Archive | abril, 2006

Elixires de juventud

Sobre las recetas médicas para un envejecimiento saludable

Con 67 años, Sigmund Freud (1856-1939) se sometió a una vasectomía. Su intención era aprovechar las supuestas propiedades rejuvenecedoras de este método anticonceptivo para retrasar la recurrencia del cáncer de mandíbula que padecía. Esta absurda fuente de juventud fue utilizada por mucha gente en la década de 1920, entre ellos un centenar de profesores de la Universidad de Viena, convencidos de que la pérdida de esperma provocaba debilidad y envejecimiento. La medicina actual nada tiene que ver con la de hace ocho décadas, y por suerte se han dejado atrás muchas creencias sin fundamento. Sin embargo, se siguen buscando fórmulas para combatir el envejecimiento, no dejan de aparecer recetas más o menos milagrosas para mantenerse joven y la cirugía estética vive momentos de esplendor. Aunque la medicina repite que no existe ningún elixir de la eterna juventud, de cuando en cuando hace acopio de conocimientos y ofrece un recetario de consejos para añadir años a la vida y promover un envejecimiento saludable. Continue Reading →

Analgesia musical

Sobre la falta de pruebas científicas en musicoterapia

La música tiene tan buena prensa –incluso médica– que resulta un poco sospechosa. Difícilmente se le encuentra un pero como adyuvante terapéutico, aunque lo cierto es que hay una clamorosa falta de pruebas científicas que lo avalen. Empieza a haberlas a favor de su empleo en alguna enfermedad concreta, como por ejemplo la esquizofrenia (para potenciar la atención, lo que  mejora el estado general y mental de estos pacientes). Pero, ¿cuál es la evidencia sobre una de sus aplicaciones más cacareadas y atractivas: la analgesia musical?

Una revisión que acaba de publicar The Cochrane Library, la revista de la Cochrane Collaboration, ha analizado un total de 51 ensayos sobre este tema y no ha podido extraer ninguna conclusión firme –por falta de estudios de calidad– sobre si la música alivia o no el dolor asociado a las pruebas diagnósticas, a la dilatación y el parto, y al cáncer, entre otros padecimientos estudiados. En cambio, sí ha concluido que la música puede ser un buen complemento analgésico tras una intervención quirúrgica. La revisión, dirigida por María Soledad Cepeda, anestesista del Tufts-New England Medical Center y profesora de la Universidad Javeriana de Bogotá (Colombia), indica que la música reduce la necesidad de tomar opiáceos tras una operación, y que su efecto analgésico es comparable al de 325 miligramos de paracetamol. Sin embargo, las ventajas analgésicas de la música son muy pequeñas como para disminuir los efectos secundarios de los fármacos, según Cepeda. La revisión, que abarca 14 estudios con 489 pacientes que escucharon música, muestra que la reducción del dolor postoperatorio llega a ser de casi un punto en una escala de 0 a 10 entre quienes escucharon música y quienes no lo hicieron; si la música era seleccionada o no por el propio paciente resultaba indiferente. En cuanto al alivio del dolor, el análisis de los datos de los 4 de los 14 estudios que preguntaron a los pacientes sobre este aspecto revela que era necesario tratar a cinco pacientes con musicoterapia para encontrar una reducción del dolor.

Al margen de estas pruebas que se van aportando con cuentagotas a favor de la analgesia musical, todo lo que pueda decir la literatura médica –por no hablar de la pseudocientífica– sobre los mecanismos por los que la música alivia el dolor no es más que pura especulación, pues apenas se sabe algo. Y esto ocurre con la mayoría de las llamadas terapias complementarias. Las ideas circulantes sobre su eficacia y mecanismo de acción suelen tener poca base científica porque en la mayoría de los casos faltan datos. Sin embargo, como estas medicinas son cada vez más utilizadas, la necesidad de que se sometan al método del ensayo clínico empieza a ser apremiante. Hay quien ha sugerido que estas terapias podrían gravarse con un pequeño impuesto para financiar los necesarios ensayos clínicos. Y no es una mala idea, porque urge tener datos fiables para poner cada cosa en su sitio. Incluso la música.

Enfermedades infladas

Sobre el creciente interés médico por el disease mongering

El pasado 1 de abril el British Medical Journal (BMJ) publicaba una noticia sobre la descripción de una nueva enfermedad: el trastorno por déficit de motivación (motivational deficiency disorder o MoDeD). Lo característico de este trastorno, identificado por científicos australianos, es una apatía irresistible y debilitante que, en casos extremos, puede ser fatal, pues la enfermedad llega a reducir la motivación de respirar. Según los investigadores, esta pereza patológica afectaría a una de cada cinco personas, y su diagnóstico hay que realizarlo mediante el uso combinado de la tomografía por emisión de positrones y una escala de motivación previamente validada en atletas de elite.

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Crisis de cuidadores

Sobre la carencia de médicos y la devaluación de la profesión

Las niñas quieren ser sobre todo maestras y veterinarias, pero al menos a un pequeño porcentaje les gustaría ser médicas; en cambio, los niños no se ven a sí mismos como médicos, sino como futbolistas, pilotos de Fórmula 1 y otras figuras de relevancia mediática. En general, los hijos de médicos ya no aspiran a la profesión de sus padres, y éstos tampoco se la aconsejan a sus hijos. Hay una paulatina deserción de las profesiones sanitarias que tiene que ver con el creciente descontento profesional, la falta de reconocimiento social y de realización personal, la insuficiente remuneración, el cansancio emocional, los problemas de formación, la entrada de médicos menos preparados de otros países, la medicalización creciente de la vida cotidiana, las presiones de los enfermos, la globalización de la salud y su creciente consideración como un producto de consumo más y otros muchos y diversos factores que han hecho cotizar a la baja la figura del profesional de la salud. En sólo unas décadas la medicina ha perdido su tradicional prestigio, y se encamina hacia una situación deficitaria de profesionales. Con el envejecimiento de la población, la inmigración y la creciente demanda de prestaciones, y mientras todavía se siguen haciendo contratos por unas horas para cubrir una guardia, ya se empieza notar una cierta carestía de médicos, sobre todo de los bien formados, y una inquietud por el futuro de las profesión.

Con distintos grados y matices, este fenómeno afecta a todas las sociedades desarrolladas. Y esta escasez de médicos y sanitarios es un problema todavía más acuciante a nivel mundial. Como refleja The World Health Report de 2006 de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el déficit de recursos humanos en todo el mundo es uno de los grandes problemas de salud a escala global. La OMS estima que hacen falta de forma urgente más de cuatro millones de profesionales sanitarios en 57 países, 36 de ellos subsaharianos, para atender necesidades de salud básicas. Los datos de la OMS indican que estamos ante una enorme crisis de recursos humanos y justifican la elección de este tema para dar contenido a su día mundial de la salud, que se celebra el 7 de abril de cada año desde 1950. Aunque nada tienen que ver los problemas de salud de los países ricos con los de los pobres, unos y otros se enfrentan a una crisis de recursos humanos. En todas partes, la medicina se perfila hoy como una profesión difícil y sacrificada, pero a la vez sigue siendo una profesión fascinante. Quizá ahora más que nunca. A pesar de todos los pesares, no se ha deshumanizado gravemente ni siquiera en las sociedades más tecnológicas y complejas. Y además, como reflejan las revistas médicas, tiene ahora mayor vigor intelectual que nunca. Lo que se echa en falta es un mayor apoyo político y social a los médicos y otros profesionales que se dedican al cuidado de la salud. Eso sería lo inteligente, porque como dice el médico Armand Grau “una sociedad inteligente cuida a sus cuidadores”.