Archive | julio, 2005

Amistades

Sobre la influencia de las relaciones sociales en la salud

Ciertamente, no hacía ninguna falta que la epidemiología viniera a destacar el valor de la amistad. Es sabido desde antiguo que quien encuentra un amigo encuentra un tesoro y que la amistad es una de las grandes –y además gratuita– dichas de la vida. Pero puestos a considerar las condiciones de la salud en toda su amplitud, algunas investigaciones de epidemiología social de los últimos 25 años han conseguido mostrar que las amistades, y en general las relaciones sociales, tienen un efecto beneficioso sobre la salud y la supervivencia. El capital social de una persona, como se ha dado en denominar a la suma total de sus relaciones sociales, con las normas y valores que sostienen estas relaciones, parece ser una buena inversión en salud.

Sobre esta idea vaga de la salubridad de la amistad, coherente con la tradición y el sentido común, un reciente estudio australiano ha venido a precisar que las relaciones sociales tienen un efecto positivo sobre la supervivencia de las personas mayores de 70 años. Este estudio de cohorte, publicado en el número de junio del Journal of Epidemiology and Community Health, muestra además que la relación estrecha con los hijos y familiares tiene un impacto mínimo sobre la supervivencia, mientras que lo que sí mejora significativamente las posibilidades de sobrevivir en los siguientes 10 años es el tener una buena red social de amigos y personas de confianza (incluida la pareja). Las conclusiones de este trabajo, basadas en los datos ofrecidos durante una década por casi 1.500 australianos acerca de sus contactos personales y telefónicos con sus amigos, familiares y demás personas de confianza, llevan a especular que el efecto positivo de la amistad sobre la salud podría deberse a que las amistades pueden influir en la adquisición de buenos hábitos y conductas de salud a la vez que favorecen el buen humor, la autoestima y los mecanismos mentales de defensa frente a las dificultades. Pero lo cierto es que se desconoce si existe una relación causal, qué es exactamente lo que mejora la supervivencia y, más aun, cuál podría ser la base biológica de este efecto. Además, para respaldar de forma concluyente cualquier efecto saludable de la amistad habría que hacer ensayos clínicos.

Mientras se diseñan y ponen en marcha los necesarios ensayos para evaluar el verdadero potencial de salud de las intervenciones que favorezcan los vínculos interpersonales, con los estudios disponibles hay que convenir que cualquier estrategia -educativa, urbanística o de cualquier otro tipo- encaminada a fomentar las relaciones sociales es una buena política de salud. Como la epidemiología social se está encargando de demostrar poco a poco a través de muy diversos estudios, el bienestar social de las personas parece ser un factor insoslayable de la salud. Al final va a resultar que la OMS, con su grandilocuente y cuestionada definición de salud como estado de completo bienestar físico, mental y social, va a tener una buena parte de razón.

Feminización

Sobre la creciente presencia de las mujeres en la medicina

La primera mujer médica fue un hombre. La historia de James Barry (1795-1865) es la de una británica que se disfrazó de hombre para poder estudiar medicina en la universidad, convertirse en médico militar y ejercer la profesión en lugares tan distantes como Ciudad del Cabo, Malta, India, Jamaica, Chipre y Canadá. Su verdadera identidad sólo se descubrió con su muerte, mientras la embalsamaban en Londres para el entierro. Inevitablemente saltó el escándalo en una sociedad que no admitía mujeres en la universidad, pero también el asombro por un caso que llenó páginas de periódicos y ha llegado al cine (Barry, 2004, de Marleen Gorris). En España, la primera universitaria, la escritora y activista Concepción Arenal (1820-1893), también tuvo que asistir a la Universidad disfrazada de hombre. Pero desde entonces las cosas han dado un vuelco. La American Medical Women’s Association (AMWA) ya celebra este año su 90 aniversario. Y la presencia de las mujeres en las facultades de medicina no sólo se ha normalizado, sino que desde hace dos o tres décadas asistimos a una creciente e imparable feminización de la profesión. Todo nos induce a pensar que la medicina empieza a ser cosa de mujeres.

