Mnemoética

Sobre los errores de la memoria y sus implicaciones

Algunos de nuestros mejores recuerdos son falsos. Se han instalado en nuestro cerebro por diversos mecanismos, pero nunca ocurrieron tal y como los recordamos. Y muchos otros sólo son ciertos en sus aspectos esenciales, pero no en los detalles. Si dentro de unos años volviéramos a recordar los mismos sucesos, no serían exactamente iguales, porque los recuerdos autobiográficos se renuevan cada día, adaptándose continuamente a la concepción actual del yo, según nos enseña la neurociencia. Al cerebro no le gusta recordar los detalles porque no está diseñado biológicamente para ello, sino para interpretar de forma interesada la información que le llega y almacenar esas interpretaciones de forma más o menos duradera en la memoria. Como dice el neurocientífico Michael Gazzaniga, la memoria no es tanto un mecanismo para recordar el pasado como un medio para prepararnos para el futuro.

Las ideas comunes sobre la memoria están siendo cuestionadas por los nuevos conocimientos sobre el cerebro. La memoria humana no es ni una grabadora ni una cámara digital, por más que todos conozcamos a personas con una gran memoria para los nombres, las fechas o las citas textuales, y todos podamos mejorarla con entrenamiento. Basta decir, como curiosidad, que hay un campeonato mundial de memoria en el que los participantes compiten por recordar interminables listas de palabras y los números de más cifras. Los “grandes maestros” de la mnemotécnica pueden recordar números de 700 cifras y el campeón recordó 2.643 en media hora, pero esta competición no hace sino confirmar el empeño humano por competir y lo antinatural que resulta este tipo de actividad mental. Lo cierto es que el cerebro es un producto biológico que no está constituido para memorizar el tipo de cosas que tenemos que recordar en el mundo moderno, desde el nombre de un grupo de personas que nos acaban de presentar hasta sus números de teléfono.

La memoria humana es ciertamente frágil y maleable, y esto tiene profundas implicaciones sociales y hasta éticas. El psicólogo Daniel L. Schacter ha identificado siete tipos principales de errores al recordar, lo que llama “los siete pecados de la memoria”: fugacidad (olvido a lo largo del tiempo), distracción (olvido por falta de atención), bloqueo (tener un recuerdo “en la punta de la lengua”), falsa atribución (recordar algo nunca ocurrió), sugestionabilidad (distorsión de los recuerdos por aportaciones de otras personas, desde la familia a los medios de comunicación), tendenciosidad (influencia de nuestras creencias y tendencias en los recuerdos) y persistencia (recuerdo duradero de  sucesos que se desea olvidar). Dada esta propensión del cerebro humano al recuerdo erróneo, Gazzaniga plantea en su obra El cerebro ético, entre otras consideraciones éticas, que el papel de los testigos en los juicios debiera ser revisado a la luz de la neurociencia. Quizá haya que empezar a considerar, en el marco general de la bioética, la necesidad de una mnemoética.

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Mnemoética

Sobre los errores de la memoria y sus implicaciones

Algunos de nuestros mejores recuerdos son falsos. Se han instalado en nuestro cerebro por diversos mecanismos, pero nunca ocurrieron tal y como los recordamos. Y muchos otros sólo son ciertos en sus aspectos esenciales, pero no en los detalles. Si dentro de unos años volviéramos a recordar los mismos sucesos, no serían exactamente iguales, porque los recuerdos autobiográficos se renuevan cada día, adaptándose continuamente a la concepción actual del yo, según nos enseña la neurociencia. Al cerebro no le gusta recordar los detalles porque no está diseñado biológicamente para ello, sino para interpretar de forma interesada la información que le llega y almacenar esas interpretaciones de forma más o menos duradera en la memoria. Como dice el neurocientífico Michael Gazzaniga, la memoria no es tanto un mecanismo para recordar el pasado como un medio para prepararnos para el futuro.

Las ideas comunes sobre la memoria están siendo cuestionadas por los nuevos conocimientos sobre el cerebro. La memoria humana no es ni una grabadora ni una cámara digital, por más que todos conozcamos a personas con una gran memoria para los nombres, las fechas o las citas textuales, y todos podamos mejorarla con entrenamiento. Basta decir, como curiosidad, que hay un campeonato mundial de memoria en el que los participantes compiten por recordar interminables listas de palabras y los números de más cifras. Los “grandes maestros” de la mnemotécnica pueden recordar números de 700 cifras y el campeón recordó 2.643 en media hora, pero esta competición no hace sino confirmar el empeño humano por competir y lo antinatural que resulta este tipo de actividad mental. Lo cierto es que el cerebro es un producto biológico que no está constituido para memorizar el tipo de cosas que tenemos que recordar en el mundo moderno, desde el nombre de un grupo de personas que nos acaban de presentar hasta sus números de teléfono.

La memoria humana es ciertamente frágil y maleable, y esto tiene profundas implicaciones sociales y hasta éticas. El psicólogo Daniel L. Schacter ha identificado siete tipos principales de errores al recordar, lo que llama “los siete pecados de la memoria”: fugacidad (olvido a lo largo del tiempo), distracción (olvido por falta de atención), bloqueo (tener un recuerdo “en la punta de la lengua”), falsa atribución (recordar algo nunca ocurrió), sugestionabilidad (distorsión de los recuerdos por aportaciones de otras personas, desde la familia a los medios de comunicación), tendenciosidad (influencia de nuestras creencias y tendencias en los recuerdos) y persistencia (recuerdo duradero de  sucesos que se desea olvidar). Dada esta propensión del cerebro humano al recuerdo erróneo, Gazzaniga plantea en su obra El cerebro ético, entre otras consideraciones éticas, que el papel de los testigos en los juicios debiera ser revisado a la luz de la neurociencia. Quizá haya que empezar a considerar, en el marco general de la bioética, la necesidad de una mnemoética.

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