¿Cómo lo sabes?

Sobre el motor del conocimiento médico y la implicación de pacientes y médicos

Se habla mucho de involucrar a los pacientes en la toma de decisiones sobre su salud. De que hay que dejar atrás el viejo paternalismo y de que los enfermos, si quieren, deben colaborar con su médico para elegir el tratamiento más adecuado. Se habla, en fin, de que el paciente ha de ser el centro de la investigación y de la asistencia, pues está claro que todavía no lo es. Pero, ¿cómo hacerlo? ¿cómo vencer las inercias, las resistencias, los intereses creados?

Todavía no tenemos una respuesta clara, pero lo más parecido a una hoja de ruta es el libro Testing Treatments: Better Research for Better Healthcare, una obra para todos los público escrita en 2006 por cuatro autores entre los que figuran el médico Ian Chalmers, uno de los inspiradores de la Colaboración Cochrane, y Hazel Thornton, una paciente de cáncer de mama que en 1991 rechazó participar en un ensayo clínico porque no se consideraba lo bastante informada como para firmar el preceptivo consentimento informado. El libro está disponible en español (Cómo se prueban los tratamientos) y desde hace poco cuenta también con una edición en catalán (Els tractaments, a prova), a cuya reciente presentación en Barcelona acudió el propio Chalmers (aquí puede leerse una interesante entrevista con él de Blanca Blay).

La medicina es en buena medida un acervo de soluciones técnicas, continuamente puesto al día, para todo tipo de problemas de salud. La cuestión de cómo sabemos si funciona realmente una determinada intervención médica –ya sea un tratamiento farmacológico, una prueba de cribado o cualquier otra– es la piedra angular de la medicina basada en la evidencia. Y este libro es un acopio de respuestas sobre una pregunta aparentemente sencilla y casi infantil: ¿cómo lo sabes? Su intención es estimular el pensamiento crítico y científico para ser capaces entre todos de generar y difundir conocimiento médico de mayor calidad.

“El conocimiento es un bien que casi nunca aparece por sorpresa y ni lo hace de una manera definitiva y tampoco se distribuye libremente ni equitativamente por todas partes”, escribe en el prólogo a la edición catalana Xavier Bonfill, director del Centro Cochrane Iberoamericano. Y añade: “El conocimiento no es puro ni absoluto y por eso necesitamos del método científico para depurarlo continuamente”. Lo que ocurre con el método científico es que ni es intuitivo ni fácil de aplicar. Por eso resulta ajeno a tanta gente y, a la vez, hay tanta mala ciencia. Pero si las preguntas esenciales se plantean con claridad y buenos ejemplos, como hace este libro, todo el mundo puede entender por qué hacen falta pruebas imparciales para conocer los riesgos y beneficios de una intervención, por qué buena parte de la investigación no se centra en las necesidades de los pacientes y de la sociedad sino que responde a otros intereses, y por qué es tan importante que los pacientes se involucren más en la orientación de la investigación.

La medicina ha cambiado quizá más en los últimos 30 años que en toda su historia. El movimiento de la medicina basada en la evidencia y el abandono gradual del paternalismo médico son las dos caras de este cambio en ciernes pero todavía incipiente. Hay todavía demasiada inercia y demasiadas resistencias al cambio, como advierte Daniel Flichtentrei en su último editorial de IntraMed Journal: Posverdad: la ciencia y sus demonios, en el que disecciona algunos de los diablos del pensamiento médico. Este libro es un buen antídoto. “Debe leerse en todas las escuelas, y en todas las salas de esperas”, dice de él Ben Goldacre. Si es médico, recételo a sus pacientes. Y, si no lo ha leído, recéteselo también a sí mismo.

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Sobre el motor del conocimiento médico y la implicación de pacientes y médicos

Se habla mucho de involucrar a los pacientes en la toma de decisiones sobre su salud. De que hay que dejar atrás el viejo paternalismo y de que los enfermos, si quieren, deben colaborar con su médico para elegir el tratamiento más adecuado. Se habla, en fin, de que el paciente ha de ser el centro de la investigación y de la asistencia, pues está claro que todavía no lo es. Pero, ¿cómo hacerlo? ¿cómo vencer las inercias, las resistencias, los intereses creados?

Todavía no tenemos una respuesta clara, pero lo más parecido a una hoja de ruta es el libro Testing Treatments: Better Research for Better Healthcare, una obra para todos los público escrita en 2006 por cuatro autores entre los que figuran el médico Ian Chalmers, uno de los inspiradores de la Colaboración Cochrane, y Hazel Thornton, una paciente de cáncer de mama que en 1991 rechazó participar en un ensayo clínico porque no se consideraba lo bastante informada como para firmar el preceptivo consentimento informado. El libro está disponible en español (Cómo se prueban los tratamientos) y desde hace poco cuenta también con una edición en catalán (Els tractaments, a prova), a cuya reciente presentación en Barcelona acudió el propio Chalmers (aquí puede leerse una interesante entrevista con él de Blanca Blay).

La medicina es en buena medida un acervo de soluciones técnicas, continuamente puesto al día, para todo tipo de problemas de salud. La cuestión de cómo sabemos si funciona realmente una determinada intervención médica –ya sea un tratamiento farmacológico, una prueba de cribado o cualquier otra– es la piedra angular de la medicina basada en la evidencia. Y este libro es un acopio de respuestas sobre una pregunta aparentemente sencilla y casi infantil: ¿cómo lo sabes? Su intención es estimular el pensamiento crítico y científico para ser capaces entre todos de generar y difundir conocimiento médico de mayor calidad.

“El conocimiento es un bien que casi nunca aparece por sorpresa y ni lo hace de una manera definitiva y tampoco se distribuye libremente ni equitativamente por todas partes”, escribe en el prólogo a la edición catalana Xavier Bonfill, director del Centro Cochrane Iberoamericano. Y añade: “El conocimiento no es puro ni absoluto y por eso necesitamos del método científico para depurarlo continuamente”. Lo que ocurre con el método científico es que ni es intuitivo ni fácil de aplicar. Por eso resulta ajeno a tanta gente y, a la vez, hay tanta mala ciencia. Pero si las preguntas esenciales se plantean con claridad y buenos ejemplos, como hace este libro, todo el mundo puede entender por qué hacen falta pruebas imparciales para conocer los riesgos y beneficios de una intervención, por qué buena parte de la investigación no se centra en las necesidades de los pacientes y de la sociedad sino que responde a otros intereses, y por qué es tan importante que los pacientes se involucren más en la orientación de la investigación.

La medicina ha cambiado quizá más en los últimos 30 años que en toda su historia. El movimiento de la medicina basada en la evidencia y el abandono gradual del paternalismo médico son las dos caras de este cambio en ciernes pero todavía incipiente. Hay todavía demasiada inercia y demasiadas resistencias al cambio, como advierte Daniel Flichtentrei en su último editorial de IntraMed Journal: Posverdad: la ciencia y sus demonios, en el que disecciona algunos de los diablos del pensamiento médico. Este libro es un buen antídoto. “Debe leerse en todas las escuelas, y en todas las salas de esperas”, dice de él Ben Goldacre. Si es médico, recételo a sus pacientes. Y, si no lo ha leído, recéteselo también a sí mismo.

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