Contra la mala ciencia

Sobre la inflación de estudios de baja calidad y la ineficiencia de la investigación

La ciencia padece un síndrome difícil de caracterizar y más difícil todavía de tratar. El cuerpo de la ciencia ha desarrollado en las últimas décadas un crecimiento de apariencia tumoral que podríamos llamar la mala ciencia o ciencia mal hecha. Esta excrecencia está constituida por todos esos estudios de baja calidad que no aportan sino ruido y confusión. Se sospecha que, por carencias metodológicas y de otro tipo, la mayoría de los tres millones de estudios que se publican anualmente (un millón de ellos, en el campo de la biomedicina) carece de relevancia científica. Los resultados de muchos de ellos no son reproducibles y hasta es bien posible que sean falsos, como advirtió John Ioannidis en su artículo Why most published findings are false, publicado en 2005. Este artículo, que significó un bofetón a la comunidad científica y es ya uno de los más citados, disparó las alarmas sobre la credibilidad y la dilapidación de recursos en la investigación. Ahora, en el primer número de 2017 de la revista Nature Human Behavior, Ioannidis y otros investigadores proponen una serie de medidas para mejorar la confianza y eficiencia de la ciencia en un Manifiesto for reproducible science. Continue Reading →

Evaluar mensajes de salud es cosa de niños

Sobre la enseñanza de conceptos clave para tomar mejores decisiones de salud

Si le dices a alguien que un mensaje sobre un tratamiento es cierto, podrá o no creerte; pero si le enseñas cómo evaluarlo, será capaz de juzgar por sí mismo mensajes similares. Y podrá tomar mejores decisiones sobre su salud. La idea parece sencilla, pero aplicarla es un reto enorme, tal es la infinidad de tratamientos y mensajes contradictorios. No es fácil distinguir las afirmaciones verdaderas de las falsas sobre un tratamiento, llámese fármaco, dieta, psicoterapia, cirugía, estilo de vida o cualquier otra intervención terapéutica o preventiva para mejorar la salud. Los mensajes que recibimos de los medios de comunicación o de nuestros conocidos pueden ser muy dispares, y ni siquiera los de los médicos son siempre coincidentes. Hace falta, por tanto, tener un cierto criterio para orientarse y tomar decisiones sobre la propia salud. Pero, ¿cómo desarrollar este criterio? Continue Reading →

Más educación dietética

Sobre las causas de la crisis global de obesidad y el papel de los médicos

Desde hace décadas, la población mundial sigue ganando kilos y grasa. Esta crisis global de obesidad se ha convertido en el principal problema de salud. Lo malo es que los médicos no están preparados para afrontarla. Y no es un problema de falta de investigación y pruebas científicas, sino más bien de formación nutricional: los médicos no saben la suficiente de dietética como para aconsejar a sus pacientes. El exceso de kilos y de grasa es un factor de riesgo crucial en las enfermedades cardiovasculares, la diabetes y algunos cánceres y trastornos musculoesqueléticos, entre otras dolencias. De ahí que la mala alimentación pueda considerarse la principal causa de mortalidad, morbilidad y discapacidad. Para revertir esta situación, hace falta que los médicos de todo el mundo den un paso al frente, asuman el liderazgo que les corresponde y aprendan más nutrición. El segundo paso es mejorar la comunicación sobre alimentación saludable, pues el conocimiento existe pero falla su difusión. Y por esto, entre otras cosas, los gordos de todo el mundo andan desnortados, poniéndose a dieta y sin dejar de engordar. Continue Reading →

Educación científica desnortada

Sobre las deficiencias en la enseñanza de la ciencia desde los primeros años

Hay algo profundamente ajeno a la naturaleza de la ciencia en la educación infantil. La ciencia es una manera de interrogar la realidad, pero en la escuela se enseñan sobre todo respuestas. En la investigación científica el error es fundamental, pero en la escuela no se tolera la respuesta equivocada. Sigue primando la transmisión del conocimiento científico puro y duro, la teoría y la fórmula. Y esto es un hueso duro de roer si se presenta así de descarnado, desprovisto del placer de hacerse preguntas y diseñar experimentos para tratar de responderlas. La escuela necesita espacios para que el alumno se sitúe en el papel del investigador, pero la mayoría de las escuelas y maestros de primaria carecen de estos espacios, físicos y mentales. Las aulas apenas han cambiado en el último siglo. Por eso, no es de extrañar que muchos niños empiecen pronto a rechazar las matemáticas y las ciencias, argumentando con razón que no les encuentran relación alguna con su vida cotidiana. En pocos años, la brecha se hace insalvable. En su fuero interno, muchos niños saben demasiado pronto que la ciencia no es ni será para ellos.

