Definiciones

Sobre el concepto de salud como problema sanitario

La salud, como la belleza y otros bienes idealizados, es un concepto complicado de definir. Pero no porque no sepamos qué es, sino porque admite muy diversas perspectivas y tiene múltiples caras. La triple dimensión física, psicológica y social que considera la OMS en su clásica definición de hace medio siglo resulta excesiva para algunos e insuficiente para otros, que incluirían además de forma explícita otras dimensiones como la ambiental, la económica, la cultural, la espiritual o la estética. La salud no llega a ser ese estado utópico de completo bienestar físico, mental y social, que asociamos con la idea de felicidad, ni tampoco es probablemente la simple ausencia de enfermedad. Pero no se trata de quedarse en un punto medio, sino de manejar una definición operativa y consecuente con las posibilidades de la medicina y el sistema sanitario. Así como ajustar la definición de belleza a una talla 36 tiene sus consecuencias, poner en circulación una definición de salud más o menos ajustada comporta profundas implicaciones para todos los agentes, dispensadores y consumidores que forman la industria global de la salud.

Las nociones de salud que pueden manejar un gerente de hospital, un ejecutivo de una farmacéutica o un médico del tercer mundo, probablemente no son coincidentes; pero tampoco nuestro propio concepto de salud es algo estático, sino que varía con los años. ¿O es acaso igual la idea de salud que tenemos a los 20 años y a los 40 o 50? La frontera entre la salud de la enfermedad es de por sí borrosa, pero además varía de una persona a otra, del mismo modo que varía el umbral individual para el dolor. Depende no sólo del nivel funcional objetivo, sino también de múltiples condicionantes ambientales y culturales. Entre el completo bienestar y el estado funcional para llevar una vida aceptable hay muchos grados, y todos ellos podrían asimilarse a una idea válida de salud. Definirla como “la capacidad de llevar a cabo el proyecto de vida que uno se marca”, según la afortunada expresión del historiador de la medicina Diego Gracia, tiene la ventaja de que trasciende las limitaciones biológicas. Esta definición se adapta a la evolución biográfica del individuo y recuerda a la idea de salud como adaptación ­–al envejecimiento, a las enfermedades, etc.– que propugnaba Ivan Illich. El proyecto de vida evoluciona con la edad, pero uno siempre podrá considerarse sano mientras tenga la capacidad funcional para llevarlo a cabo. En cambio, la definición de la OMS admite que uno pueda considerarse enfermo ante cualquier problema o malestar.

Las palabras y sus definiciones son ya una herramienta para la acción, y por eso nunca son inocentes. Asimilar la salud con la felicidad no sólo da a los médicos unas atribuciones excesivas y desconcertantes, sino que empuja a los ciudadanos hacia una demanda de servicios médicos prácticamente ilimitada. Y, como los recursos son siempre limitados, el atender la felicidad de unos bien pudiera estar obligando a desatender el derecho a la salud de otros.

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