Decisiones de salud

Sobre las fórmulas para fomentar la alfabetización en salud y el pensamiento crítico

Cuando queremos nombrar las principales amenazas para nuestra salud, enseguida pensamos en el tabaquismo, las malas dietas, la falta de ejercicio físico y otros hábitos poco saludables. Si ampliamos un poco el foco, reparamos en la importancia que tienen los factores sociales, como los recursos económicos, las políticas sanitarias y, en general, las desigualdades. Pero hay un elemento transversal a todos estos factores individuales y sociales en el que quizá no reparamos lo suficiente: el acceso a información de calidad y la capacidad de interpretarla para tomar decisiones de salud. La situación es complicada porque vivimos rodeados de mensajes de lo más variado sobre todo tipo de intervenciones o tratamientos para prevenir y tratar la enfermedad, ya sean pruebas diagnósticas, dietas, medicamentos, operaciones quirúrgicas o sencillamente cambios en el estilo de vida. Sabemos que, junto a la información veraz, abunda la falsa y la no confirmada, y que para tomar buenas decisiones es crucial conocer la veracidad de la información que manejamos. También sabemos que, en materia de salud, el problema de las malas decisiones es que acarrean enfermedades, mortalidad prematura, sufrimiento innecesario y un derroche de recursos. Y, asimismo, podemos reconocer que la solución pasa por fomentar la alfabetización en salud, para que un número creciente de ciudadanos tenga suficiente capacidad crítica para interpretar los mensajes de salud. La cuestión es cómo se consigue esto, aunque sea a pequeña escala, con qué fórmulas, quién puede participar y por dónde empezar.

Como todos los problemas complejos, el de la influencia de la comunicación en la salud individual y colectiva está lejos de ser bien estudiado y comprendido. Una premisa básica es que para elegir los mejores tratamientos o intervenciones de salud hay que valorar, a partir de la mejor información disponible, los beneficios y perjuicios de las distintas opciones en cada persona concreta. Eso es algo que hacen los médicos todos los días, sabedores de que la salud de sus pacientes depende de tomar las mejores decisiones, contando siempre con ellos en la deliberación. Aunque los expertos y autoridades sanitarias no están a salvo de equivocarse, el riesgo de los ciudadanos, cuando deben decidir por sí mismos, es mayor. Sus principales carencias son dos: el acceso a información de confianza en lenguaje asequible y la capacidad crítica para evaluar los mensajes con una cierta autonomía.

Salvar el abismo que hay entre la información experta y la información para legos es una tarea que están acometiendo numerosas iniciativas, aunque con visibilidad muy diversa. En cuanto al pensamiento crítico, una capacidad que está ampliamente descuidada en la escuela, no hay soluciones mágicas; sin embargo, las carencias pueden subsanarse, y nunca es tarde para ello.

Una ambiciosa y decidida iniciativa que ya ha desarrollado herramientas concretas para fomentar las buenas decisiones en salud es Informed Health Choices, un proyecto encabezado por Andy Oxman, director de la Global Health Unit, en el Instituto de Salud Pública Noruego, y uno de los investigadores más comprometidos con la alfabetización en salud. Uno de los ejes centrales de su proyecto es el desarrollo de 36 conceptos clave con los que elaborar materiales educativos para fomentar el pensamiento crítico. He aquí solo media docena: los tratamientos pueden ser perjudiciales; las anécdotas no son pruebas fiables; asociación no es lo mismo que causalidad; lo más nuevo no es necesariamente mejor; la esperanza puede despertar expectativas irreales, y los efectos espectaculares de un tratamiento son muy raros. Enseñando y difundiendo estas y otras ideas básicas, los médicos, junto con los periodistas, comunicadores y otros intermediarios de la información médica, pueden sin duda ayudar a educar a los ciudadanos a interpretar mejor los mensajes de salud.

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Sobre las fórmulas para fomentar la alfabetización en salud y el pensamiento crítico

Cuando queremos nombrar las principales amenazas para nuestra salud, enseguida pensamos en el tabaquismo, las malas dietas, la falta de ejercicio físico y otros hábitos poco saludables. Si ampliamos un poco el foco, reparamos en la importancia que tienen los factores sociales, como los recursos económicos, las políticas sanitarias y, en general, las desigualdades. Pero hay un elemento transversal a todos estos factores individuales y sociales en el que quizá no reparamos lo suficiente: el acceso a información de calidad y la capacidad de interpretarla para tomar decisiones de salud. La situación es complicada porque vivimos rodeados de mensajes de lo más variado sobre todo tipo de intervenciones o tratamientos para prevenir y tratar la enfermedad, ya sean pruebas diagnósticas, dietas, medicamentos, operaciones quirúrgicas o sencillamente cambios en el estilo de vida. Sabemos que, junto a la información veraz, abunda la falsa y la no confirmada, y que para tomar buenas decisiones es crucial conocer la veracidad de la información que manejamos. También sabemos que, en materia de salud, el problema de las malas decisiones es que acarrean enfermedades, mortalidad prematura, sufrimiento innecesario y un derroche de recursos. Y, asimismo, podemos reconocer que la solución pasa por fomentar la alfabetización en salud, para que un número creciente de ciudadanos tenga suficiente capacidad crítica para interpretar los mensajes de salud. La cuestión es cómo se consigue esto, aunque sea a pequeña escala, con qué fórmulas, quién puede participar y por dónde empezar.

Como todos los problemas complejos, el de la influencia de la comunicación en la salud individual y colectiva está lejos de ser bien estudiado y comprendido. Una premisa básica es que para elegir los mejores tratamientos o intervenciones de salud hay que valorar, a partir de la mejor información disponible, los beneficios y perjuicios de las distintas opciones en cada persona concreta. Eso es algo que hacen los médicos todos los días, sabedores de que la salud de sus pacientes depende de tomar las mejores decisiones, contando siempre con ellos en la deliberación. Aunque los expertos y autoridades sanitarias no están a salvo de equivocarse, el riesgo de los ciudadanos, cuando deben decidir por sí mismos, es mayor. Sus principales carencias son dos: el acceso a información de confianza en lenguaje asequible y la capacidad crítica para evaluar los mensajes con una cierta autonomía.

Salvar el abismo que hay entre la información experta y la información para legos es una tarea que están acometiendo numerosas iniciativas, aunque con visibilidad muy diversa. En cuanto al pensamiento crítico, una capacidad que está ampliamente descuidada en la escuela, no hay soluciones mágicas; sin embargo, las carencias pueden subsanarse, y nunca es tarde para ello.

Una ambiciosa y decidida iniciativa que ya ha desarrollado herramientas concretas para fomentar las buenas decisiones en salud es Informed Health Choices, un proyecto encabezado por Andy Oxman, director de la Global Health Unit, en el Instituto de Salud Pública Noruego, y uno de los investigadores más comprometidos con la alfabetización en salud. Uno de los ejes centrales de su proyecto es el desarrollo de 36 conceptos clave con los que elaborar materiales educativos para fomentar el pensamiento crítico. He aquí solo media docena: los tratamientos pueden ser perjudiciales; las anécdotas no son pruebas fiables; asociación no es lo mismo que causalidad; lo más nuevo no es necesariamente mejor; la esperanza puede despertar expectativas irreales, y los efectos espectaculares de un tratamiento son muy raros. Enseñando y difundiendo estas y otras ideas básicas, los médicos, junto con los periodistas, comunicadores y otros intermediarios de la información médica, pueden sin duda ayudar a educar a los ciudadanos a interpretar mejor los mensajes de salud.

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