Archive | junio, 2003

Infantilismo e infanticidio

Sobre la mortalidad infantil como desafío ético y político

“Cada año más de 10 millones de niños mueren antes de cumplir los cinco años”. Este es uno de tantos titulares dramáticos que reflejan las injusticias del mundo y las enormes desigualdades entre unos países y otros, pero también la inoperancia para poner remedio a un desastre que podría ser solucionado. Porque está claro, por un lado, que casi todos estos niños mueren en el mundo subdesarrollado como consecuencia de un círculo vicioso de pobreza; y, por otro, que ya está suficientemente estudiado cómo combatir el problema y existen soluciones baratas para evitar muchas de estas muertes. Cualquier referencia comparativa a los costos de las intervenciones sanitarias para paliar la mortalidad infantil es sangrante. Así, por ejemplo, los 2.500 millones de dólares necesarios para la prevención de la malaria, los 4.000 millones para tratar otras enfermedades infantiles y los 1.000 millones para vacunas no suman en conjunto ni la mitad de los 17.000 millones de dólares que los ciudadanos de Europa y Norte América se gastan cada año sólo en dar de comer a sus animales de compañía.

Lo que falta es llevar todo el conocimiento disponible a la práctica, como reconoce y pretende impulsar la revista The Lancet con una serie de cinco artículos sobre lo que su director, Richard Horton, califica como “el más acuciante problema moral, político y de salud pública de nuestro tiempo”. En el último número de junio y los cuatro de julio se van a revisar dónde y por qué  causas mueren 10 millones de niños cada año, cuántas muertes podrían evitarse con las intervenciones disponibles, cómo pueden asumirlas los sistemas sanitarios públicos, cómo asegurarse de que son los más necesitados quieren recibirían estas intervenciones y, finalmente, cómo empezar a actuar. En sólo seis países mueren cinco millones de niños cada año y en los 42 países más pobres de la Tierra, nueve millones. Dos tercios de todas estas muertes, es decir, seis millones, podrían evitarse con medidas de bajo coste, como el uso de insecticidas, la lactancia materna, las terapias de rehidratación o la vacuna contra el sarampión. De todos los objetivos fijados por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en sus objetivos para el milenio (Millenium Development Goal), el de reducir en dos tercios la mortalidad de los menores de cinco años para el 2015 es el más fácilmente realizable, según Jennifer Bryce, del Department of Child and Adolescent Health and Development de la OMS y coordinadora de esta serie en The Lancet. La creación de una autoridad global para salvar a los niños, el desarrollo de los sistemas sanitarios, la inversión de recursos y la concienciación pública son algunas de las acciones urgentes que hay que emprender. La gran paradoja del mundo desarrollado, que debería acabar con este infanticidio, es que está cada vez más infantilizado y es más sensiblero con la infancia, pero en la práctica ha demostrado ser de lo más insensible e inoperante ante el dolor de los niños concretos de carne y hueso.

Neuroentelequias

Sobre el abordaje técnico y científico del cerebro

La pasión por la tecnología en los laboratorios de investigación no es muy distinta a la que suscita en la calle la electrónica de consumo. La moderna cacharrería al servicio de la ciencia no sólo no tiene nada que envidiar a los espectaculares juegos de las videoconsolas, sino también la ilusión de realidad es mayor entre los científicos, empecinados como están en el abordaje del hombre y del cosmos con sus cada vez más espectaculares y fantásticos artilugios. En el ámbito del cerebro, considerado por casi todos los científicos como la última y más apasionante frontera del conocimiento, las modernas técnicas de imaginería funcional cerebral son una fuente inagotable de nuevas investigaciones. La posibilidad que brindan de “observar” la caja negra del cerebro humano mientras piensa, habla, siente o realiza  cualquier sencilla o compleja actividad está permitiendo investigaciones hace poco impensables. Con sus nuevos juguetes, como la fMRI (resonancia magnética funcional), la SPECT (tomografía computada por emisión de fotón único), la TPE (tomografía por emisión de positrones), la MEG (magnetoencefalografía), MRS (espectroscopía por resonancia magnética) y otras técnicas de neuroimaginería funcional, los investigadores acarician la posibilidad de desentrañar las bases biológicas de la razón y la emoción, y hasta de la conducta y la voluntad.

Lo que muestran todas estas imágenes funcionales es ciertamente deslumbrante, porque nos permiten adentrarnos en el cerebro en acción de un hombre concreto. Con las técnicas de neuroimagen se están realizando trabajos de lo más variado, por ejemplo uno que sugiere que la timidez es un rasgo del temperamento estable en el tiempo (Science, 20 de junio de 2002: Inhibited and Uninhibited Infants “Grown Up”: Adult Amygdalar Response to Novelty) y otro que alumbra un área de estudio tan singular como la llamada neuroeconomía o estudio de las bases neurológicas de las decisiones económicas (Science, 20 de junio de 2002: The Neural Basis of Economic Decision-Making in the Ultimatum Game). Entre las imágenes funcionales y las conclusiones de estos y similares trabajos media un abismo de incertidumbre, y produce escalofríos sólo de imaginar la enorme cantidad de factores que pueden influir en los resultados o lo que puede estar pasando por la cabeza de las personas mientras son estudiadas. El trágico cascarrabias de Arthur Schopenhauer ya advirtió en 1836, en su obra Sobre la voluntad en la naturaleza, contra la amenaza del ese “grosero y torpe materialismo, en que no es lo más escandaloso la bestialidad moral de los últimos resultados, sino la increíble ignorancia de los primeros principios, ya que se niega la fuerza vital y se rebaja la naturaleza orgánica a ser un juego casual de fuerzas químicas”. Para los neuroescépticos no todo se reduce a un juego de fuerzas químicas o físicas, pero bien podría ser que los modernos juguetes para estudiar el cerebro nos ayudaran a esclarecer esta entelequia.

