Nutrimento

Sobre la complejidad y las contradicciones de la alimentación actual

Si queremos poner un buen ejemplo del efecto nocivo de la sobreinformación, de la disparidad de mensajes, de la complejidad de la toma de decisiones en el mundo actual y de la confusión como resultado de todo ello, no tenemos más que reparar en la alimentación. Comer nunca ha sido tan fácil y a la vez tan difícil. En los países desarrollados el problema ya no es la falta de alimentos sino la sobreabundancia, ya no es la ignorancia sobre lo que comemos sino el exceso de información y los mensajes contradictorios. Comer bien ya no es lo que era hace sólo unas cuantas décadas, cuando este acto cotidiano no estaba lastrado como ahora por el peso de tantos intereses comerciales y el uso interesado de las verdades y medias verdades nutricionales.

La oferta disponible de alimentos se ha disparado de tal forma que elegir bien y llevar una dieta equilibrada puede ser un problema. A los alimentos frescos se les ha sumado una oferta increíble de productos procesados, de nuevas variaciones que juegan con los sabores, las formas, los colores y los ingredientes para crear un sinfín de nuevos productos de consumo que llevarnos a la boca. La publicidad y la información interesada se encargan de hacerlos apetecibles y, a menudo, de destacar sus posibles efectos beneficiosos para la salud.

Así, cada vez más, la salud es el gran reclamo para el consumo de ciertos productos, de tal forma que a los ojos de mucha gente los alimentos se dividen en buenos y malos, sin caer en la cuenta de que esto es un error. Todos los alimentos, por el hecho de serlo, son buenos y pueden, en principio, incluirse en la dieta de una persona sana, aunque en su debida proporción y equilibrio, pues son las dietas y no los alimentos las que son buenas o malas. Los rechazos tajantes, las preferencias desmedidas y todo lo que vaya contra la máxima dispersión y variedad en el consumo acaban conduciendo a desequilibrios dietéticos. Las epidemias de diabetes y obesidad que amenazan las sociedades desarrolladas responden a múltiples factores, pero tienen mucho que ver tanto con la falta de información como el ruido informativo.

La relación con la comida es cada vez más una relación conflictiva. No sólo no sabemos a ciencia cierta qué tienen de bueno o de malo ciertos alimentos, sino que algunos alimentos (los llamados funcionales, sobre todo) empiezan a utilizarse cada vez más para prevenir o tratar enfermedades, como si fueran fármacos, por lo que no estaría de más que se demostraran todas las propiedades curativas que se les atribuyen, según se destacó en una reciente jornada sobre controversias en la alimentación organizada por la Fundación de Ciencias de la Salud. “Hay muchas instancias interesadas en que nos alimentemos según criterios que les vienen bien y no en base a lo que uno debería decidir de manera autónoma”, advirtió su presidente, Diego Gracia. Y la autonomía, ya se sabe, se cocina con información veraz, sentido crítico, buenas dosis de sentido común y una pizca de escepticismo.

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Sobre la complejidad y las contradicciones de la alimentación actual

Si queremos poner un buen ejemplo del efecto nocivo de la sobreinformación, de la disparidad de mensajes, de la complejidad de la toma de decisiones en el mundo actual y de la confusión como resultado de todo ello, no tenemos más que reparar en la alimentación. Comer nunca ha sido tan fácil y a la vez tan difícil. En los países desarrollados el problema ya no es la falta de alimentos sino la sobreabundancia, ya no es la ignorancia sobre lo que comemos sino el exceso de información y los mensajes contradictorios. Comer bien ya no es lo que era hace sólo unas cuantas décadas, cuando este acto cotidiano no estaba lastrado como ahora por el peso de tantos intereses comerciales y el uso interesado de las verdades y medias verdades nutricionales.

La oferta disponible de alimentos se ha disparado de tal forma que elegir bien y llevar una dieta equilibrada puede ser un problema. A los alimentos frescos se les ha sumado una oferta increíble de productos procesados, de nuevas variaciones que juegan con los sabores, las formas, los colores y los ingredientes para crear un sinfín de nuevos productos de consumo que llevarnos a la boca. La publicidad y la información interesada se encargan de hacerlos apetecibles y, a menudo, de destacar sus posibles efectos beneficiosos para la salud.

Así, cada vez más, la salud es el gran reclamo para el consumo de ciertos productos, de tal forma que a los ojos de mucha gente los alimentos se dividen en buenos y malos, sin caer en la cuenta de que esto es un error. Todos los alimentos, por el hecho de serlo, son buenos y pueden, en principio, incluirse en la dieta de una persona sana, aunque en su debida proporción y equilibrio, pues son las dietas y no los alimentos las que son buenas o malas. Los rechazos tajantes, las preferencias desmedidas y todo lo que vaya contra la máxima dispersión y variedad en el consumo acaban conduciendo a desequilibrios dietéticos. Las epidemias de diabetes y obesidad que amenazan las sociedades desarrolladas responden a múltiples factores, pero tienen mucho que ver tanto con la falta de información como el ruido informativo.

La relación con la comida es cada vez más una relación conflictiva. No sólo no sabemos a ciencia cierta qué tienen de bueno o de malo ciertos alimentos, sino que algunos alimentos (los llamados funcionales, sobre todo) empiezan a utilizarse cada vez más para prevenir o tratar enfermedades, como si fueran fármacos, por lo que no estaría de más que se demostraran todas las propiedades curativas que se les atribuyen, según se destacó en una reciente jornada sobre controversias en la alimentación organizada por la Fundación de Ciencias de la Salud. “Hay muchas instancias interesadas en que nos alimentemos según criterios que les vienen bien y no en base a lo que uno debería decidir de manera autónoma”, advirtió su presidente, Diego Gracia. Y la autonomía, ya se sabe, se cocina con información veraz, sentido crítico, buenas dosis de sentido común y una pizca de escepticismo.

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