Archive | marzo, 2005

Cuestiones teloméricas

Sobre el estrés, el envejecimiento y los telómeros

Los telómeros parecen llamados a dar mucho juego científico y quizá médico en los próximos años. Algunos científicos, entre ellos la española María Blasco, del CNIO, creen que en estas porciones terminales de los cromosomas se esconden algunas de las claves del envejecimiento, del cáncer y de otras enfermedades. Uno de los últimos y más significativos hallazgos ha sido el comprobar que el estrés psicológico crónico  –relacionado en muchos estudios con las enfermedades cardiovasculares y con un debilitamiento del sistema inmune– acorta la longitud de los telómeros y disminuye la actividad de la telomerasa. Lo más interesante de este estudio, publicado el 30 de noviembre de 2004 en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), es que muestra un posible mecanismo por el cual el estrés acortaría la vida de las células y de todo el organismo.

Cada vez que una célula se divide, los telómeros se acortan (la enzima telomerasa amortigua este efecto al renovar una parte de los telómeros); y tras muchas divisiones celulares, el ADN telomérico disminuye tanto que la célula envejecida deja de dividirse. De este modo, los telómeros determinan el número de veces que puede dividirse la célula, así como su salud y su longevidad. Lo que se ha comprobado en el estudio de PNAS es que el estrés crónico y la percepción de llevar una vida estresada se asocia con una reducción de la longitud de los telómeros y la actividad de la telomerasa en algunas células inmunitarias (mononucleocitos). Tras estudiar un grupo de 39 mujeres estresadas (madres de un hijo con enfermedad crónica que exigía cuidados continuos) en relación con un grupo control, los investigadores constataron que cuantos más años duraban los cuidados, más cortos eran los telómeros y menor la actividad de la telomerasa. En el caso más extremo, los telómeros de las mujeres con un estrés percibido más alto experimentaban un envejecimiento adicional de unos 10 años. A pesar de estos “asombrosos” resultados, como los califican los autores, el estudio no deja de ser un paso preliminar. Hace falta ahora comprobar no sólo si estos resultados son reproducibles, sino investigar si el estrés acorta también otros tipos de células, como las cardiovasculares, e indagar cómo se produce la afectación molecular.

El equipo de Elissa Epel, la principal autora del artículo, ha iniciado un estudio a largo plazo en el que se medirá repetidamente la longitud de los telómeros de los participantes, y pretende hacer ensayos clínicos para ver si algunas estrategias antiestrés, como la meditación o el yoga, aumentan la actividad de la telomerasa y la longitud de los telómeros. Aunque las investigaciones van para largo, si la menor longitud molecular se acaba asociando con ciertas enfermedades, el acortamiento prematuro podría considerarse un factor de riesgo. Entonces habría que plantearse cómo prevenir o tratar este acortamiento y si vale la pena hacer mediciones masivas, entre otras cuestiones teloméricas.

Empatía clínica

Sobre la identificación emocional del médico con el enfermo

La capacidad de compartir emociones parece ser algo genuinamente humano y una de las bases de la cooperación social que nos ha permitido el desarrollo como especie. Al decir de los neurocientíficos, la empatía nos permite entender los sentimientos de otras personas no sólo porque nuestro cerebro puede adoptar su perspectiva, sino porque además tenemos la vivencia de dichos sentimientos. Por si no bastara con el cine como banco de pruebas, en experimentos con resonancia magnética funcional se ha podido comprobar que podemos revivir las alegrías, tristezas y desesperaciones de los demás con sólo verles la cara. En el acto médico, la empatía con el enfermo es un aspecto esencial, un ingrediente importante para el proceso de curación. Esto es algo bien sabido desde antiguo, pero ahora lo ha venido a subrayar el presidente del consejo directivo del American College of Physicians, Eric B. Larson, apuntando un método eficaz para que los médicos consigan mayor empatía con sus pacientes. Lo que este internista y director del Center for Health Studies de la University of Washington en Seattle (EE UU) sugiere a los médicos es que consideren la empatía como un trabajo emocional poco menos que obligatorio, y propone para ello un método basado en la interpretación teatral. Continue Reading →

Insulin connection

Sobre la propuesta de una diabetes tipo 3 y el Alzheimer

Hasta ahora se hablaba de la diabetes tipo 3 sólo en sentido figurado, para referirse al “proceso” que padecen quienes conviven con un enfermo diabético. Pero una reciente investigación avala la posibilidad de que realmente exista una alteración específicamente cerebral del metabolismo de la insulina. Así como hay una diabetes tipo 1 por un déficit en la producción de insulina en el páncreas, y un tipo 2 por una resistencia a la acción de esta hormona en el organismo, los autores del estudio proponen el término diabetes tipo 3 para caracterizar la alteración en la producción y/o en la acción de la insulina a nivel cerebral. La idea de que el cerebro produce insulina es sólo relativamente nueva, pues hay numerosos hallazgos previos que la sustentan, pero lo que sí es una aportación novedosa de este trabajo es la comprobación de que en la enfermedad de Alzheimer hay un déficit de producción de insulina y de receptores cerebrales para esta hormona. Aunque la conexión entre la falta de insulina cerebral y el Alzheimer ya se venía sospechando desde hacía tiempo, la investigación que se publica en el número de marzo de 2005 del Journal of Alzheimer’s Disease aporta las primeras pruebas consistentes.

