El peaje de las letras

 

Sobre la educación como causa de la miopía galopante y el reto de la prevención

En 2050, la mitad de la población mundial será miope: casi 5.000 personas cortas de vista frente a los 1.400 en 2000. Esta miopía galopante (en algunos países de Asia, la población de miopes ronda ya el 80-90%) nos está convirtiendo en especialistas en visión cercana, pues los miopes ven borroso de lejos, pero enfocan con menos esfuerzo en distancias cortas. La emetropía o visión ideal, en la que las imágenes se enfocan justo en la retina y no por delante, como ocurre en el ojo miope, dejará de ser una condición natural para la mayoría de la población, que tendrá que recurrir a gafas, lentillas o cirugía refractiva para desenvolverse en actos tan cotidianos como conducir o leer los carteles por la calle. Pero la cortedad de vista no es solo un defecto refractivo fácil de corregir: el alargamiento del eje anteroposterior del globo ocular, que es el problema biofísico más característico del ojo miope, conlleva un mayor riesgo de desprendimiento de retina, glaucoma y maculopatía miópica. Y estas complicaciones, especialmente frecuentes en la miopía alta (afecta al 10% de la población mundial), son causas potenciales de ceguera.

 Ante un problema de esta magnitud, resulta sorprendente que apenas tengamos idea de sus causas, más allá de la predisposición hereditaria, y que, por tanto, no existan estrategias preventivas basadas en pruebas científicas. La epidemiología clásica ha confirmado repetidamente que las personas con más estudios tienden a ser más miopes. Pero como resulta imposible realizar un ensayo clínico para confirmar esta asociación (no sería ético desescolarizar a un grupo de niños para averiguar si se hacen menos miopes que el grupo que sigue sus estudios), no era posible saber si la educación causa la miopía, si los miopes son más estudiosos o si son otros factores, como el estatus socioeconómico, los que favorecen la miopía y un mayor nivel de educación. Un reciente estudio en el BMJ ha conseguido confirmar, sin realizar un ensayo clínico, que dedicar un mayor número de años a los estudios es un factor causal de la miopía. Los resultados llegan a cuantificar que el riesgo acumulado durante el ciclo universitario es de un cuarto de dioptría por año, de tal forma que el riesgo acumulado durante los cuatro años habituales de un grado o licenciatura sería de una dioptría.

Para confirmar que la educación causa la miopía, y no al revés, los autores del estudio han recurrido a una ingeniosa herramienta, la aleatorización mendeliana. Este tipo de diseño de investigación, basado en el postulado de que la herencia de un rasgo es independiente de la herencia de otros rasgos, permite discernir si esa asociación es causal o no. Utilizando datos genéticos, educativos y visuales de 67.798 británicos, pudieron establecer la direccionalidad de la asociación causal,  tras constatar en dos aleatorizaciones mendelianas que los niños con predisposición genética a ser más estudiosos tendían a ser más miopes, mientras que los niños con predisposición genética a ser miopes no tendían a pasar más años en la escuela y la universidad. El corresponsal de salud y ciencia de la BBC, James Gallagher, ha divulgado de forma admirable las implicaciones de este estudio en una conversación ficticia entre un alumno y su maestra: Señorita, ¿sus clases me están haciendo ciego?” Aunque ya tenemos por fin una primera prueba científica sobre las causas de la miopía, nos falta por conocer cómo la educación nos hace miopes, qué otros factores causales puede haber y cómo prevenir el desarrollo de la miopía. La solución no pasa, claro está, por dejar de estudiar. Más bien habrá que estudiar más y más para lograr una educación eficiente sin tener que pagar el peaje de la miopía.

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Sobre la educación como causa de la miopía galopante y el reto de la prevención

En 2050, la mitad de la población mundial será miope: casi 5.000 personas cortas de vista frente a los 1.400 en 2000. Esta miopía galopante (en algunos países de Asia, la población de miopes ronda ya el 80-90%) nos está convirtiendo en especialistas en visión cercana, pues los miopes ven borroso de lejos, pero enfocan con menos esfuerzo en distancias cortas. La emetropía o visión ideal, en la que las imágenes se enfocan justo en la retina y no por delante, como ocurre en el ojo miope, dejará de ser una condición natural para la mayoría de la población, que tendrá que recurrir a gafas, lentillas o cirugía refractiva para desenvolverse en actos tan cotidianos como conducir o leer los carteles por la calle. Pero la cortedad de vista no es solo un defecto refractivo fácil de corregir: el alargamiento del eje anteroposterior del globo ocular, que es el problema biofísico más característico del ojo miope, conlleva un mayor riesgo de desprendimiento de retina, glaucoma y maculopatía miópica. Y estas complicaciones, especialmente frecuentes en la miopía alta (afecta al 10% de la población mundial), son causas potenciales de ceguera.

 Ante un problema de esta magnitud, resulta sorprendente que apenas tengamos idea de sus causas, más allá de la predisposición hereditaria, y que, por tanto, no existan estrategias preventivas basadas en pruebas científicas. La epidemiología clásica ha confirmado repetidamente que las personas con más estudios tienden a ser más miopes. Pero como resulta imposible realizar un ensayo clínico para confirmar esta asociación (no sería ético desescolarizar a un grupo de niños para averiguar si se hacen menos miopes que el grupo que sigue sus estudios), no era posible saber si la educación causa la miopía, si los miopes son más estudiosos o si son otros factores, como el estatus socioeconómico, los que favorecen la miopía y un mayor nivel de educación. Un reciente estudio en el BMJ ha conseguido confirmar, sin realizar un ensayo clínico, que dedicar un mayor número de años a los estudios es un factor causal de la miopía. Los resultados llegan a cuantificar que el riesgo acumulado durante el ciclo universitario es de un cuarto de dioptría por año, de tal forma que el riesgo acumulado durante los cuatro años habituales de un grado o licenciatura sería de una dioptría.

Para confirmar que la educación causa la miopía, y no al revés, los autores del estudio han recurrido a una ingeniosa herramienta, la aleatorización mendeliana. Este tipo de diseño de investigación, basado en el postulado de que la herencia de un rasgo es independiente de la herencia de otros rasgos, permite discernir si esa asociación es causal o no. Utilizando datos genéticos, educativos y visuales de 67.798 británicos, pudieron establecer la direccionalidad de la asociación causal,  tras constatar en dos aleatorizaciones mendelianas que los niños con predisposición genética a ser más estudiosos tendían a ser más miopes, mientras que los niños con predisposición genética a ser miopes no tendían a pasar más años en la escuela y la universidad. El corresponsal de salud y ciencia de la BBC, James Gallagher, ha divulgado de forma admirable las implicaciones de este estudio en una conversación ficticia entre un alumno y su maestra: Señorita, ¿sus clases me están haciendo ciego?” Aunque ya tenemos por fin una primera prueba científica sobre las causas de la miopía, nos falta por conocer cómo la educación nos hace miopes, qué otros factores causales puede haber y cómo prevenir el desarrollo de la miopía. La solución no pasa, claro está, por dejar de estudiar. Más bien habrá que estudiar más y más para lograr una educación eficiente sin tener que pagar el peaje de la miopía.

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