Archive | mayo, 2003

Albaricoques de plata

Sobre el ginkgo biloba y otros vigorizantes cerebrales

Bastaría su musical y evocador nombre para asociar el ginkgo biloba con las maravillas más fantasiosas o las fantasías más maravillosas, que más o menos viene a ser lo mismo. Pero el gingko es de por sí un árbol prodigioso, en primer lugar por ser uno de los más antiguos que existen (hay fósiles de más de 250 millones de antigüedad, y Darwin lo consideraba un auténtico fósil viviente). Tiene una longevidad de más de 1.000 años, mide hasta 40 metros y es de lo más resistente. En las inmediaciones del lugar donde explotó la bomba atómica en Hiroshima había dos ejemplares que sobrevivieron a la explosión y ahí siguen. Originario de Corea, China y Japón, hay muestras en muchas ciudades de todo el mundo. En el jardín de Goethe había uno, y sus hojas en forma de abanico partido por la mitad (biloba: dos lóbulos) inspiraron un famoso poema titulado “Ginkgo biloba” que el escritor, científico, filósofo y botánico alemán escribió en 1815 a su amante Marianne von Villemer. En él se pregunta “¿Será este árbol extraño algún ser vivo / que un día en dos mitades se / dividiera? ¿O dos seres que tanto se comprendieron, / que fundirse en un solo ser decidieran?” / La clave de este enigma tan inquietante / Yo dentro de mí mismo creo haberla hallado: / ¿no adivinas tú mismo, por mis canciones, / que soy sencillo y doble como este árbol?”  La incierta etimología del nombre nos remite al chino y japonés “ginkio”, que significa “albaricoque de plata”, en referencia a la forma de pequeño albaricoque de su semilla y al color plateado de su fruto, y viene a añadir si cabe más literatura a la leyenda de este árbol.

Pero la popularidad actual de este árbol se debe sobre todo a las supuestas propiedades medicinales del extracto de sus hojas, utilizado en la medicina tradicional china y consolidado hoy como el remedio de herboristeria más popular para reforzar la memoria y otras funciones cognitivas. Por eso no es sorprendente que la revista Investigación y ciencia destaque en su portada del número de junio el artículo “La verdad sobre el ginkgo biloba”. Como suele ocurrir con tantas otras hierbas medicinales, hoy por hoy la escasa investigación realizada no permite asegurar nada. La verdad averiguada por los tres neurocientíficos que firman el artículo es que “no tenemos suficiente información como para decir de modo concluyente si el ginkgo mejora o no la cognición”, aunque “hay hallazgos positivos, quizá sólo los justos, para mantener nuestro interés en seguir investigando sobre el ginkgo”. Y eso es lo que está haciendo, sin ir más lejos, el National Center for Complementary and Alternative Medicine de EE UU, que actualñmente está reclutando pacientes para realizar la fase III de un ensayo clínico sobre la prevención de la demencia y la pérdida de memoria con extractos de ginkgo. Este ensayo probablemente aclarará algo las cosas, pero queda todavía mucho por hacer para conocer la eficacia real del ginkgo, lo mismo que la del gingseng y otros milenarios vigorizantes cerebrales.

Por nesciencia

Sobre la ignorancia en salud como factor de riesgo

Si hubiera que designar el enemigo número uno de la salud, ¿con cuál se quedarían? Tantas veces se ha aludido al tabaquismo o a los accidentes de tráfico o incluso a riesgos menos comprobados, como la hipercolesterolemia o el sedentarismo, que para elegir un riesgo entre los riesgos tendríamos que repasar una larga lista de candidatos, y así empezarían a desfilar ante nosotros muchos pequeños o grandes diablos, desde el estrés a la mala alimentación. Pronto caeríamos en la cuenta de que los genes son responsables de muchos de nuestros males, pero que las conductas de riesgo no son menos responsables. Para superar esta ambivalencia quizá podríamos reparar en algunos poderosos determinantes universales de la salud, como son la pobreza o el lugar del mundo donde se vive. Habrá quien piense en la edad avanzada o en el hecho de ser hombre o mujer, condiciones las tres sobradamente relacionadas con diferentes amenazas para la salud. Todos los riesgos mencionados y algunos otros tienen méritos sobrados para figurar en la lista negra de enemigos de la salud, pero más allá de la dotación genética, de si se es hombre o mujer, rico o pobre, aparece una condición de peso, quizá no decisivo, pero sin duda una de las más insidiosas: la ignorancia. Continue Reading →