Las ciencias tienen en su contra el que siguen siendo ajenas a algunas de las cosas que más nos importan, como el amor o los valores. Además, son más contraintuitivas y complejas que otras materias. Si no se estimula el placer de conocer, los números y las ideas antinaturales de la ciencia crean aversión. Una cuota importante del fracaso escolar tiene que ver con esta aversión. En toda Europa hay un descenso de las vocaciones asociadas a las llamadas disciplinas STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas), a pesar de que las profesiones relacionadas con estos conocimientos son las más demandadas. En España, se da la paradoja de que los científicos son los profesionales mejor valorados, solo por detrás de los médicos, pero las carreras de ciencias son las menos elegidas (un exiguo 5,9%), por debajo de las de artes y humanidades (9,7%) y muy lejos de las de ciencias sociales y jurídicas (47,6%). Con la medicina se da la feliz coincidencia de que es la profesión mejor considerada y la carrera más demandada y que exige mayor nota de acceso. Pero la medicina no es exactamente una ciencia, sino un saber práctico muy interconectado con otros muchos saberes y no pocos desarrollos tecnológicos. Y quizá por ello es un caso especial.

La deficiente enseñanza de las ciencias favorece el analfabetismo matemático, el tecnológico y el científico. En una sociedad tan dependiente de la ciencia y la tecnología como la actual esto es, sin duda, un grave déficit cultural. Pero el problema no tiene fácil arreglo. Es cierto que cada vez hay más escuelas que están implantando el aprendizaje basado en problemas, más programas e instituciones de educación científica no formal y más proyectos de colaboración entre investigadores y maestros. Algo se mueve en la buena dirección, eso está claro. Pero todas estas iniciativas tienen un factor limitante, que no es otro que la pieza clave en la enseñanza: el maestro. Ningún sistema educativo puede alcanzar un nivel de calidad superior al que tiene su profesorado. La enseñanza no formal puede hacer mucho, pero la realidad es que la mayoría de los maestros de primaria no saben de ciencia ni saben cómo enseñarla. Entre otras cosas, porque tampoco se la enseñaron a ellos. Para cambiar las cosas, hay que enseñar ciencia a los maestros, ponerlos en contacto con investigadores, implicarlos en proyectos, dejar que desarrollen su creatividad científica. Y lo que es tanto o más importante: dignificar y revalorizar la profesión de maestro para que sea más atractiva.

Ciencia desnortada

Sobre los perversos incentivos de la investigación y la autocrítica de los científicos

En ciencia, como en todas las actividades humanas, no es oro todo lo que reluce. La investigación científica tiene una aureola de integridad y autenticidad que no se corresponde con las miserias que están denunciando los propios científicos. Hay demasiada mala ciencia, vienen a resumir los protagonistas de esta empresa global que persigue la verdad y el conocimiento por encima de todas las cosas. Y hay mala ciencia porque existen incentivos económicos y profesionales que están pervirtiendo su auténtico sentido: hacer buenas preguntas, responderlas con estudios y métodos impecables, replicarlos, perfeccionar las explicaciones teóricas y hacer nuevas preguntas. Una encuesta realizada por el medio digital estadounidense Vox ha propiciado entre los científicos un saludable ejercicio de autocrítica con una sencilla pregunta: “Si pudiera cambiar una cosa acerca de cómo funciona la ciencia de hoy, ¿cuál sería y por qué?” Continue Reading →

Anticipar la jugada

Sobre el estudio de la teoría de la mente y su alteración en algunas enfermedades

La imagen del boxeador que esquiva un golpe amagado, que no llegó a salir de los brazos del rival pero que fue anticipado en la mente, es una buena metáfora de qué es un cerebro y para qué sirve. Un cerebro es, básicamente, una máquina para anticipar la próxima jugada, un sistema de predicción que solo tienen los seres dotados de movimiento (las plantas carecen de él). Se considera que la capacidad de prever lo que van a hacer otros mediante imágenes mentales (la conciencia) está en el último escalón evolutivo. Y el no va más es vislumbrar lo que otros saben, desean y pretenden. Esta habilidad, denominada teoría de la mente, representa, qué duda cabe, una ventaja importante para desenvolverse en sociedad. En principio, se consideraba algo específicamente humano, pero cada vez está más claro que compartimos con los simios muchas funciones mentales. Los últimos experimentos sobre teoría de la mente sugirieren, por un lado, que existe una continuidad mental entre especies y, por otro, que esta capacidad de ponerse en la piel de otro está afectada en algunas enfermedades. Continue Reading →