Anuncios

Sobre la publicidad y la psicología de la persuasión

Los anuncios dan mucho juego de conversación. Cuanto más atrevidos, más impactantes, más misteriosos, más espectaculares, más ingeniosos y más imprevisibles, más dan que hablar. En un medio ruidoso y contaminado por mensajes de todo tipo, llamar la atención es sin duda el primer fin de la publicidad. Un ejemplo paradigmático son los anuncios de Benetton, que han mostrado, entre otras imágenes inusuales, un caballo negro copulando con una yegua blanca o tres corazones anatómicos (aparentemente humanos) con las palabras “white”, “black” y “yellow” superpuestas. Los publicitarios aspiran a remover las emociones porque éstas son el mejor pegamento para la memoria, aunque en el caso de las emociones negativas se corre el peligro de transferirlas a la valoración de la marca. Pero no basta con captar la atención; el objetivo final de la publicidad es obviamente vender: productos, servicios, imagen o cualquier otro bien de consumo. Para ello, los publicitarios utilizan un completo muestrario de técnicas y recursos persuasivos que oscilan entre la pura argumentación objetiva y la pura apelación emocional. Con todo, ninguno es infalible, pues el éxito de la publicidad no depende tanto del ingenio y la destreza de los creativos como del entorno social y de cómo el consumidor procesa la información antes de tomar una opción de compra. Muchos de los grandes fracasos publicitarios resultan inexplicables porque inexplicables son todavía los mecanismos psicológicos de la persuasión y la toma de decisiones. Continue Reading →

Cerdos y reptiles

Sobre las relaciones entre médicos y laboratorios

Los animales personificados en la ilustración de Malcolm Willet parecen los protagonistas de una fábula. Descripción de la escena: en el centro, cinco cerdos en una comida de negocios presidida por un reptil que firma un talonario de cheques; al fondo a la izquierda, un gorrino juega al golf mientras el reptil que lo acompaña saca la bandera del hoyo; a la derecha, otro puerco imparte una clase o una conferencia ante la mirada de un lagarto trajeado;  en lo alto vuela un avión de “Fiesta Air” pintado de color rosa y con morro de gorrino; en primer plano, un gato enfermo con un gotero al que nadie presta atención; varios cerdos llevan bata blanca. Fin de la descripción. Así es la portada del número especial del British Medical Journal (BMJ) del 31 de mayo de 2003, cuyo título asertivo más parece el de una declaración de hechos o intenciones que el de una fábula moral: “La hora de desenredar a los médicos de las compañías farmacéuticas”. Las mil y una variantes de este enredo de comidas y viajes, de reuniones patrocinadas (300.000 al año sólo en EE UU) y regalos de cortesía, afectan en mayor o menor medida al conjunto de la profesión médica. Como recuerda Ray Moynihan, coordinador de este especial, “la comida, los halagos y la amistad son tres poderosas herramientas de persuasión”, pero nunca hasta ahora se había manifestado de forma tan clara y rotunda, y en una revista de primer nivel, la necesidad de poner tierra de por medio entre las partes. “No más comidas gratis”, reza el editorial de un número que no pretende ir contra los laboratorios sino contra unas relaciones poco saludables que influyen en la investigación, condicionan la prescripción y acaban perjudicando a los pacientes.

Las revistas médicas son conscientes de que no pueden cambiar el mundo de la medicina y ni siquiera modificar la práctica médica, pero aspiran a influir en la opinión de sus lectores o al menos a poner sobre la mesa los temas de discusión. Y esto y no otra cosa es lo que pretende el BMJ con este especial, cuyo mensaje principal es que todos, los médicos y las compañías farmacéuticas, pero sobre todo los pacientes, saldrán beneficiados si se clarifican las distancias y relaciones entre médicos y laboratorios. Los datos y los comentarios que aporta el BMJ para la reflexión se antojan tan pertinentes y necesarios que todos los implicados, médicos y personal de la industria farmacéutica, deberían leerlo para conocer por ejemplo las cifras millonarias de la promoción, los diversos sesgos que conlleva la investigación patrocinada o cómo los visitadores médicos inducen un aumento innecesario de la prescripción. Algunas sociedades médicas y universidades de EE UU están tomando medidas para limitar la influencia de los laboratorios, a la vez que campañas como PharmFree o iniciativas como No Free Lunch parecen indicar que podría estar gestándose un cambio de tendencia. En cualquier caso, lo que sí hay que agradecer al BMJ es su honradez y oportunidad al plantear el debate.