Locura

Locura

Sobre la enfermedad mental como desván de la medicina y la sociedad

El cóctel de locura y pobreza puede producir las situaciones humanas más extremas. En los países desarrollados muchos de los indigentes que viven en las calles de las ciudades son enfermos mentales antes que vagabundos. Pero cuando vemos imágenes de enfermos mentales en condiciones de extrema pobreza tenemos la sensación de estar al borde mismo del abismo de la devastación humana. Las fotos de José Cendón sobre la locura en África, expuestas hasta el 3 de enero en el IVAM de Valencia con el título Miedo en Grandes Lagos, muestran la situación de los enfermos mentales en algunos de los países más empobrecidos del mundo: desnudos, atados, con una mirada que está ya de vuelta del dolor y el miedo.

“El olor de un hospital psiquiátrico es penetrante: se adhiere a la ropa, a la piel, e incluso se infiltra a través de los poros para adentrarse en los órganos más íntimos de una persona. Cuando este hedor proviene de un hospital psiquiátrico situado en la República Democrática de Congo, Burundi o Ruanda, se hace todavía más fuerte. La pestilencia en estos casos está mezclada con terribles sucesos –algunos de los más brutales de la historia moderna– y por ello se arraiga con más consistencia y firmeza”, explica el fotógrafo en el catálogo de la exposición, que está disponible en Internet y permite pasar sus páginas una a una. Cendón considera sus fotos como una “metáfora de la locura colectiva que ha asolado a esta región durante las últimas décadas, reflejada en los ojos de los pacientes.”

La neurociencia va por otro lado. La portada del último número de The Journal of Cell Biology muestra la que pasa por ser la primera imagen tridimensional de una sinapsis en acción obtenida con una nueva técnica de microscopía basada en la congelación ultrarrápida de células. Pero ¿qué tiene que ver esta imagen con las de los Grandes Lagos? La simple palabra sinapsis resuena impertinente, como una burla cruel, ante la foto de José Cendón de un enfermo mental encadenado como un perro y tirado en el suelo. Aquí no hay más sinapsis que las esposas que lo mantienen atado a la pared. Lo que nos cuenta esta imagen es que los locos son todavía en muchas partes del mundo los parias entre los enfermos y los olvidados. Es verdad que es más complicado diagnosticar un trastorno mental que un tumor y que entre las neuronas y los síntomas psiquiátricos hay un abismo de ignorancia difícil de salvar. Pero los recursos dedicados a investigar y tratar las enfermedades mentales también son incomparablemente menores que los dedicados a otras enfermedades. El camino no es encontrar genes específicos para los trastornos psiquiátricos. Esto es una quimera, como decía recientemente en Nature Daniel R. Weinberger, investigador de National Institute of Mental Health de EE UU, porque las enfermedades mentales parecen ser el resultado de complejas interacciones entre factores de riesgo que afectan al desarrollo. Hay que revisar los modelos y abordajes, y este parece ser el camino de no retorno para que la locura deje de ser el cuarto trastero de la medicina y la sociedad.

Foto: Kamenge esposado a una tubería de agua. Burundi 27 de septiembre de 2006. © José Cendon

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Sobre la enfermedad mental como desván de la medicina y la sociedad

El cóctel de locura y pobreza puede producir las situaciones humanas más extremas. En los países desarrollados muchos de los indigentes que viven en las calles de las ciudades son enfermos mentales antes que vagabundos. Pero cuando vemos imágenes de enfermos mentales en condiciones de extrema pobreza tenemos la sensación de estar al borde mismo del abismo de la devastación humana. Las fotos de José Cendón sobre la locura en África, expuestas hasta el 3 de enero en el IVAM de Valencia con el título Miedo en Grandes Lagos, muestran la situación de los enfermos mentales en algunos de los países más empobrecidos del mundo: desnudos, atados, con una mirada que está ya de vuelta del dolor y el miedo.

“El olor de un hospital psiquiátrico es penetrante: se adhiere a la ropa, a la piel, e incluso se infiltra a través de los poros para adentrarse en los órganos más íntimos de una persona. Cuando este hedor proviene de un hospital psiquiátrico situado en la República Democrática de Congo, Burundi o Ruanda, se hace todavía más fuerte. La pestilencia en estos casos está mezclada con terribles sucesos –algunos de los más brutales de la historia moderna– y por ello se arraiga con más consistencia y firmeza”, explica el fotógrafo en el catálogo de la exposición, que está disponible en Internet y permite pasar sus páginas una a una. Cendón considera sus fotos como una “metáfora de la locura colectiva que ha asolado a esta región durante las últimas décadas, reflejada en los ojos de los pacientes.”

La neurociencia va por otro lado. La portada del último número de The Journal of Cell Biology muestra la que pasa por ser la primera imagen tridimensional de una sinapsis en acción obtenida con una nueva técnica de microscopía basada en la congelación ultrarrápida de células. Pero ¿qué tiene que ver esta imagen con las de los Grandes Lagos? La simple palabra sinapsis resuena impertinente, como una burla cruel, ante la foto de José Cendón de un enfermo mental encadenado como un perro y tirado en el suelo. Aquí no hay más sinapsis que las esposas que lo mantienen atado a la pared. Lo que nos cuenta esta imagen es que los locos son todavía en muchas partes del mundo los parias entre los enfermos y los olvidados. Es verdad que es más complicado diagnosticar un trastorno mental que un tumor y que entre las neuronas y los síntomas psiquiátricos hay un abismo de ignorancia difícil de salvar. Pero los recursos dedicados a investigar y tratar las enfermedades mentales también son incomparablemente menores que los dedicados a otras enfermedades. El camino no es encontrar genes específicos para los trastornos psiquiátricos. Esto es una quimera, como decía recientemente en Nature Daniel R. Weinberger, investigador de National Institute of Mental Health de EE UU, porque las enfermedades mentales parecen ser el resultado de complejas interacciones entre factores de riesgo que afectan al desarrollo. Hay que revisar los modelos y abordajes, y este parece ser el camino de no retorno para que la locura deje de ser el cuarto trastero de la medicina y la sociedad.

Foto: Kamenge esposado a una tubería de agua. Burundi 27 de septiembre de 2006. © José Cendon

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