Navarro, que en su Diccionario crítico de dudas inglés-español de medicina, en su bitácora Laboratorio del lenguaje y en otros sitios (IntraMed acaba de publicar una excelente entrevista con él) lleva años alertándonos de las trampas de la traducción médica, o en el artista Antoni Muntadas, que en su obra On translation ha explorado algunos de los ámbitos de la transcripción, la traducción y la interpretación en la sociedad globalizada.

Todo médico es un intérprete de las palabras de sus pacientes, de los artículos científicos y de las pruebas de laboratorio, entre otros códigos y mensajes. También lo es el investigador, obligado a dar significado a los datos de sus experimentos. Para ambos la interpretación es un reto, a veces insalvable, especialmente cuando la tecnología va muy por delante del conocimiento. Esto ocurre, por ejemplo, con la interpretación de las espectaculares imágenes del cerebro obtenidas mediante tomografías y otras técnicas de neuroimagen. Los clínicos e investigadores perciben nítidamente el abismo que hay entre los datos funcionales, recreados por ordenador en una imagen coloreada, y su significado. ¿Qué significa un aumento del consumo de glucosa o del flujo sanguíneo en una zona concreta del cerebro? ¿Cómo interpretar las diferencias entre dos personas o en dos momentos diferentes en el mismo cerebro? Algunas de las conclusiones que se publican son, como advierten los mejores expertos, inconsistentes, prematuras o, sencillamente, un salto al vacío.

¿Y qué decir de la interpretación de los test genéticos que se venden en internet y ofrecen información sobre el riesgo de padecer cáncer, alzheimer y una larga lista de enfermedades? El principal problema de estas pruebas de genética de consumo es que la información que ofrecen, por muy ajustada que esté a los últimos conocimientos científicos, tiene un elevado grado de incertidumbre. Interpretar es siempre un ejercicio creativo y aleatorio, pero en el ámbito médico y científico es necesario conocer y controlar el nivel de incertidumbre. Más que nada para que podamos fiarnos de las interpretaciones.

Foto: spinter / Flickr

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La palabra traductor tiene un espesor cultural mayor del que muchos sospechan, por ejemplo los miles de gargantas culés que la arrojaron como un insulto (en realidad como un boomerang, porque se volvía contra ellos) al entonces entrenador del Inter de Milán, José Mourinho. Además, todos somos traductores e intérpretes, incluso de nosotros mismos. Leer un libro, y no sólo en lengua extranjera, contemplar una imagen, mirar un rostro, escuchar a un paciente, son todos ellos ejercicios de interpretación, a veces arriesgados.

Teniendo en cuenta todos los problemas que plantea la traducción de palabras, símbolos, imágenes y otros artefactos culturales, no deja de ser un misterio que dos personas mínimamente alejadas culturalmente lleguen a entenderse. Está claro que la comunicación humana tiene razones que la razón desconoce, y por eso, a pesar de los abismos y malentendidos, llegamos a entendernos o, al menos, tenemos esa ilusión. ¿Qué nos dice una fotografía cualquiera del periódico de hoy? Qué entendemos cada uno de nosotros por “patria”? ¿Cómo interpretar un síntoma impreciso descrito por un paciente? ¿Qué significa realmente esa sonrisa? ¿Qué vemos en una imagen artística o científica?

Los caminos de la interpretación están poblados de fantasmas, de falsos amigos, de espejismos, de callejones sin salida, de nebulosas, de agujeros negros. Tenemos buenos guías que nos facilitan la tarea, pero a la vez nos la complican. Pensemos, por ejemplo, en John Berger, que en su libro Modos de ver nos enseñó a profundizar en los significados de un cuadro y en las relaciones entre lo que vemos y lo que sabemos; en George Lakoff y Mark Johnson, que en su ensayo Metáforas de la vida cotidiana nos hicieron ver hasta qué punto hablamos metafóricamente y esto condiciona, sin apenas darnos cuenta, nuestro modo de percibir, pensar y actuar; en Fernando A. Navarro, que en su Diccionario crítico de dudas inglés-español de medicina, en su bitácora Laboratorio del lenguaje y en otros sitios (IntraMed acaba de publicar una excelente entrevista con él) lleva años alertándonos de las trampas de la traducción médica, o en el artista Antoni Muntadas, que en su obra On translation ha explorado algunos de los ámbitos de la transcripción, la traducción y la interpretación en la sociedad globalizada.

Todo médico es un intérprete de las palabras de sus pacientes, de los artículos científicos y de las pruebas de laboratorio, entre otros códigos y mensajes. También lo es el investigador, obligado a dar significado a los datos de sus experimentos. Para ambos la interpretación es un reto, a veces insalvable, especialmente cuando la tecnología va muy por delante del conocimiento. Esto ocurre, por ejemplo, con la interpretación de las espectaculares imágenes del cerebro obtenidas mediante tomografías y otras técnicas de neuroimagen. Los clínicos e investigadores perciben nítidamente el abismo que hay entre los datos funcionales, recreados por ordenador en una imagen coloreada, y su significado. ¿Qué significa un aumento del consumo de glucosa o del flujo sanguíneo en una zona concreta del cerebro? ¿Cómo interpretar las diferencias entre dos personas o en dos momentos diferentes en el mismo cerebro? Algunas de las conclusiones que se publican son, como advierten los mejores expertos, inconsistentes, prematuras o, sencillamente, un salto al vacío.

¿Y qué decir de la interpretación de los test genéticos que se venden en internet y ofrecen información sobre el riesgo de padecer cáncer, alzheimer y una larga lista de enfermedades? El principal problema de estas pruebas de genética de consumo es que la información que ofrecen, por muy ajustada que esté a los últimos conocimientos científicos, tiene un elevado grado de incertidumbre. Interpretar es siempre un ejercicio creativo y aleatorio, pero en el ámbito médico y científico es necesario conocer y controlar el nivel de incertidumbre. Más que nada para que podamos fiarnos de las interpretaciones.

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