Más y mejor

Sobre los fármacos para la superación y el bienestar

Del libro Trescientos medicamentos para superarse física, sexual e intelectualmente ya casi nadie se acuerda. Irrumpió de forma polémica en España a finales de 1989 y, si no fuera por las hemerotecas, casi podría decirse que nunca existió. A primera vista no hay ni rastro de él en internet y tampoco es fácilmente visible en la Agencia Española del ISBN del Ministerio de Cultura, donde figura escondido con un nombre equivocado, Trecientos medicamentos para superarse psíquicamente…. Pero la obra, traducida del francés y adaptada por médicos anónimos a la farmacopea española, fue un auténtico éxito de ventas, aunque ya solo se encuentra en los circuitos del libro usado. Planteaba una cuestión que tiene que ver con el doping pero que va más allá: el uso de los medicamentos que se pueden obtener en las farmacias para superar las propias capacidades y las limitaciones impuestas por la biología y las condiciones personales. En los 17 años transcurridos desde su publicación, el panorama ha cambiado de forma considerable: no sólo se han perfeccionado los métodos de dopaje en el deporte, sino que se han puesto al alcance del consumidor algunos fármacos realmente novedosos que permiten acariciar la idea de una cierta felicidad por vía farmacológica. Basta pensar en un solo fármaco, el sildenafilo o Viagra, para percatarse de hasta qué punto algunos medicamentos han superado la barrera puramente terapéutica para convertirse en un producto de consumo y de uso recreativo.

Entre los medicamentos esenciales de la OMS, destinados a tratar las principales enfermedades que afectan a las personas de todo el mundo, y la pastilla azul para potenciar la respuesta sexual o la toxina botulínica para quitar las arrugas, se extiende un amplio muestrario de sustancias con propiedades e indicaciones muy diversas. En un extremo están los medicamentos exclusivos para enfermedades y en el otro, los que pueden ser utilizados para tratar condiciones de la vida corriente que han sido medicalizadas o farmacologizadas, como pueden ser la tristeza o el envejecimiento. Los primeros podrían considerarse fármacos de línea blanca y los segundos encajarían en la denominación de medicamentos del bienestar, una categoría más difusa y sofisticada destinada a todo aquello que a la gente le gustaría poder remediar con pastillas para sentirse mejor, desde la calvicie hasta la fobia social, desde la celulitis a la falta de energía. Mientras en los países más pobres escasean los medicamentos esenciales, en las sociedades desarrolladas la demanda de medicamentos para mejorar el propio estado de bienestar físico, mental y social no ha hecho más que empezar. Ya hay están en fase de investigación numerosas sustancias para potenciar la memoria y la inteligencia, pero vendrán otras muchas para expandir nuestras capacidades que sin duda tendrán infinidad de adeptos. Así las cosas, se hace necesario distinguir entre un tipo y otro de medicamentos, porque sus implicaciones médicas, sanitarias, económicas e incluso éticas se antojan bien distintas.

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Sobre los fármacos para la superación y el bienestar

Del libro Trescientos medicamentos para superarse física, sexual e intelectualmente ya casi nadie se acuerda. Irrumpió de forma polémica en España a finales de 1989 y, si no fuera por las hemerotecas, casi podría decirse que nunca existió. A primera vista no hay ni rastro de él en internet y tampoco es fácilmente visible en la Agencia Española del ISBN del Ministerio de Cultura, donde figura escondido con un nombre equivocado, Trecientos medicamentos para superarse psíquicamente…. Pero la obra, traducida del francés y adaptada por médicos anónimos a la farmacopea española, fue un auténtico éxito de ventas, aunque ya solo se encuentra en los circuitos del libro usado. Planteaba una cuestión que tiene que ver con el doping pero que va más allá: el uso de los medicamentos que se pueden obtener en las farmacias para superar las propias capacidades y las limitaciones impuestas por la biología y las condiciones personales. En los 17 años transcurridos desde su publicación, el panorama ha cambiado de forma considerable: no sólo se han perfeccionado los métodos de dopaje en el deporte, sino que se han puesto al alcance del consumidor algunos fármacos realmente novedosos que permiten acariciar la idea de una cierta felicidad por vía farmacológica. Basta pensar en un solo fármaco, el sildenafilo o Viagra, para percatarse de hasta qué punto algunos medicamentos han superado la barrera puramente terapéutica para convertirse en un producto de consumo y de uso recreativo.

Entre los medicamentos esenciales de la OMS, destinados a tratar las principales enfermedades que afectan a las personas de todo el mundo, y la pastilla azul para potenciar la respuesta sexual o la toxina botulínica para quitar las arrugas, se extiende un amplio muestrario de sustancias con propiedades e indicaciones muy diversas. En un extremo están los medicamentos exclusivos para enfermedades y en el otro, los que pueden ser utilizados para tratar condiciones de la vida corriente que han sido medicalizadas o farmacologizadas, como pueden ser la tristeza o el envejecimiento. Los primeros podrían considerarse fármacos de línea blanca y los segundos encajarían en la denominación de medicamentos del bienestar, una categoría más difusa y sofisticada destinada a todo aquello que a la gente le gustaría poder remediar con pastillas para sentirse mejor, desde la calvicie hasta la fobia social, desde la celulitis a la falta de energía. Mientras en los países más pobres escasean los medicamentos esenciales, en las sociedades desarrolladas la demanda de medicamentos para mejorar el propio estado de bienestar físico, mental y social no ha hecho más que empezar. Ya hay están en fase de investigación numerosas sustancias para potenciar la memoria y la inteligencia, pero vendrán otras muchas para expandir nuestras capacidades que sin duda tendrán infinidad de adeptos. Así las cosas, se hace necesario distinguir entre un tipo y otro de medicamentos, porque sus implicaciones médicas, sanitarias, económicas e incluso éticas se antojan bien distintas.

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