Los datos son rotundos. En EE UU el porcentaje de médicas en ejercicio ha pasado en 30 años del 13% al 46%. En España, un 38% de los 179.033 médicos colegiados en 2000 eran mujeres, pero entre los nuevos colegiados el 75% son médicas. Las dos terceras partes de los alumnos que ingresan en medicina son mujeres, y en los exámenes MIR hay una proporción similar, según datos de un reciente artículo de Pilar Arrizabalaga y Carme Valls-Llobet en Medicina Clínica. Su título, Mujeres médicas: de la incorporación a la discriminación, muestra la otra cara del fenómeno: la escasa presencia de mujeres en cargos de poder. Que entre los 42 catedráticos de Ginecología y los 30 de Pediatría no haya ni una mujer, y que del total de 374 catedráticos sólo 15 sean mujeres, es sin duda una discriminación, aunque probablemente estos reductos de poder masculino irán cayendo. Pero la cuestión de fondo es otra, y tiene que ver con la pérdida de poder, renta y prestigio de los médicos. La creciente presencia de las mujeres en medicina, como ocurre en otras profesiones, parece ir asociada a una pérdida de estatus.

La feminización de la medicina es sólo una cara de la feminización profesional y universitaria general. En un reportaje sobre el futbolista Carles Puyol, la periodista Àngels Piñol escribía (El País, 30-12-2002) acerca de los jóvenes de su pueblo, La Pobla de Segur (Lérida): “Dicen que su pueblo se ha deprimido desde que se fueron las eléctricas, las serradoras y las cementeras. Que no hay muchas salidas para los jóvenes: que las chicas se van a estudiar a la universidad y que para ellos apenas queda nada”. Todo esto da que pensar: ¿Por qué los jóvenes no ven la universidad como una salida? ¿Por qué ya no les interesa la medicina? ¿Cómo será la medicina de rostro femenino?

Duelos y quebrantos

Sobre la biomedicina de la depresión y otras penas

El concepto de salud como bienestar integral de la persona no acaba de cuadrar del todo con la presencia abrumadora de ciertas emociones. Sabido es que el miedo, la agresividad o el deseo sexual, entre otros estados emocionales, se cuentan entre las propiedades más antiguas del cerebro humano, desarrolladas en una larga travesía filogenética. Desde un punto de vista evolutivo, las emociones parecen desempeñar una función biológica esencial en la supervivencia del individuo y de la especie. En los hombres, y quizá en otros animales evolucionados, las emociones (corporales) se acompañan además de sentimientos (mentales) que irrumpen en la conciencia, ese refinado teatro de operaciones donde se anticipa la acción. No es nada fácil describir todo este complejo universo emocional, aunque en nuestra cultura judeocristiana se han caracterizado muy bien algunos de estos estados emocionales, los llamados “pecados capitales” (ira, orgullo, pereza, lujuria,  avaricia, pereza y gula) y las “virtudes cardinales” (prudencia, justicia, fortaleza y templanza). Con todo, al diseccionar los diversos sentimientos y emociones que experimentamos, desde el miedo hasta el amor o la envidia, siempre aparecen en distintas proporciones dos ingredientes esenciales: el dolor y el placer. Así pues, podríamos clasificar el conjunto de los estados emocionales en torno a dos polos, el positivo (placer) y el negativo (dolor o sufrimiento). Como quiera que la medicina se ha caracterizado por su lucha contra el dolor y el sufrimiento, en cierto modo siempre ha tenido en su punto de mira todas estas emociones negativas que causan displacer. En los últimos tiempos, el enfoque se ha agudizado hasta tal punto que se empieza a considerar la salud como un estado en el que no existe el dolor y el sufrimiento. Continue Reading →

