Circulación de cerebros

Sobre el impacto científico de la movilidad internacional de los investigadores

La llamada ciencia “open” tiene más implicaciones que el mero acceso abierto a revistas y artículos científicos, que de por sí ya es importante. La ciencia es probablemente uno de los mejores exponentes de la apertura, la colaboración internacional, la movilidad de personas y el trabajo cooperativo, por no hablar de la manida y equívoca globalización. Y ahora empezamos a apreciar hasta qué punto la investigación realizada en colaboración por autores de distintos países tiene mayor impacto científico. Un análisis bibliométrico publicado en Nature indica que, aunque la inversión nacional en investigación y desarrollo es importante para producir ciencia, cuando nos referimos a la ciencia de más calidad, o al menos la que tiene más citas y mayor impacto, lo que de verdad parece contar es la colaboración internacional.

Los países cuyos investigadores están más conectados y producen más artículos con colegas de otros países tienden a producir ciencia de mayor impacto, según los resultados del trabajo de Caroline S. Wagner y Koen Jonkers. Estos investigadores han ideado un “índice de apertura” (index of openness), que tiene en cuenta variables como la coautoría internacional y la movilidad de los investigadores, y lo han calculado para 33 países. Suiza (con un 42% de papers internacionales) y Singapur (con el 37%) encabezan el grupo de países que tienen un mayor índice de apertura internacional y a la vez producen ciencia de mayor impacto, en el que también están Australia, Irlanda, el Reino Unido, Canadá, Austria, Alemania, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Portugal, Francia, Israel, Noruega y Suecia. Aunque la correlación no implica causalidad, en todos estos países la mayor apertura internacional se asocia con un mayor impacto científico.

En el extremo opuesto, con un bajo índice de apertura y un bajo impacto, están Turquía, Lituania, Rusia, Brasil, Polonia, la República Checa y Grecia. También están en este grupo China, Japón y, sorprendentemente, Corea del Sur, que es el país que invierte proporcionalmente más recursos en investigación y desarrollo, por delante de Estados Unidos, pero que produce solo un 15% de trabajos de investigación con coautoría internacional. De los 33 países estudiados, solo hay cuatro (Estados Unidos, España, Italia y Finlandia) que conjugan un bajo índice de apertura y un gran impacto científico. Y solo hay dos que tienen una alta apertura y un bajo impacto: México y Hungría.

La explicación de estos resultados no está clara, pero podría ser que el intercambio de ideas fomentara la creatividad y/o que produjera un efecto llamada de los mejores investigadores hacia los centros de mayor calidad, creado una especie de círculo virtuoso. En cualquier caso, parece que la inversión por sí misma no basta para crear ciencia de calidad y que hace falta además fomentar la movilidad de los investigadores. Otro estudio bibliométrico publicado en el mismo número de Nature, que analiza la filiación de 16 millones de autores de artículos científicos durante 2008-2015, revela que el 96% de los científicos trabajó en un solo país durante este periodo, mientras el 4% restante investigó en instituciones de varios países. Entre estos últimos, la cuarta parte son emigrantes y las tres cuartas partes restantes son investigadores viajeros, aquellos que hacen estancias temporales en otros países. El impacto de toda esta “circulación de cerebros” es rotundo: los científicos que desarrollan parte de su carrera en el extranjero tienen un 40% más de citas que sus homólogos que no salen del país de origen. Y lleva implícito además un mensaje claro para luchar contra la actual epidemia de mala ciencia: favorecer la coautoría y la movilidad. Estados Unidos y el Reino Unido, los dos principales países de acogida de cerebros, parecen ir ahora en sentido contrario. Pero esto abre sin duda nuevas posibilidades para otros países.

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Circulación de cerebros

Sobre el impacto científico de la movilidad internacional de los investigadores

La llamada ciencia “open” tiene más implicaciones que el mero acceso abierto a revistas y artículos científicos, que de por sí ya es importante. La ciencia es probablemente uno de los mejores exponentes de la apertura, la colaboración internacional, la movilidad de personas y el trabajo cooperativo, por no hablar de la manida y equívoca globalización. Y ahora empezamos a apreciar hasta qué punto la investigación realizada en colaboración por autores de distintos países tiene mayor impacto científico. Un análisis bibliométrico publicado en Nature indica que, aunque la inversión nacional en investigación y desarrollo es importante para producir ciencia, cuando nos referimos a la ciencia de más calidad, o al menos la que tiene más citas y mayor impacto, lo que de verdad parece contar es la colaboración internacional.

Los países cuyos investigadores están más conectados y producen más artículos con colegas de otros países tienden a producir ciencia de mayor impacto, según los resultados del trabajo de Caroline S. Wagner y Koen Jonkers. Estos investigadores han ideado un “índice de apertura” (index of openness), que tiene en cuenta variables como la coautoría internacional y la movilidad de los investigadores, y lo han calculado para 33 países. Suiza (con un 42% de papers internacionales) y Singapur (con el 37%) encabezan el grupo de países que tienen un mayor índice de apertura internacional y a la vez producen ciencia de mayor impacto, en el que también están Australia, Irlanda, el Reino Unido, Canadá, Austria, Alemania, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Portugal, Francia, Israel, Noruega y Suecia. Aunque la correlación no implica causalidad, en todos estos países la mayor apertura internacional se asocia con un mayor impacto científico.

En el extremo opuesto, con un bajo índice de apertura y un bajo impacto, están Turquía, Lituania, Rusia, Brasil, Polonia, la República Checa y Grecia. También están en este grupo China, Japón y, sorprendentemente, Corea del Sur, que es el país que invierte proporcionalmente más recursos en investigación y desarrollo, por delante de Estados Unidos, pero que produce solo un 15% de trabajos de investigación con coautoría internacional. De los 33 países estudiados, solo hay cuatro (Estados Unidos, España, Italia y Finlandia) que conjugan un bajo índice de apertura y un gran impacto científico. Y solo hay dos que tienen una alta apertura y un bajo impacto: México y Hungría.

La explicación de estos resultados no está clara, pero podría ser que el intercambio de ideas fomentara la creatividad y/o que produjera un efecto llamada de los mejores investigadores hacia los centros de mayor calidad, creado una especie de círculo virtuoso. En cualquier caso, parece que la inversión por sí misma no basta para crear ciencia de calidad y que hace falta además fomentar la movilidad de los investigadores. Otro estudio bibliométrico publicado en el mismo número de Nature, que analiza la filiación de 16 millones de autores de artículos científicos durante 2008-2015, revela que el 96% de los científicos trabajó en un solo país durante este periodo, mientras el 4% restante investigó en instituciones de varios países. Entre estos últimos, la cuarta parte son emigrantes y las tres cuartas partes restantes son investigadores viajeros, aquellos que hacen estancias temporales en otros países. El impacto de toda esta “circulación de cerebros” es rotundo: los científicos que desarrollan parte de su carrera en el extranjero tienen un 40% más de citas que sus homólogos que no salen del país de origen. Y lleva implícito además un mensaje claro para luchar contra la actual epidemia de mala ciencia: favorecer la coautoría y la movilidad. Estados Unidos y el Reino Unido, los dos principales países de acogida de cerebros, parecen ir ahora en sentido contrario. Pero esto abre sin duda nuevas posibilidades para otros países.

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