Sin sueño y sin buena información

Sobre la ciencia, los recursos informativos y la atención médica del insomnio

El reciente hallazgo de cinco genes y una sección del genoma relacionados con el insomnio no va a mejorar el sueño de los insomnes, al menos a corto plazo. El logro, publicado en Nature Genetics, proporciona una nueva visión de la compleja arquitectura genética del insomnio, según los autores, pero su posible trascendencia es estrictamente científica. Puede que haya más de 1.000 millones de insomnes en todo el mundo, la mayoría de ellos, claro está, sin diagnosticar ni tratar. Pero todas las cifras sobre el insomnio hay que cogerlas con pinzas, en primer lugar porque las numerosas clasificaciones y definiciones del insomnio complican su estudio y abordaje clínico. El estudio de Nature Genetics arranca afirmando que es “el segundo trastorno mental más prevalente”. No está mal como primera frase de una pieza de literatura científica, para dejar bien claro que el problema que se aborda es de envergadura, pero esta etiqueta no hace justicia al polimorfo y escurridizo problema de la falta de sueño.

El insomnio es uno de los problemas más frecuentes en las consultas de atención primaria. Pero los datos de prevalencia e incidencia, muy escasos en España y otros países, son muy variables. En Estados Unidos, más de la mitad de los pacientes que acuden al médico de cabecera se quejan de insomnio cuando se les pregunta qué tal duermen; el 30% se queja por iniciativa propia, y solo el 5% acude al médico por este problema. La Guía de práctica clínica para el manejo de pacientes con insomnio en atención primaria, elaborada por el Sistema Nacional de Salud español en 2009 –y, por tanto, quizá desfasada, pues han transcurrido más de cinco años desde su publicación–, ofrece estos datos de prevalencia en la población general: el 30-48% se queja de falta de sueño (el 16-21%, de insomnio habitual, y el 10-28%, de insomnio entre moderado y grave), el 9-15% se queja de insomnio y sufre además sus consecuencias durante el día, y solo el 6% está diagnosticado según la definición y los criterios del DSM-IV. Aunque las cifras no sean precisas, si permiten entrever que el insomnio no solo tiene grados, sino que el diagnóstico depende de la definición. Probablemente muchos casos se resuelven o podrían resolverse en atención primaria, la mayoría de ellos sin recurrir a fármacos, con medidas de higiene del sueño, intervenciones psicológicas o simple educación para la salud, “recetando” webs de calidad sobre el insomnio.

Cada vez es más habitual que los pacientes, antes y después de consultar al médico, busquen información en internet sobre su problema de salud. En el caso del insomnio, la información de calidad podría ayudar a resolver muchos casos, al menos los agudos y menos graves. El problema es que mucha de la información disponible deja mucho que desear. Un estudio de mayo de 2017 sobre la calidad y legibilidad de los recursos de información más populares en internet sobre el insomnio muestra que los mejores recursos informativos no necesariamente aparecen en los primeros lugares de las búsquedas en Google, donde conviven webs médicas, institucionales, comerciales y no comerciales. En conjunto, su calidad es más bien discreta, pues el contenido es a menudo incompleto y presenta otras deficiencias, como los conflictos de intereses y la falta de autoría y fecha de actualización. Pero quizá la principal aportación de este estudio es que la mayoría de los contenidos sobre el insomnio superan la capacidad de comprensión del profano. Las más rigurosas suelen ser, además, las más difíciles de leer. Hablar claro sin perder rigor es sin duda el gran reto que tienen estas y otras webs sobre salud. Pero también el que tienen todos los médicos al tratar con sus pacientes.

 

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Sobre la ciencia, los recursos informativos y la atención médica del insomnio

El reciente hallazgo de cinco genes y una sección del genoma relacionados con el insomnio no va a mejorar el sueño de los insomnes, al menos a corto plazo. El logro, publicado en Nature Genetics, proporciona una nueva visión de la compleja arquitectura genética del insomnio, según los autores, pero su posible trascendencia es estrictamente científica. Puede que haya más de 1.000 millones de insomnes en todo el mundo, la mayoría de ellos, claro está, sin diagnosticar ni tratar. Pero todas las cifras sobre el insomnio hay que cogerlas con pinzas, en primer lugar porque las numerosas clasificaciones y definiciones del insomnio complican su estudio y abordaje clínico. El estudio de Nature Genetics arranca afirmando que es “el segundo trastorno mental más prevalente”. No está mal como primera frase de una pieza de literatura científica, para dejar bien claro que el problema que se aborda es de envergadura, pero esta etiqueta no hace justicia al polimorfo y escurridizo problema de la falta de sueño.

El insomnio es uno de los problemas más frecuentes en las consultas de atención primaria. Pero los datos de prevalencia e incidencia, muy escasos en España y otros países, son muy variables. En Estados Unidos, más de la mitad de los pacientes que acuden al médico de cabecera se quejan de insomnio cuando se les pregunta qué tal duermen; el 30% se queja por iniciativa propia, y solo el 5% acude al médico por este problema. La Guía de práctica clínica para el manejo de pacientes con insomnio en atención primaria, elaborada por el Sistema Nacional de Salud español en 2009 –y, por tanto, quizá desfasada, pues han transcurrido más de cinco años desde su publicación–, ofrece estos datos de prevalencia en la población general: el 30-48% se queja de falta de sueño (el 16-21%, de insomnio habitual, y el 10-28%, de insomnio entre moderado y grave), el 9-15% se queja de insomnio y sufre además sus consecuencias durante el día, y solo el 6% está diagnosticado según la definición y los criterios del DSM-IV. Aunque las cifras no sean precisas, si permiten entrever que el insomnio no solo tiene grados, sino que el diagnóstico depende de la definición. Probablemente muchos casos se resuelven o podrían resolverse en atención primaria, la mayoría de ellos sin recurrir a fármacos, con medidas de higiene del sueño, intervenciones psicológicas o simple educación para la salud, “recetando” webs de calidad sobre el insomnio.

Cada vez es más habitual que los pacientes, antes y después de consultar al médico, busquen información en internet sobre su problema de salud. En el caso del insomnio, la información de calidad podría ayudar a resolver muchos casos, al menos los agudos y menos graves. El problema es que mucha de la información disponible deja mucho que desear. Un estudio de mayo de 2017 sobre la calidad y legibilidad de los recursos de información más populares en internet sobre el insomnio muestra que los mejores recursos informativos no necesariamente aparecen en los primeros lugares de las búsquedas en Google, donde conviven webs médicas, institucionales, comerciales y no comerciales. En conjunto, su calidad es más bien discreta, pues el contenido es a menudo incompleto y presenta otras deficiencias, como los conflictos de intereses y la falta de autoría y fecha de actualización. Pero quizá la principal aportación de este estudio es que la mayoría de los contenidos sobre el insomnio superan la capacidad de comprensión del profano. Las más rigurosas suelen ser, además, las más difíciles de leer. Hablar claro sin perder rigor es sin duda el gran reto que tienen estas y otras webs sobre salud. Pero también el que tienen todos los médicos al tratar con sus pacientes.

 

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