Epigenética

Sobre el puente biológico entre el ambiente y los genes

La razón por la que dos gemelos idénticos no son tan idénticos empieza a entenderse. Las diferencias observadas en la apariencia y susceptibilidad a las enfermedades (incluso genéticas) en los gemelos homocigóticos se atribuían vagamente al ambiente, pero ahora se sabe que la clave está en la epigenética, esto es, en las pequeñas modificaciones químicas que experimentan el ADN y sus proteínas asociadas y que modifican la expresión de los genes. ¿Por qué si dos hermanas gemelas heredan la misma susceptibilidad a un cáncer de mama una lo padece a los 35 años y otra a los 70? ¿Por qué algunos gemelos llegan a tener una apariencia física tan distinta con los años? Al nacer, los gemelos tienen el mismo genoma (todos los genes y sus secuencias de bases idénticos) y el mismo epigenoma (idéntica información para la expresión de los genes en las diferentes células del cuerpo), pero conforme van envejeciendo conservan los mismos genes y se van diferenciando en su epigenoma. Continue Reading →

Lo que no sabemos

Sobre los grandes y pequeños interrogantes de la ciencia

El sábado 3 de julio de 1880 aparecía en Nueva York el primer número de la revista fundada por Thomas A. Edison, Science, al precio de 10 céntimos de dólar. Un único pliego de 12 páginas en blanco y negro, más una portada para encuadernar el primer volumen (de julio a diciembre) y una cubierta con 11 módulos de publicidad conformaban este primer número de un semanario (“A weekly record of scientific progress”, rezaba su subtítulo) que aspiraba a ocupar en Estados Unidos la posición que tenía Nature en Inglaterra, según escribía en su saludo a los lectores el director de la revista, John Michels. La presentación en internet de los dos primeros números de Science, con motivo del 125 aniversario de la publicación, permite calibrar cómo fueron los primeros pasos de una gran revista y cuánto han cambiado las cosas en este siglo y cuarto. El rigor intelectual, la confianza en el método científico y la necesidad de compartir los descubrimientos, como pilares básicos de la ciencia, permanecen intactos; lo que ha cambiado sustancialmente en estos 125 años es el nivel de conocimientos, lo que se sabe y lo que se ignora. Para ilustrarlo, en el número 5731 de Science, de 1 de julio de 2005, la revista incluye una sección especial con los 125 principales interrogantes que los científicos todavía no han contestado o que quizá no sean capaces de contestar.

La formulación de la ignorancia en forma de preguntas que se van actualizando y renovando es consustancial a la tarea científica. “Las preguntas son más importantes que las respuestas para configurar el futuro de la ciencia”, escribe Donald Kennedy, el actual director de Science. “La investigación trata de las respuestas, pero la ciencia trata de las preguntas, tales como qué es la conciencia, y cómo podríamos asegurar, por ejemplo, si un cuervo la tiene”. Esta es precisamente una de las grandes preguntas de la ciencia, que se aventura hacia la búsqueda de algún marcador biológico de la conciencia una vez superada la dicotomía cartesiana entre cuerpo y alma (El error de Descartes es el título de un libro del neurocientífico portugués Antonio Damasio, Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica 2005). El muestrario de grandes interrogantes se completa con otras 24 grandes cuestiones, como por ejemplo si estamos solos en el Universo, cuánto puede prolongarse la vida humana, por qué los hombres tenemos tan pocos genes, qué fuente de energía reemplazará al petróleo y cuándo, o si se logrará una vacuna contra el sida. Junto a estos 25 grandes interrogantes, elegidos por su trascendencia social o simplemente por ser fascinantes, Science añade un centenar de cuestiones a modo de muestrario de la actual ignorancia científica. Entre tanta pregunta sin respuesta, puede leerse entre líneas una de lo más intrigante: ¿Por qué nos hacemos preguntas? ¿Sólo los humanos se las hacen? Una cosa sí está clara, conforme progresa la ciencia, las preguntas son cada vez más difíciles y costosas de responder.