Evaluar mensajes de salud es cosa de niños

Sobre la enseñanza de conceptos clave para tomar mejores decisiones de salud

Si le dices a alguien que un mensaje sobre un tratamiento es cierto, podrá o no creerte; pero si le enseñas cómo evaluarlo, será capaz de juzgar por sí mismo mensajes similares. Y podrá tomar mejores decisiones sobre su salud. La idea parece sencilla, pero aplicarla es un reto enorme, tal es la infinidad de tratamientos y mensajes contradictorios. No es fácil distinguir las afirmaciones verdaderas de las falsas sobre un tratamiento, llámese fármaco, dieta, psicoterapia, cirugía, estilo de vida o cualquier otra intervención terapéutica o preventiva para mejorar la salud. Los mensajes que recibimos de los medios de comunicación o de nuestros conocidos pueden ser muy dispares, y ni siquiera los de los médicos son siempre coincidentes. Hace falta, por tanto, tener un cierto criterio para orientarse y tomar decisiones sobre la propia salud. Pero, ¿cómo desarrollar este criterio? Continue Reading →

Ciencia y pseudociencia de la felicidad

Sobre el desconcierto de estudios y supercherías sobre el bienestar subjetivo

La felicidad pasa por ser un objeto científico. Una legión de investigadores se ocupa de estudiar esa sensación subjetiva de estar a gusto con la propia vida. En PubMed hay miles de trabajos sobre las bases, los parámetros, los requisitos y otros aspectos de la felicidad y sus contornos físicos, psicológicos y sociales. No solo se difunden en publicaciones de psicología y ciencias sociales, sino también en revistas del máximo nivel, como Science o PNAS; hay incluso algunas consagradas a la materia, como el Journal of Happiness Studies. Estos estudios hacen gala de usar el método científico, cuando no tecnologías tan sofisticadas como la resonancia magnética funcional (MRI) o técnicas genéticas. El resultado de tanta pesquisa es una avalancha de información que se prolonga en libros, charlas y otros materiales que conforman una auténtica industria de la felicidad. El problema es que los secretos de la felicidad que venden expertos y charlatanes varios están trufados de ciencia y pseudociencia. Y no siempre es fácil distinguirlas. Continue Reading →

En la piel del paciente

Sobre los enfermos “difíciles”, la mala praxis y la enseñanza de la empatía

En el árbol de la literatura médica, dominada por la aproximación científica a la salud y la enfermedad, hay una rama vigorosa que se ocupa del estudio de la empatía. Es un retoño reciente, pero su pujanza refleja la importancia creciente del conocimiento de las emociones y las actitudes de los médicos en la calidad asistencial. La empatía clínica no es ya un adorno o un complemento, sino una competencia médica esencial y una actitud clínica imprescindible. Ser un buen médico implica no solo saber ciencia, sino también entender a las personas y saber ponerse en la piel del enfermo. En la última década, toda una avalancha de estudios ha confirmado que la empatía clínica se asocia con una mayor satisfacción del enfermo, un menor estrés del médico, menos errores y mejores resultados. Continue Reading →

Lo bueno, lo malo y la ideología

Sobre la controversia del colesterol, sus contradicciones y las dudas que genera

En el relato sobre la salud y la enfermedad que elaboran las autoridades médicas hay, como en todos los cuentos morales, buenos y malos. Este relato, que tiene una versión profesional y otra más popular, es ciertamente útil y necesario, pues sirve de guía a los médicos y los ciudadanos. Con la salvedad del tabaco, uno de los personajes más malvados es el colesterol-LDL. De hecho, se le ha colgado la etiqueta de malo para distinguirlo del bueno, el colesterol-HDL. Mientras el malo contribuye a formar la placa de ateroma que endurece y obstruye las arterias, el bueno ayuda a disolverla; uno favorece la mortalidad cardiovascular y el otro la previene. Dicha de forma simple, esta es la hipótesis del colesterol, sedimentada durante el último medio siglo y marco de referencia para la prevención y el tratamiento de la enfermedad cardiovascular. Lo que ocurre con esta parte del cuento es que no convence a todos, porque tiene sus fisuras, sus limitaciones y sus datos contradictorios. Una nueva revisión de estudios nos ofrece ahora una versión diferente de la historia, en la que el colesterol malo no es tan malo como lo pintan. Continue Reading →

Probióticos en el limbo

Sobre la falta de estudios de calidad para saber si las bacterias “amigas” funcionan

Tras más de dos décadas en el mercado, los polémicos yogures y otros productos probióticos siguen recibiendo descalificaciones. Hasta el habitualmente ponderado The Guardian se despachó la semana pasada con una noticia que los calificaba como un “desperdicio de dinero”. La información se hacía eco de una revisión de ensayos clínicos publicada en la revista Genome Medicine que concluía que no hay pruebas que demuestren algún efecto de estos productos en la composición de la flora fecal de los adultos sanos. Por desgracia, esta parece ser toda la ciencia que hay. Afirmar, por tanto, que los probióticos no funcionan no es del todo correcto; lo cierto, insolente y casi inverosímil es que a estas alturas todavía no sepamos a ciencia cierta si las bacterias buenas funcionan o son un placebo caro. Continue Reading →

Obesidad desenfocada

Si realmente hay en todo el mundo 1.900 millones de adultos con sobrepeso y 600 millones con obesidad, como asegura la OMS, estamos ciertamente ante un grave problema de salud global. El exceso de peso parece recortar la duración de la vida porque se asocia con numerosas enfermedades, como las cardiovasculares, la diabetes y diversos tipos de cáncer, entre otras; pero también parece recortar la calidad de vida, pues estigmatiza y reduce las oportunidades en aspectos clave como la educación, el trabajo y los ingresos. La gordura crece en todo el mundo y se ha convertido en un claro estigma de enfermedad y desventura, cuya gravedad salta a la vista por los masivos, denodados y generalmente infructuosos esfuerzos por adelgazar. Pero la rampante epidemia de obesidad puede contemplarse también como un signo del fracaso de las políticas de prevención, quizá también de defectos de abordaje científico y, en todo caso, como un desastre comunicacional. Al menos en estos tres planos, la “fotografía” de la obesidad aparece desenfocada.

