Gordos y pobres

Sobre el gradiente socioeconómico del sobrepeso y la obesidad

De la obesidad ya se está hablando mucho, pero se va a hablar cada vez más. Catalogada como una de las epidemias emergentes del siglo XXI, es ya uno de los grandes temas de debate en salud pública. Poco a poco ha ido tomando cuerpo como segundo gran riesgo evitable, después del tabaquismo, y ha empezado incluso a robarle protagonismo en la escena de la salud pública; pero no porque el problema del tabaquismo esté ya solucionado, ni mucho menos, sino porque el de la obesidad apenas empieza a entenderse y todavía no están bien ponderados todos los factores implicados ni evaluadas las medidas para hacerles frente. Aunque la obesidad tiene un componente genético, el ambiental se perfila con diferencia como el más influyente para entender en su conjunto el constante crecimiento del exceso de peso en los países occidentales, especialmente en las capas sociales más desfavorecidas. Lo cierto es que hoy abundan más los gordos entre los pobres que entre los ricos.

La escasez de recursos económicos y de educación están sobradamente documentados en casi todos los países de nuestro entorno como factores decisivos en la aparición de la obesidad. Hasta cierto punto, la pobreza y la ignorancia pueden considerarse como causantes del exceso de peso. Hay muchas posibles explicaciones a la existencia de este gradiente socioeconómico de la obesidad, desde la localización de una vivienda y el urbanismo a las condiciones de trabajo, pero una de las más nítidas es que los alimentos que favorecen la obesidad son más baratos que los más saludables. Aunque lo que importa es el conjunto de la dieta, el coste de los productos hipercalóricos y obesogénicos es inferior al de los productos frescos (en general, más saludables). Para una familia de economía precaria es más fácil alimentarse con productos de alta densidad calórica y menor valor nutritivo que con productos frescos y de la huerta. Con los precios actuales, tomar cinco raciones diarias de frutas y verduras, como recomiendan las autoridades sanitarias, puede ser un lujo prohibitivo para algunas economías familiares. Comer mal es más fácil y asequible que tomar una dieta saludable, sobre todo si el nivel de educación no favorece una buena elección y combinación de alimentos saludables y a la vez no demasiado caros.

La calidad de la dieta está íntimamente asociada al nivel socioeconómico; pero cabe preguntarse si es más determinante el nivel de renta o el de educación, como apuntan Alejandro Rodríguez Caro y Beatriz González López-Valcárcel en su artículo El trasfondo económico de las intervenciones sanitarias en la prevención de la obesidad, publicado en el número de enero-febrero de 2009 de la Revista Española de Salud Pública. La respuesta no está clara, como tampoco lo están las medidas más eficientes y coste-eficientes para abordar la obesidad. Lo que si parece claro es que todas las medidas que favorezcan la educación y la igualdad son a la postre una buena política contra la obesidad.

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Sobre el gradiente socioeconómico del sobrepeso y la obesidad

De la obesidad ya se está hablando mucho, pero se va a hablar cada vez más. Catalogada como una de las epidemias emergentes del siglo XXI, es ya uno de los grandes temas de debate en salud pública. Poco a poco ha ido tomando cuerpo como segundo gran riesgo evitable, después del tabaquismo, y ha empezado incluso a robarle protagonismo en la escena de la salud pública; pero no porque el problema del tabaquismo esté ya solucionado, ni mucho menos, sino porque el de la obesidad apenas empieza a entenderse y todavía no están bien ponderados todos los factores implicados ni evaluadas las medidas para hacerles frente. Aunque la obesidad tiene un componente genético, el ambiental se perfila con diferencia como el más influyente para entender en su conjunto el constante crecimiento del exceso de peso en los países occidentales, especialmente en las capas sociales más desfavorecidas. Lo cierto es que hoy abundan más los gordos entre los pobres que entre los ricos.

La escasez de recursos económicos y de educación están sobradamente documentados en casi todos los países de nuestro entorno como factores decisivos en la aparición de la obesidad. Hasta cierto punto, la pobreza y la ignorancia pueden considerarse como causantes del exceso de peso. Hay muchas posibles explicaciones a la existencia de este gradiente socioeconómico de la obesidad, desde la localización de una vivienda y el urbanismo a las condiciones de trabajo, pero una de las más nítidas es que los alimentos que favorecen la obesidad son más baratos que los más saludables. Aunque lo que importa es el conjunto de la dieta, el coste de los productos hipercalóricos y obesogénicos es inferior al de los productos frescos (en general, más saludables). Para una familia de economía precaria es más fácil alimentarse con productos de alta densidad calórica y menor valor nutritivo que con productos frescos y de la huerta. Con los precios actuales, tomar cinco raciones diarias de frutas y verduras, como recomiendan las autoridades sanitarias, puede ser un lujo prohibitivo para algunas economías familiares. Comer mal es más fácil y asequible que tomar una dieta saludable, sobre todo si el nivel de educación no favorece una buena elección y combinación de alimentos saludables y a la vez no demasiado caros.

La calidad de la dieta está íntimamente asociada al nivel socioeconómico; pero cabe preguntarse si es más determinante el nivel de renta o el de educación, como apuntan Alejandro Rodríguez Caro y Beatriz González López-Valcárcel en su artículo El trasfondo económico de las intervenciones sanitarias en la prevención de la obesidad, publicado en el número de enero-febrero de 2009 de la Revista Española de Salud Pública. La respuesta no está clara, como tampoco lo están las medidas más eficientes y coste-eficientes para abordar la obesidad. Lo que si parece claro es que todas las medidas que favorezcan la educación y la igualdad son a la postre una buena política contra la obesidad.

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