El equipo de Suzanne de la Monte, neuropatóloga del Hospital Rhode Island y catedrática de patología de la Brown Medical School de EE UU, ha descubierto que el metabolismo de la isulina y sus factores de crecimiento asociados (el IGF-1 o factor de crecimiento similar a la insulina tipo 1 y el IGF-2 o factor de crecimiento similar a la insulina tipo 2) está alterado en la enfermedad de Alzheimer, y que el déficit de la hormona en el cerebro contribuye a la degeneración de las neuronas, un primer signo del Alzheimer. “Estas anormalidades no corresponden a la diabetes tipo 1 y 2, sino que reflejan un proceso de enfermedad distinto y más complejo que se origina en el sistema nervioso central”, se dice en el trabajo. Además, los investigadores descubrieron en estudios post mortem de tejido cerebral de pacientes con Alzheimer que los niveles de IGF-1 e IGF-2 estaban disminuidos en el hipocampo, una región del cerebro relacionada con la memoria; también descubrieron que la insulina y el IGF-1 disminuían significativamente en el córtex frontal, el hipocampo y el hipotálamo, zonas todas ellas afectadas por la progresión de esta demencia, mientras que en el cerebelo, que generalmente no sufre neurodegeneración, no observaron la misma reducción de IGF-1 e insulina. Todos estos hallazgos apuntalan la idea de que existe una conexión entre la insulina, u otra molécula relacionada, con el desarrollo de la enfermedad de Alzheimer, o al menos con alguna de sus variedades. Está por ver si los hallazgos observados son causa o efecto de la neurodegeneración y si triunfa el término diabetes tipo 3 para designar este mecanismo patogénico, pero dada la trascendencia de ambas patologías a buen seguro que pronto habrá nuevos datos sobre esta insulin connection.

Einsteniano

Sobre la inefable huella de Einstein y su obra científica

Freud y Kafka son algunos de los pocos grandes genios del siglo XX que se han hecho un hueco en el diccionario. Las palabras freudiano y kafkiano, reconocidas por la Real Academia Española, remiten no sólo a sus obras sino que nos sirven a todos para designar ciertas visiones de la personalidad y del mundo: el adjetivo freudiano nos abre la puerta del subconsciente del mismo modo que el término kafkiano nos describe una situación absurda y angustiosa. Si Picasso, otro de los mayores genios del siglo XX, también tiene su picassiana entrada en el diccionario, por no hablar de otras figuras menos relevantes, ¿por qué no tiene la suya Einstein, que sin duda alguna es uno de los nombres imprescindibles y más revolucionarios del siglo pasado?

El homenaje de nombrar einstenio (Es) al elemento radiactivo que ocupa el puesto 99 por su número atómico en la tabla periódica no deja de ser una referencia reservada para técnicos o exquisitos, pues la palabreja, como el elemento que designa, sólo tiene vida propia en el laboratorio. La relevancia de la obra de Einstein en la ciencia y la cultura hubiera merecido otra cosa. Hace ahora 100 años que este sabio diferente y singular publicó su teoría de la relatividad especial y otros tres artículos que transformaron para siempre la visión científica del mundo, pero su legado científico sigue siendo materia de especialistas y no ha calado lo suficiente en la cultura general. Quizá el significado común de la palabra relatividad actúa como un caparazón para conocer las aportaciones de un hombre inmortalizado en una fórmula incomprensible para la mayoría y convertido en icono de camiseta con la lengua fuera. Bien distinta ha sido la suerte de los conceptos médicos que surgieron por la misma época, como los de alergia, hormona o genética, que están perfectamente integrados en el habla común.

En enero de 1931, cuando ya tenía un Premio Nobel en el bolsillo –de los dos o tres que hubiera merecido– y gozaba de la fama y admiración general, Einstein acudió con Charles Chaplin a Hollywood, al estreno de la película “Luces de la ciudad”, y fueron recibidos en el lugar de la proyección con una estruendosa ovación. “La gente me aplaude a mí porque me entiende, a usted le aplauden porque no le entienden”, le dijo el cómico al científico. El propio Einstein reconocía que si un científico no era capaz de hacer comprensible su trabajo a un profano era porque no lo entendía ni él mismo. Tantos años después, las ideas y formulaciones que salieron de la mente de este creador, como la transmutación de la materia en energía y viceversa, la ruptura de la barrera entre la luz y la materia, la expansión del universo y otras aportaciones einstenianas, siguen siendo inexplicables e incomprensibles para la mayoría. Por encima de todo, somos seres de lenguaje, pero nos quedamos sin palabras para explicar las ideas einstenianas. Quizá esta inefabilidad del espacio-tiempo sea lo que designa la inexistente palabra einsteniano.