Interdisciplinas y nuevas ciencias

Sobre los objetos de estudio científico a lo largo de la historia

¿Por qué tenemos una ciencia para el estudio de la luz, la óptica, y no la tenemos para el estudio de las sombras? ¿Por qué hay una ciencia de la materia, la física, y no hay otra dedicada a las formas? ¿Por qué y desde cuándo dividimos las ciencias en humanas, sociales y naturales? ¿Por qué no clasificamos las áreas de conocimiento en ciencias de lo visible y de lo invisible? ¿O en ciencias terrenales, celestiales y de lo que se sitúa entre el cielo y la tierra? Preguntas como estas no tienen una respuesta sencilla y homogénea, como advierte la eminente historiadora de la ciencia Lorraine Daston en su librito Breve historia de la atención científica. La ciencia ha ido seleccionando sus objetos de estudio no tanto de forma caprichosa, que también, sino sobre todo como resultado de las ideas, los problemas y los intereses de cada época histórica.

La biología, por ejemplo, se nos antoja a primera vista una ciencia fundamental, compacta, indiscutible, como si hubiera existido desde que la ciencia es ciencia. Al fin y al cabo, los seres vivos siempre han estado ahí y parece plenamente justificado que constituyan un objeto de estudio. Sin embargo, la biología apenas tiene dos siglos de existencia. Y, si la examinamos con detenimiento, advertimos zonas menos firmes, especialmente en sus fronteras e intersecciones con las disciplinas que se ocupan de la materia y de la mente, o con las biotecnologías. Y también muchas lagunas: ¿por qué tenemos una disciplina que estudia las anomalías y monstruosidades del organismo animal o vegetal, la teratología, y no tenemos otra disciplina análoga que se ocupe de los seres más bellos y perfectos?

Con la sociología ocurre algo parecido. También es una ciencia joven, con apenas un par de siglos de existencia. Si realmente siempre han existido sociedades humanas, ¿por qué no se ha considerado antes que la familia, la empresa y otras organizaciones sociales podían ser objeto de estudio científico? Siendo como son enormemente complejas las sociedades humanas, no es difícil imaginar la infinidad de asuntos relevantes que quizá merecerían no solo ser objeto de conocimiento científico sino tener una disciplina propia. ¿Tenemos acaso una ciencia de la amistad? De momento no, pero no es descartable que exista en el futuro.

Lo que ahora llamamos biomedicina o biología médica es un conglomerado de ciencias básicas, sociales y humanas en el que se integran las disciplinas clínicas y otras tan diversas como la citología, la nanobiotecnología, la genética, la toxicología, la nutrición, la antropología médica, la enfermería… y así hasta más de 70, según la clasificación del Journal Citation Reports de 1996. Pero en estos 20 años han aparecido la proteómica, la metabolómica y la nutrigenómica, por citar solo algunas de las nuevas ciencias ómicas.

 

La biomedicina es un buen ejemplo de cómo va desarrollándose un campo de conocimiento. Los nuevos objetos de estudio y las nuevas disciplinas parecen ir surgiendo sin orden ni concierto, como excrecencias en un cuerpo monstruoso. La propia biomedicina podría ser ella misma un digno objeto de estudio de la teratología o, ya puestos a especular, de lo que podríamos llamar teratología ontológica. Porque lo que existe y lo que no existe como objeto científico cambia con el tiempo; o, como dice Daston, la historia de la ciencia es una historia de la ontología. Como no podía ser de otra manera, la anatomía, la embriología y la bioética son hijas de su tiempo, pero es importante conocer por qué. La actual efervescencia interdisciplinaria que viven la investigación y los estudios universitarios no es ninguna moda, sino una fase del desarrollo de las ciencias para alumbrar, por hibridación, fusión o desgajamiento, nuevas disciplinas.

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¿Por qué tenemos una ciencia para el estudio de la luz, la óptica, y no la tenemos para el estudio de las sombras? ¿Por qué hay una ciencia de la materia, la física, y no hay otra dedicada a las formas? ¿Por qué y desde cuándo dividimos las ciencias en humanas, sociales y naturales? ¿Por qué no clasificamos las áreas de conocimiento en ciencias de lo visible y de lo invisible? ¿O en ciencias terrenales, celestiales y de lo que se sitúa entre el cielo y la tierra? Preguntas como estas no tienen una respuesta sencilla y homogénea, como advierte la eminente historiadora de la ciencia Lorraine Daston en su librito Breve historia de la atención científica. La ciencia ha ido seleccionando sus objetos de estudio no tanto de forma caprichosa, que también, sino sobre todo como resultado de las ideas, los problemas y los intereses de cada época histórica.

La biología, por ejemplo, se nos antoja a primera vista una ciencia fundamental, compacta, indiscutible, como si hubiera existido desde que la ciencia es ciencia. Al fin y al cabo, los seres vivos siempre han estado ahí y parece plenamente justificado que constituyan un objeto de estudio. Sin embargo, la biología apenas tiene dos siglos de existencia. Y, si la examinamos con detenimiento, advertimos zonas menos firmes, especialmente en sus fronteras e intersecciones con las disciplinas que se ocupan de la materia y de la mente, o con las biotecnologías. Y también muchas lagunas: ¿por qué tenemos una disciplina que estudia las anomalías y monstruosidades del organismo animal o vegetal, la teratología, y no tenemos otra disciplina análoga que se ocupe de los seres más bellos y perfectos?

Con la sociología ocurre algo parecido. También es una ciencia joven, con apenas un par de siglos de existencia. Si realmente siempre han existido sociedades humanas, ¿por qué no se ha considerado antes que la familia, la empresa y otras organizaciones sociales podían ser objeto de estudio científico? Siendo como son enormemente complejas las sociedades humanas, no es difícil imaginar la infinidad de asuntos relevantes que quizá merecerían no solo ser objeto de conocimiento científico sino tener una disciplina propia. ¿Tenemos acaso una ciencia de la amistad? De momento no, pero no es descartable que exista en el futuro.

Lo que ahora llamamos biomedicina o biología médica es un conglomerado de ciencias básicas, sociales y humanas en el que se integran las disciplinas clínicas y otras tan diversas como la citología, la nanobiotecnología, la genética, la toxicología, la nutrición, la antropología médica, la enfermería… y así hasta más de 70, según la clasificación del Journal Citation Reports de 1996. Pero en estos 20 años han aparecido la proteómica, la metabolómica y la nutrigenómica, por citar solo algunas de las nuevas ciencias ómicas.

 

La biomedicina es un buen ejemplo de cómo va desarrollándose un campo de conocimiento. Los nuevos objetos de estudio y las nuevas disciplinas parecen ir surgiendo sin orden ni concierto, como excrecencias en un cuerpo monstruoso. La propia biomedicina podría ser ella misma un digno objeto de estudio de la teratología o, ya puestos a especular, de lo que podríamos llamar teratología ontológica. Porque lo que existe y lo que no existe como objeto científico cambia con el tiempo; o, como dice Daston, la historia de la ciencia es una historia de la ontología. Como no podía ser de otra manera, la anatomía, la embriología y la bioética son hijas de su tiempo, pero es importante conocer por qué. La actual efervescencia interdisciplinaria que viven la investigación y los estudios universitarios no es ninguna moda, sino una fase del desarrollo de las ciencias para alumbrar, por hibridación, fusión o desgajamiento, nuevas disciplinas.

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