A vueltas con lo saludable

Sobre el etiquetado de salud en los alimentos y el sentido y uso de las palabras

¿Qué es un alimento “saludable”? ¿Qué productos merecen llevar esta etiqueta? ¿Qué significa exactamente? Lo que en principio parece fácil de responder, no lo es tanto si se consideran las implicaciones de esta etiqueta y su utilidad para la salud pública. Esto es lo que se constata al preguntar a expertos, fabricantes y consumidores. De todas formas, disponer de una definición clara y operativa del término “saludable”, basada en criterios científicos, puede ser una herramienta informativa valiosa. Pero tal y como está comprobando la agencia alimentaria estadounidense (Food and Drug Administration, FDA), esto no es algo sencillo. Hace unos años abrió el melón del etiquetado y todavía no ha llegado a ningún consenso.

En 2016, la FDA abrió un debate público para redefinir el término “saludable” en el que han participado todos los agentes involucrados, desde el público a la industria alimentaria. La razón esgrimida es que la vigente autorización para el uso de esta etiqueta se basa en un concepto superado por la evolución de la ciencia de la nutrición (por ejemplo, para considerar si un alimento es saludable antes se ponía el foco en el contenido total de grasa y ahora se considera que importa más el tipo de grasa). Lo que se persigue con la redefinición del término es ayudar a la gente a elegir mejores alimentos y, a la vez, estimular a la industria para producir alimentos que faciliten llevar una dieta que ayude a prevenir las enfermedades crónicas. Además, la FDA reconoce que también debe dar con la simbología adecuada para rotular los envases. El asunto no parece sencillo, pues al cabo de dos años no se acaban de concretar los criterios que debe cumplir un alimento saludable.

La cuestión de las definiciones es peliaguda, pues tiene connotaciones gramaticales, científicas, emocionales, técnicas, económicas, etc. Todavía sigue abierta la revisión del controvertido término “natural”, iniciada por la FDA en 2015 ante el requerimiento de ciudadanos y jueces, que necesitaban aclarar el término para resolver ciertos litigios. El debate público en el que se preguntaba si era apropiado definir lo natural y cómo debía hacerse generó más de 7.600 comentarios de todo tipo, y dejó claro que los consumidores quieren productos naturales y confían en la etiqueta “natural”, signifique lo signifique esa etiqueta. Como ha reconocido el director de la FDA, Scott Gottlieb, la etiqueta “natural” debe tener base científica, pero hay posturas encontradas sobre los criterios que deben aplicarse para etiquetar un producto como natural. ¿Es o no natural un alimento que contiene ingredientes producidos mediante ingeniería genética? ¿Dónde empieza y dónde acaba lo natural en alimentación? El término es tan equívoco y problemático que, mientras la FDA madura su decisión, la industria está renunciando cada vez más a incluirlo en sus productos.

Con todo, hay que reconocer que los alimentos son probablemente el mejor soporte para difundir mensajes sobre dieta y salud. El etiquetado es una gran baza que pueden jugar las autoridades sanitarias para reducir la epidemia de obesidad y otras enfermedades crónicas. No en vano, más del 20% de la mortalidad prematura está relacionada con factores dietéticos. Pero para incidir en la dieta hay que acertar con los mensajes, y eso no es tarea fácil. Hace bien la FDA en recabar opiniones sobre qué entiende la gente por saludable, qué criterios deben considerarse y hasta qué punto puede ser beneficiosa esta etiqueta, entre otras cuestiones. Y hace bien en tomárselo con calma, pues si lo saludable es lo que ayuda a mantener o recobrar la salud, el término tiene su miga, su sal y su picante cuando se quiere aplicar a alimentos concretos y no al conjunto de la dieta.

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Sobre el etiquetado de salud en los alimentos y el sentido y uso de las palabras

¿Qué es un alimento “saludable”? ¿Qué productos merecen llevar esta etiqueta? ¿Qué significa exactamente? Lo que en principio parece fácil de responder, no lo es tanto si se consideran las implicaciones de esta etiqueta y su utilidad para la salud pública. Esto es lo que se constata al preguntar a expertos, fabricantes y consumidores. De todas formas, disponer de una definición clara y operativa del término “saludable”, basada en criterios científicos, puede ser una herramienta informativa valiosa. Pero tal y como está comprobando la agencia alimentaria estadounidense (Food and Drug Administration, FDA), esto no es algo sencillo. Hace unos años abrió el melón del etiquetado y todavía no ha llegado a ningún consenso.

En 2016, la FDA abrió un debate público para redefinir el término “saludable” en el que han participado todos los agentes involucrados, desde el público a la industria alimentaria. La razón esgrimida es que la vigente autorización para el uso de esta etiqueta se basa en un concepto superado por la evolución de la ciencia de la nutrición (por ejemplo, para considerar si un alimento es saludable antes se ponía el foco en el contenido total de grasa y ahora se considera que importa más el tipo de grasa). Lo que se persigue con la redefinición del término es ayudar a la gente a elegir mejores alimentos y, a la vez, estimular a la industria para producir alimentos que faciliten llevar una dieta que ayude a prevenir las enfermedades crónicas. Además, la FDA reconoce que también debe dar con la simbología adecuada para rotular los envases. El asunto no parece sencillo, pues al cabo de dos años no se acaban de concretar los criterios que debe cumplir un alimento saludable.

La cuestión de las definiciones es peliaguda, pues tiene connotaciones gramaticales, científicas, emocionales, técnicas, económicas, etc. Todavía sigue abierta la revisión del controvertido término “natural”, iniciada por la FDA en 2015 ante el requerimiento de ciudadanos y jueces, que necesitaban aclarar el término para resolver ciertos litigios. El debate público en el que se preguntaba si era apropiado definir lo natural y cómo debía hacerse generó más de 7.600 comentarios de todo tipo, y dejó claro que los consumidores quieren productos naturales y confían en la etiqueta “natural”, signifique lo signifique esa etiqueta. Como ha reconocido el director de la FDA, Scott Gottlieb, la etiqueta “natural” debe tener base científica, pero hay posturas encontradas sobre los criterios que deben aplicarse para etiquetar un producto como natural. ¿Es o no natural un alimento que contiene ingredientes producidos mediante ingeniería genética? ¿Dónde empieza y dónde acaba lo natural en alimentación? El término es tan equívoco y problemático que, mientras la FDA madura su decisión, la industria está renunciando cada vez más a incluirlo en sus productos.

Con todo, hay que reconocer que los alimentos son probablemente el mejor soporte para difundir mensajes sobre dieta y salud. El etiquetado es una gran baza que pueden jugar las autoridades sanitarias para reducir la epidemia de obesidad y otras enfermedades crónicas. No en vano, más del 20% de la mortalidad prematura está relacionada con factores dietéticos. Pero para incidir en la dieta hay que acertar con los mensajes, y eso no es tarea fácil. Hace bien la FDA en recabar opiniones sobre qué entiende la gente por saludable, qué criterios deben considerarse y hasta qué punto puede ser beneficiosa esta etiqueta, entre otras cuestiones. Y hace bien en tomárselo con calma, pues si lo saludable es lo que ayuda a mantener o recobrar la salud, el término tiene su miga, su sal y su picante cuando se quiere aplicar a alimentos concretos y no al conjunto de la dieta.

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