Archive | febrero, 2005

Psicobiología de la dieta

Sobre las paradojas de la obesidad y el adelgazamiento

Observemos por un momento el panorama de la obesidad en los países desarrollados. Cada vez hay más gordos (las estadísticas cantan) y cada vez hay más variedad de dietas de adelgazamiento (síntoma inequívoco de que ninguna funciona) y gente que las sigue (durante un tiempo limitado). Ahora, aventuremos una hipótesis: ¿Y si las dietas de adelgazamiento fueran un problema añadido y no la solución a la obesidad? Continue Reading →

Amigos y pacientes

Sobre el síndrome del recomendado y su prevención

¿Qué es lo que haría si fuera su madre? Esta pregunta la han escuchado todos los médicos cuando comunican a un paciente o sus familiares los pormenores de la enfermedad. La pregunta se antoja del todo pertinente para la toma de decisiones, sobre todo ahora que el paciente parece llamado a capitanear la nave de su propia salud; de hecho, muchos médicos, cuando algún familiar está enfermo, también se la plantean a los colegas que le atienden. Sin embargo, podría tratarse de una pregunta improcedente y equivocada.

Esto es lo que opina, por ejemplo, Kent Sepkowitz, responsable del control de infecciones del Memorial Sloan-Kettering Cancer Center. Este médico contaba hace unos meses en The New York Times cómo se había equivocado, en un asunto de su propia especialidad, al suspender el tratamiento antibiótico intravenoso de un amigo íntimo que estaba hospitalizado. Al analizar las causas del error, concluía que fue precisamente la amistad que le unía al paciente y el deseo de ahorrarle más sufrimiento. Hay muchas intervenciones médicas que son cruentas pero necesarias, y en este caso como en tantos otros el afecto sólo sirvió para alterar la correcta toma de decisiones. Hipócrates ya desaconsejaba a los médicos que no trataran a sus propios familiares. Pero la amistad y el cariño a los seres queridos se inmiscuyen muy a menudo en la práctica clínica. Las consecuencias de este tipo de acto médico, aunque no está bien estudiado y documentado en la literatura, no son del todo desconocidas para los clínicos. El fenómeno ha recibido el nombre de “síndrome del recomendado”, y con él se alude a una situación en la que se pretende ofrecer una atención médica especialmente esmerada y, paradójica e inesperadamente, aparecen todo tipo de contratiempos y complicaciones no habituales. Álvaro Sanz Rubiales y otros, en su artículo “El síndrome del recomendado”, publicado en Anales de Medicina Interna en 2002, apuntan algunos factores que favorecen su aparición: la solicitud de una atención especial por parte del los pacientes; el desorden en el uso de los recursos sanitarios; la mala calidad en el registro de datos, la fragmentación y el extravío de la historia clínica; la ausencia de líneas comunes de actuación y de liderazgo en los médicos; el exceso de pruebas diagnósticas y los consiguientes falsos positivos; la falta de estudios sencillos habituales, y el sobretratamiento.

El síndrome del recomendado parece ser el resultado de muchas buenas intenciones y una actuación poco acertada. Por diversas razones, la amistad  invita a saltarse la buena y saludable rutina, los contrastados protocolos que pueden incluir molestas intervenciones pero que han demostrado ser eficaces. “Tratar de suavizar el golpe en nombre de la amistad invita al desastre”, reflexiona Kent Sepkowitz. “Amistoso, sí; pero nunca un amigo”. Y por eso propone cambiar la pregunta que abre este artículo por otra, mucho más sabia y eficaz: ¿Qué es lo que haría si se tratara de un desconocido?

Tempus fugit

Sobre los errores en la predicción del tiempo disponible

Si el pronóstico del tiempo (climatológico) es un albur de isobaras imposible de anticipar con precisión más allá de unos cuantos días, en la predicción del tiempo personal disponible en un futuro siempre luce el sol. La experiencia nos muestra que a menudo somos proclives a aceptar sin mayores reparos encargos de trabajo, invitaciones a actos y otras actividades a largo plazo, pero cuando se aproxima la fecha del compromiso comprobamos con una mezcla de disgusto e incredulidad que el tiempo del que creíamos disponer no es tan largo o que, sencillamente, no existe. Este falso síndrome de la agenda saturada no es por supuesto exclusivo de los ejecutivos; posiblemente todo el mundo haya experimentado esta sensación de vivir un presente menguado, y hasta pudiera ser un signo de la época.  La errónea percepción de la disponibilidad futura de ese recurso llamado tiempo es incluso más acusada que con los recursos económicos, como sugiere un estudio publicado en el número de febrero de la revista Journal of Experimental Psychology: General, de la American Psychological Association. En una serie de siete experimentos para estudiar el fenómeno del aplazamiento y la percepción de recursos disponibles, los investigadores pudieron comprobar cómo la tendencia a posponer una actividad y realizar una inversión económica tenía que ver con la propia percepción de tiempo o dinero en el futuro. Los participantes en este estudio creían que dentro de un mes tendrían más tiempo y dinero que ahora, pero se equivocaban sobre todo con el tiempo, según explican Gal Zauberman y John Lynch, autores del trabajo.

