Espejos y espejismos

Espejos y espejismos

Sobre el reconocimiento de las emociones faciales y su lectura automatizada

El reconocimiento de las emociones faciales es, literalmente, un juego de niños. Desde bien pequeños, todos los bebés aprenden a distinguir el estado de ánimo de sus padres escrutando sus caras. Enseguida reconocen si están contentos o enfadados, si ponen cara de asco o de sorpresa. El aprendizaje resulta rápido y sencillo porque la lectura de la gestualidad facial es una capacidad humana que parece grabada indeleblemente con el buril genético. Vemos caras en las nubes, en las manchas y por todas partes: así es nuestra naturaleza. El cerebro desarrolla esta capacidad sin aparente esfuerzo y por eso nos resulta en general relativamente fácil detectar cuándo una persona que conocemos está, por ejemplo, preocupada.El estudio científico de las emociones expresadas en el rostro, iniciado por Darwin y continuado por neurólogos y psicólogos entre los que destaca Paul Ekman, con su Facial Action Coding System,  ha dado alas a ingenieros e investigadores para desarrollar algún automatismo con esta capacidad. ¿Por qué no va a poder hacer una máquina lo que hace un niño pequeño? Realmente sería útil en algunos casos poder interpretar un rostro difícil, ambiguo o enmascarado. Pensemos por ejemplo en los niños autistas o, sin ir más lejos, en lo que dice un rostro en el diagnóstico médico. El ojo clínico, la penetración psicológica y otras habilidades interpersonales tienen mucho que ver con la capacidad de leer una cara. Sin embargo, incorporar esta facultad en una máquina se antoja un desafío mayúsculo.

En el Media Lab del Massachusetts Institute of Technology (MIT), uno de los centros avanzados donde se da vía libre a la investigación más imaginativa, hay jóvenes ingenieros dispuestos a intentarlo. Uno de ellos es Javier Hernández Rivera, creador de un imaginativo Medidor del Humor (MIT Mood Meter) instalado en el campus universitario para calibrar el estado de ánimo de la comunidad académica midiendo la cantidad y calidad de sus sonrisas, y autor también de otras investigaciones relacionadas con el reconocimiento de las emociones faciales. Puede que no sean muchos investigadores, pero algunos creen que es posible desarrollar inventos como un espejo mágico capaz de detectar el estado de ánimo de quien se mira en él.

El domingo 29 de mayo de 2011 escribía Manuel Vicent en El País sobre los escáneres de aeropuertos. “Hasta ahora el escáner sólo puede detectar la materia, no el espíritu. Por muy sensible que sea, no es capaz de llegar todavía a nuestro verdadero equipaje, a las ideas y sentimientos, a lo que sabemos, a lo que hemos leído, soñado, deseado, ni tampoco a los placeres que nos hemos otorgado”, decía. Es posible imaginar que un espejo o un escáner llegará a leer nuestro estado de ánimo, nuestras emociones, nuestra ideología…, pero de momento sólo son fabulaciones. Es cierto que los programas de catalogación de fotos ya reconocen caras, pero esto es algo mucho más sencillo y además tampoco son muy fiables. Con todo, no hay duda de que el entusiasmo de los jóvenes investigadores va a mejorar el reconocimiento automático de las emociones faciales. Este es el camino de la investigación y el conocimiento. Sin embargo, no vayamos tan deprisa. Ni siquiera sabemos hasta qué punto la cara es el espejo del alma: si lo que vemos en un rostro es real o un espejismo, si son las emociones del otro o las nuestras las que se reflejan en su cara.

Foto: Buster Benson / Flickr.

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Sobre el reconocimiento de las emociones faciales y su lectura automatizada

El reconocimiento de las emociones faciales es, literalmente, un juego de niños. Desde bien pequeños, todos los bebés aprenden a distinguir el estado de ánimo de sus padres escrutando sus caras. Enseguida reconocen si están contentos o enfadados, si ponen cara de asco o de sorpresa. El aprendizaje resulta rápido y sencillo porque la lectura de la gestualidad facial es una capacidad humana que parece grabada indeleblemente con el buril genético. Vemos caras en las nubes, en las manchas y por todas partes: así es nuestra naturaleza. El cerebro desarrolla esta capacidad sin aparente esfuerzo y por eso nos resulta en general relativamente fácil detectar cuándo una persona que conocemos está, por ejemplo, preocupada.El estudio científico de las emociones expresadas en el rostro, iniciado por Darwin y continuado por neurólogos y psicólogos entre los que destaca Paul Ekman, con su Facial Action Coding System,  ha dado alas a ingenieros e investigadores para desarrollar algún automatismo con esta capacidad. ¿Por qué no va a poder hacer una máquina lo que hace un niño pequeño? Realmente sería útil en algunos casos poder interpretar un rostro difícil, ambiguo o enmascarado. Pensemos por ejemplo en los niños autistas o, sin ir más lejos, en lo que dice un rostro en el diagnóstico médico. El ojo clínico, la penetración psicológica y otras habilidades interpersonales tienen mucho que ver con la capacidad de leer una cara. Sin embargo, incorporar esta facultad en una máquina se antoja un desafío mayúsculo.

En el Media Lab del Massachusetts Institute of Technology (MIT), uno de los centros avanzados donde se da vía libre a la investigación más imaginativa, hay jóvenes ingenieros dispuestos a intentarlo. Uno de ellos es Javier Hernández Rivera, creador de un imaginativo Medidor del Humor (MIT Mood Meter) instalado en el campus universitario para calibrar el estado de ánimo de la comunidad académica midiendo la cantidad y calidad de sus sonrisas, y autor también de otras investigaciones relacionadas con el reconocimiento de las emociones faciales. Puede que no sean muchos investigadores, pero algunos creen que es posible desarrollar inventos como un espejo mágico capaz de detectar el estado de ánimo de quien se mira en él.

El domingo 29 de mayo de 2011 escribía Manuel Vicent en El País sobre los escáneres de aeropuertos. “Hasta ahora el escáner sólo puede detectar la materia, no el espíritu. Por muy sensible que sea, no es capaz de llegar todavía a nuestro verdadero equipaje, a las ideas y sentimientos, a lo que sabemos, a lo que hemos leído, soñado, deseado, ni tampoco a los placeres que nos hemos otorgado”, decía. Es posible imaginar que un espejo o un escáner llegará a leer nuestro estado de ánimo, nuestras emociones, nuestra ideología…, pero de momento sólo son fabulaciones. Es cierto que los programas de catalogación de fotos ya reconocen caras, pero esto es algo mucho más sencillo y además tampoco son muy fiables. Con todo, no hay duda de que el entusiasmo de los jóvenes investigadores va a mejorar el reconocimiento automático de las emociones faciales. Este es el camino de la investigación y el conocimiento. Sin embargo, no vayamos tan deprisa. Ni siquiera sabemos hasta qué punto la cara es el espejo del alma: si lo que vemos en un rostro es real o un espejismo, si son las emociones del otro o las nuestras las que se reflejan en su cara.

Foto: Buster Benson / Flickr.

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