Luz

Sobre la mirada del observador en la obra de Olafur Eliasson

Más de dos millones de personas acudieron en 2003 a ver el gigantesco sol artificial instalado en la Sala de las Turbinas de la Tate Modern de Londres. El principal museo de arte contemporáneo del Reino Unido está alojado en una antigua central eléctrica a orillas de Támesis, y esta sala que albergaba los generadores de energía funciona como un atrio de entrada de extraordinarias dimensiones. Sus 3.400 metros cuadrados de superficie y 35 metros de alto estaban inundados por una luz amarillenta que surgía de entre la neblina y procedía de un gigantesco disco luminoso suspendido al fondo de la sala. Los visitantes que entraban en la Tate Modern quedaban sobrecogidos por la presencia de este astro, hasta que acercándose a la fuente de luz desde las galerías abiertas de los pisos superiores podían comprobar que no se trataba de un disco o una esfera sino de un semicírculo metálico de 15 metros de diámetro que se reflejaba en el techo cubierto completamente por espejos. La fuente de luz eran unas 200 lámparas de sodio amarillentas como las de algunas farolas.

The weather project (2003), de Olafur Eliasson, en la Tate Modern de Londres.

El desenmascaramiento del efecto, la posibilidad de ver los artilugios que generan la situación perceptiva, es marca de la casa del artista danés-islandés Olafur Eliasson, autor de esta instalación. Pero aunque la revelación de los mecanismos materiales que constituían The weather project deshacía el hechizo inicial, esa corriente emocional que provocaba en los visitantes del museo y les hacía deambular por la sala hipnotizados por aquel sol frío, tumbarse en el suelo para abandonarse a sus sensaciones y compartir quizá sus experiencias con el visitante de al lado, permitía por otra parte que los observadores fueran más conscientes de sus propias percepciones a la vez que les impelía vagamente pero sin remedio a divagar sobre la naturaleza de las cosas. Con este título precisamente, La naturaleza de las cosas, Eliasson expone hasta el 28 de septiembre en la Fundación Miró de Barcelona una selección de sus obras, en las que recrea mediante proyectores, espejos y otros medios técnicos diferentes ilusiones ópticas y fenómenos visuales para que sea el espectador quien con su percepción acabe la obra y le de sentido.

Muchas de las obras de Eliasson están constituida por algo tan inmaterial como es la luz. El propio artista ha reconocido que es la mirada del espectador lo que constituye la pieza. En una de sus obras, Your sun machine (1977), simplemente abrió un agujero circular en el techo de la galería Marc Foxx, en Los Angeles, por la que entraba el sol, que se desplazaba lentamente por el suelo y las paredes de la galería, haciendo volar la imaginación de los espectadores hacia quién sabe qué lugares. Ante obras tan desmaterializadas como las de Eliasson cabe preguntarse una vez más qué es el arte y para qué sirve. Y hoy, como en los tiempos de los hombres de las cavernas, el arte sigue siendo ese misterioso resorte que poseen algunas obras, ya sean de luz o de óleo, capaz de transportarnos con la imaginación a otra parte.

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Luz

Sobre la mirada del observador en la obra de Olafur Eliasson

Más de dos millones de personas acudieron en 2003 a ver el gigantesco sol artificial instalado en la Sala de las Turbinas de la Tate Modern de Londres. El principal museo de arte contemporáneo del Reino Unido está alojado en una antigua central eléctrica a orillas de Támesis, y esta sala que albergaba los generadores de energía funciona como un atrio de entrada de extraordinarias dimensiones. Sus 3.400 metros cuadrados de superficie y 35 metros de alto estaban inundados por una luz amarillenta que surgía de entre la neblina y procedía de un gigantesco disco luminoso suspendido al fondo de la sala. Los visitantes que entraban en la Tate Modern quedaban sobrecogidos por la presencia de este astro, hasta que acercándose a la fuente de luz desde las galerías abiertas de los pisos superiores podían comprobar que no se trataba de un disco o una esfera sino de un semicírculo metálico de 15 metros de diámetro que se reflejaba en el techo cubierto completamente por espejos. La fuente de luz eran unas 200 lámparas de sodio amarillentas como las de algunas farolas.

The weather project (2003), de Olafur Eliasson, en la Tate Modern de Londres.

El desenmascaramiento del efecto, la posibilidad de ver los artilugios que generan la situación perceptiva, es marca de la casa del artista danés-islandés Olafur Eliasson, autor de esta instalación. Pero aunque la revelación de los mecanismos materiales que constituían The weather project deshacía el hechizo inicial, esa corriente emocional que provocaba en los visitantes del museo y les hacía deambular por la sala hipnotizados por aquel sol frío, tumbarse en el suelo para abandonarse a sus sensaciones y compartir quizá sus experiencias con el visitante de al lado, permitía por otra parte que los observadores fueran más conscientes de sus propias percepciones a la vez que les impelía vagamente pero sin remedio a divagar sobre la naturaleza de las cosas. Con este título precisamente, La naturaleza de las cosas, Eliasson expone hasta el 28 de septiembre en la Fundación Miró de Barcelona una selección de sus obras, en las que recrea mediante proyectores, espejos y otros medios técnicos diferentes ilusiones ópticas y fenómenos visuales para que sea el espectador quien con su percepción acabe la obra y le de sentido.

Muchas de las obras de Eliasson están constituida por algo tan inmaterial como es la luz. El propio artista ha reconocido que es la mirada del espectador lo que constituye la pieza. En una de sus obras, Your sun machine (1977), simplemente abrió un agujero circular en el techo de la galería Marc Foxx, en Los Angeles, por la que entraba el sol, que se desplazaba lentamente por el suelo y las paredes de la galería, haciendo volar la imaginación de los espectadores hacia quién sabe qué lugares. Ante obras tan desmaterializadas como las de Eliasson cabe preguntarse una vez más qué es el arte y para qué sirve. Y hoy, como en los tiempos de los hombres de las cavernas, el arte sigue siendo ese misterioso resorte que poseen algunas obras, ya sean de luz o de óleo, capaz de transportarnos con la imaginación a otra parte.

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