Si hay algún común denominador del optimismo humano, ése bien podría ser la disponibilidad de tiempo. Cuando hoy nos faltan horas para hacer algo que deberíamos o desearíamos hacer, tendemos a creer que mañana, en un futuro más o menos lejano, no habrá problemas de tiempo y que dispondremos del necesario. Pero a menudo el día de mañana se parece bastante al día de hoy, y el tiempo que nos falta hoy probablemente también nos faltará mañana. ¿Por qué, entonces, pensamos que dentro de tres semanas o de dos meses tendremos tiempo para hacer algo a lo que hoy no nos comprometeríamos? ¿Por qué nos equivocamos una y otra vez en nuestras predicciones? ¿Por qué el “feedback” de la experiencia no parece funcionar? No hay respuestas claras, pero todos sabemos lo engañoso que es el tiempo, lo diferentes que pueden ser dos horas de sesenta minutos, lo que puede llegar a caber en unos segundos intensos y, en fin, cómo mengua la percepción de la duración de un año con los años. Los autores de este estudio especulan que los sucesos cotidianos, aun siendo parecidos, son siempre diferentes y varían con los días, y aunque al final todas las actividades diarias suman 24 horas, el tiempo se gasta de forma menos matemática que el dinero. El tiempo, ya lo sabemos, vuela, y si volvemos a actuar y equivocarnos pensando que mañana tendremos más tiempo que hoy, no será porque no nos hayan avisado.

Valentín y Valentina

Sobre la biología del amor y otras especulaciones

Febrero es el mes del corazón y la salud cardiovascular en EE UU, pero aprovechando que también cae en febrero el tan publicitado día de San Valentín y otras conjunciones astrales entre corazón, amor y publicidad algunas revistas e instituciones científicas se dedican a vendernos la ciencia del amor en atractivas píldoras especulativas. Veamos algunas de ellas.

El cardiólogo Melvyn Rubenfire, director de Cardiología Preventiva del University of Michigan Health System, anima desde su púlpito a vivir y fomentar las tradiciones del día de los enamorados con chocolate, vino y rosas por razones de salud cardiovascular. La Academia Americana de Pediatría también ha entrado al trapo lanzando un paquete de recomendaciones con 14 pistas o maneras de demostrar amor a tus hijos en el día de San Valentín (la primera invita, por ejemplo, a utilizar siempre palabras amables con los hijos y la última a decirles “te quiero” cualquiera que sea su edad). Pero hay que destacar, por su enjundia científica, oportunidad e interés para los lectores, la página que el Harvard Health Letter de febrero de 2005 dedica a la biología del amor. Como el fenómeno del enamoramiento se da en todas las culturas humanas, algunos biólogos creen que es algo programado por la evolución, pues la necesidad de estar juntos que tiene la pareja favorecería la reproducción y la crianza. En esta publicación divulgativa de la Universidad de Harvard se apuntan diversas hipótesis sobre las bases biológicas del enamoramiento, desde las oleadas de la molécula señalizadora feniletilamina hasta el amortiguamiento de los sistemas serotoninérgicos cerebrales. Y se destaca por su novedad la que proponen los investigadores italianos Donatella Marazzitti y Domenico Canale, que se inclinan por una explicación hormonal. Tras medir los niveles sanguíneos de ocho hormonas en 24 jóvenes enamorados, estos investigadores comprobaron que todos tenían los niveles de cortisol elevados, y que los de testosterona estaban disminuidos en ellos y aumentados en ellas, como si el amor apaciguara a los varones e hiciera más agresivas a las mujeres. También pudieron confirmar que esta prueba hormonal del amor no resistía el paso del tiempo, pues al cabo de 12-28 meses las hormonas de los jóvenes, aunque siguieran emparejados, se habían normalizado.

En estas pesquisas científicas sobre la naturaleza del amor se ha descubierto que hasta las semejanzas más triviales entre los enamorados podrían haber jugado algún papel. Algunos psicólogos han encontrado que ciertas coincidencias sin sentido, como pueden ser las iniciales de los nombres, la similitud de los apellidos, los días de nacimiento, etcétera, favorecen los emparejamientos. Y especulan que los Valentines se unen a las Valentinas por una cuestión de puro egotismo: todo lo que nos recuerda a nosotros mismos nos resulta más atractivo. No es gran cosa, pero los emparejamientos, como las especulaciones, tampoco necesitan mucho más para arrancar.