Novedades en cuarentena

Sobre lo nuevo, lo cierto y lo bueno en ciencia, comunicación y asistencia médica

Lo nuevo. Los periodistas y comunicadores vibran con la novedad, tienen una inclinación genuina por lo nuevo. Pero esta querencia suele ser su perdición, al menos en la información médica, pues lo nuevo es habitualmente lo más incierto. En cambio, los científicos recelan de la novedad, pues saben que la verdad no suele encontrarse en los primeros trabajos; aunque, cuando ofician de comunicadores para dar bombo y visibilidad a sus investigaciones más novedosas, tienden a minusvalorar las limitaciones de estos estudios. Si el conocimiento científico es aproximado y provisional, el más nuevo lo es doblemente.

Lo cierto. En medicina, “la mitad de lo que enseñamos es falso y la otra mitad es cierto. El problema es que nos sabemos cuál es cada mitad”, decía a mediados del siglo XX Charles S. Burwell, decano de Medicina de la Universidad de Harvard. Ahora tenemos una idea más precisa de esa intuición que dividía el conocimiento médico en dos mitades. En 2005, en su esclarecedor artículo Why most published research findings are false, John Ioannidis mostró que los estudios iniciales, aislados y no replicados tienen más probabilidades de ser falsos. Lo nuevo tiene un aroma de falsedad más intenso, que se torna apestoso cuando los resultados novedosos están viciados de conflictos de intereses y defectos metodológicos. La verdad científica se encuentra en algún lugar central de un imaginario espacio ponderado con todos los estudios realizados sobre un problema, como ilustra el logotipo de la Colaboración Cochrane. Esta es la base de las revisiones sistemáticas y los metaanálisis, que son la respuesta más certera a las preguntas de salud.

En su predilección por lo nuevo, los periodistas se centran en los resultados iniciales y raramente informan cuando otros estudios los desmienten. Un reciente artículo sobre la validez de los mensajes de biomedicina difundidos en la prensa muestra que menos de la mitad de los resultados publicados fueron confirmados en posteriores metaanálisis. Este trabajo muestra también que la prensa informa cinco veces más de los estudios iniciales que de los de seguimiento, y que las revisiones y los metaanálisis, que ofrecen los mensajes más próximos a la verdad científica, son ampliamente desdeñados. Este desdén por la verdad consolidada no es responsabilidad exclusiva de los medios de comunicación, sino también de los aparatos de comunicación de las revistas e instituciones que elaboran los comunicados de prensa. Y lo que entre ambos consiguen al final es obstaculizar la capacidad de tomar decisiones informadas en el ámbito de la salud.

Lo bueno. La información tiene sin duda un componente ético, y por eso cabe distinguir entre buena y mala. Solo la información contrastada ayuda a médicos y pacientes a tomar decisiones informadas, mientras que la falsa puede resultar perjudicial para la salud. Puesto que el primer deber de los médicos es no hacer daño, tienen la obligación de manejar y trasladar a sus pacientes la información más veraz. Y, puesto que la primera obligación de los periodistas es contar la verdad, quienes se dedican a informar sobre la investigación médica tienen que ser conscientes de que la información falsa puede causar daño.

Y las prisas. El tempo de la comunicación no es el de la ciencia. Las prisas, tan habituales en los medios como la pasión por lo nuevo, no son buenas mediadoras de la verdad. Por eso, cuando no es posible tomar las debidas cautelas sobre las novedades de la investigación, el silencio informativo puede ser una buena medida higiénica. Antes de difundir mensajes de salud probablemente falsos, pensemos en los beneficios de poner en cuarentena la actualidad médica. Esto es algo que, de una u otra forma, nos incumbe a investigadores, periodistas y médicos.

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Sobre lo nuevo, lo cierto y lo bueno en ciencia, comunicación y asistencia médica

Lo nuevo. Los periodistas y comunicadores vibran con la novedad, tienen una inclinación genuina por lo nuevo. Pero esta querencia suele ser su perdición, al menos en la información médica, pues lo nuevo es habitualmente lo más incierto. En cambio, los científicos recelan de la novedad, pues saben que la verdad no suele encontrarse en los primeros trabajos; aunque, cuando ofician de comunicadores para dar bombo y visibilidad a sus investigaciones más novedosas, tienden a minusvalorar las limitaciones de estos estudios. Si el conocimiento científico es aproximado y provisional, el más nuevo lo es doblemente.

Lo cierto. En medicina, “la mitad de lo que enseñamos es falso y la otra mitad es cierto. El problema es que nos sabemos cuál es cada mitad”, decía a mediados del siglo XX Charles S. Burwell, decano de Medicina de la Universidad de Harvard. Ahora tenemos una idea más precisa de esa intuición que dividía el conocimiento médico en dos mitades. En 2005, en su esclarecedor artículo Why most published research findings are false, John Ioannidis mostró que los estudios iniciales, aislados y no replicados tienen más probabilidades de ser falsos. Lo nuevo tiene un aroma de falsedad más intenso, que se torna apestoso cuando los resultados novedosos están viciados de conflictos de intereses y defectos metodológicos. La verdad científica se encuentra en algún lugar central de un imaginario espacio ponderado con todos los estudios realizados sobre un problema, como ilustra el logotipo de la Colaboración Cochrane. Esta es la base de las revisiones sistemáticas y los metaanálisis, que son la respuesta más certera a las preguntas de salud.

En su predilección por lo nuevo, los periodistas se centran en los resultados iniciales y raramente informan cuando otros estudios los desmienten. Un reciente artículo sobre la validez de los mensajes de biomedicina difundidos en la prensa muestra que menos de la mitad de los resultados publicados fueron confirmados en posteriores metaanálisis. Este trabajo muestra también que la prensa informa cinco veces más de los estudios iniciales que de los de seguimiento, y que las revisiones y los metaanálisis, que ofrecen los mensajes más próximos a la verdad científica, son ampliamente desdeñados. Este desdén por la verdad consolidada no es responsabilidad exclusiva de los medios de comunicación, sino también de los aparatos de comunicación de las revistas e instituciones que elaboran los comunicados de prensa. Y lo que entre ambos consiguen al final es obstaculizar la capacidad de tomar decisiones informadas en el ámbito de la salud.

Lo bueno. La información tiene sin duda un componente ético, y por eso cabe distinguir entre buena y mala. Solo la información contrastada ayuda a médicos y pacientes a tomar decisiones informadas, mientras que la falsa puede resultar perjudicial para la salud. Puesto que el primer deber de los médicos es no hacer daño, tienen la obligación de manejar y trasladar a sus pacientes la información más veraz. Y, puesto que la primera obligación de los periodistas es contar la verdad, quienes se dedican a informar sobre la investigación médica tienen que ser conscientes de que la información falsa puede causar daño.

Y las prisas. El tempo de la comunicación no es el de la ciencia. Las prisas, tan habituales en los medios como la pasión por lo nuevo, no son buenas mediadoras de la verdad. Por eso, cuando no es posible tomar las debidas cautelas sobre las novedades de la investigación, el silencio informativo puede ser una buena medida higiénica. Antes de difundir mensajes de salud probablemente falsos, pensemos en los beneficios de poner en cuarentena la actualidad médica. Esto es algo que, de una u otra forma, nos incumbe a investigadores, periodistas y médicos.

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