La obesidad, como asegura también la OMS, es evitable y prevenible, pero está claro que la prevención no funciona. Desde 1975 el peso medio de la población lleva aumentando un kilo y medio cada década. Las cifras del sobrepeso y la obesidad se han más que doblado desde 1980. En 2013 había ya más de 42 niños menores de cinco años con exceso de peso; en 2014, el 38% de los hombres y el 40% de las mujeres mayores de 18 años tenían sobrepeso. Si no fuera porque la obesidad mata y estigmatiza, habría que aceptar que el peso normal de la población ha cambiado. Pero millones de personas intentan adelgazar en todo el mundo y no lo consiguen. La dietas de adelgazamiento son soluciones temporales y problemas añadidos. ¿Cómo puede ser que tantas personas inteligentes y voluntariosas en su trabajo y en su vida personal no consigan adelgazar? Algo falla, y todo indica que las políticas de prevención de la obesidad deben rediseñarse.

Es posible que la investigación sobre la obesidad deba también reorientarse. El dogma de que engordar y adelgazar es una simple cuestión de ingesta y gasto de calorías puede ser una verdad matemática, pero no parece una verdad práctica y operativa. Lo cierto es que desconocemos el origen y las causas de la actual pandemia de obesidad, como reconocía en Nature (14 de abril de 2016) el epidemiólogo canadiense John Frank (Origins of the obesity pandemic can be analysed). Para mejorar su comprensión, venía a decir, hay que aplicar nuevos métodos biológicos y estadísticos, algunos de ellos aplicados con éxito en la economía. La obesidad es endiabladamente compleja, quizá tanto como la economía, pero merece una aproximación más científica. “The Guardian preguntó hace poco a nueve economistas si nos encaminamos a otra crisis financiera mundial y, como es natural, dieron nueve respuestas distintas”, escribía Timothy Garton Ash en El País (11 de febrero de 2016). La respuesta sobre el origen y la prevención de la obesidad debiera ser una y la misma. Y todavía no lo es.

De entrada, tenemos un grave problema de lenguaje y de etiquetado de la población obesa. Si la obesidad es un problema de salud por acúmulo de grasa (principalmente abdominal), ¿por qué tanto énfasis en los kilos? ¿por qué la “foto” de la pandemia se sigue haciendo con el índice de masa corporal (IMC), que relaciona el peso con la altura? El IMC es una medida indirecta de la obesidad, muy fácil de calcular pero muy poco precisa: casi la mitad de las personas clasificadas con sobrepeso (IMC entre 25 y 30), el 29% de los obesos (IMC entre 30 y 35) e incluso el 16% de los muy obesos (IMC mayor de 35) están cardiometabólicamente sanos, mientras que más del 30% de quienes tienen un peso normal están enfermos. Estos porcentajes no son insignificantes: representan que solo en EE UU hay 75 millones de personas incorrectamente etiquetadas, según un estudio de Janet Tomiyama publicado en International Journal of Obesity (15 de marzo de 2016). El diagnóstico no es nuevo, pues en la misma revista Francisco López-Jiménez ya había advertido en 2010 que el IMC es un indicador específico pero muy poco sensible (solo identifica el 50% de los afectados). Las alternativas al IMC parecen ser caras o limitadas, pero está claro que este indicador ofrece mucho ruido epidemiológico y que urge tener una imagen más precisa de la pandemia.

El resultado de todo este ruido y desenfoque es un auténtico guirigay científico y mediático sobre la obesidad y las medidas preventivas. Hay además muchos asuntos en el punto de mira que generan continuamente mensajes confusos: los alimentos ultraprocesados, las bebidas azucaradas, el ejercicio físico, los productos de alta densidad calórica, los horarios, el perfil calórico de la dieta, la comida de bajo precio y baja calidad… Pero, ¿cómo comer para no engordar y cómo adelgazar? Sin duda existe un sustrato de sentido común y de pruebas científicas al que atenerse, pero la actual heterogeneidad de mensajes revela que ni los médicos ni las autoridades sanitarias ni por supuesto la ciudadanía parecen tener ideas claras, articuladas y operativas para combatir la obesidad. Mientras la industria alimentaria va a lo suyo, las pirámides alimentarias y otras fórmulas no acaban de dar con la tecla de la comunicación. Quizá es que no se puede comunicar bien lo borroso y haya que esperar a que la ciencia lo aclare. Frank propone estudiar mejor la hipótesis de que la cocina tradicional es una buena defensa contra la obesidad. “Para no engordar y para adelgazar hay que cocinar” podría ser un buen mensaje. Pero esto, por ahora, no es ni siquiera una hipótesis, tan solo una opinión.