Imaginario genético

Sobre el conocimiento público del genoma y sus metáforas

Pocos temas de biomedicina han tenido mayor eco mediático en los últimos años que el del genoma, su secuenciación y sus posibles aplicaciones terapéuticas. La ceremonia de presentación pública del borrador completo del genoma humano, en junio de 2000,  contó como oficiantes de lujo nada menos que con el presidente de Estados Unidos y el primer ministro del Reino Unido. Los continuos avances genéticos han sido difundidos hasta lo indecible en los medios de comunicación occidentales, que han desplegado todo tipo de habilidades y recursos divulgativos, con espectaculares infografías y un lenguaje no menos espectacular en el uso de metáforas.  Recientemente se acaba de dar un redoble de tambor publicitario con motivo del cincuentenario del descubrimiento de la estructura en doble hélice del ADN, y más recientemente, el 15 de mayo, un grupo de investigadores sociales ha presentado un estudio sobre la evolución de los conocimientos genéticos del público en la última década. La comparación de los resultados de dos encuestas realizadas en 1990 y 2000 por el grupo de Eleanor Singer, del Institute for Social Research de la Universidad de Michigan (EE UU), ha venido a concluir que los adultos, al menos los estadounidenses, no saben más de genética ahora que en 1990. De las cinco afirmaciones planteadas para responder verdadero o falso, en 1990 la media de respuestas correctas fue de 2,7, mientras que en 2000, sólo 1,9, un nivel de aciertos incluso inferior al que cabe esperar por el puro azar. Continue Reading →

Paredes y muros

Sobre las condiciones de la vivienda como factor de salud

La salud se pierde o se gana en buena medida en la propia casa. No en balde entre las cuatro paredes del hogar transcurren muchas de las 24 horas del día para la gran mayoría de la gente. Comer, dormir, estudiar, ver la televisión, descansar, discutir o lavarse los dientes son asuntos esencialmente domésticos, como también lo son el amor y la risa, la violencia doméstica y las neuras, y muchas otras cosas buenas y malas de la vida. El bienestar o malestar de la gente se cocina de puertas para adentro, y tiene mucho que ver con las condiciones del hogar. Como han comprobado los epidemiólogos, la precariedad de la vivienda se relaciona con problemas respiratorios, dolencias cardiovasculares, enfermedades infecciosas, trastornos mentales y un sinfín de problemas de salud. Son muchos los aspectos que han sido investigados en relación con la enfermedad, desde el ruido a la humedad, pasando por las instalaciones o el hacinamiento, pero casi siempre de forma aislada. La acumulación de varias condiciones negativas, sobre todo en las poblaciones más susceptibles, como son los ancianos o los más pobres, es sin duda una bomba de relojería para la salud de sus ocupantes. Como quiera que estos riesgos pueden medirse y compararse, resulta que las carencias de la vivienda representan un riesgo “de la misma magnitud que el tabaquismo y, como promedio, mayor que el derivado de un consumo excesivo de alcohol”, según un informe sobre “Vivienda y salud” elaborado por la British Medical Association (BMA) dado a conocer el pasado 7 de mayo. Sin entrar en los alambicados cálculos que pueden haber llevado a la BMA a hacer esta comparación, muy gordo debe ser el problema para equipararlo con un riesgo tan nocivo y comprobado como el tabaquismo.

Aunque el reconocimiento del impacto negativo de una vivienda en la salud se remonta al menos a los estudios de Edwin Chadwick, en 1846, en los últimos años la emergente epidemiología social está revelando que las relaciones de influencia van mucho más allá de la higiene y salubridad. Tienen que ver, por supuesto, con los gérmenes, pero también con el aislamiento y el estrés generado por las condiciones de vida. “Estamos preocupados por los niños que crecen en viviendas hacinadas” (más susceptibles de tener retrasos en el crecimiento, accidentes domésticos y otros problemas), dice el informe de la BMA, así como por “los viejos que viven por su cuenta en antiguas, húmedas y frías viviendas”, pero también “por la espiral de niveles de estrés que sufre la gente para hacer frente a las hipotecas”. Ocurre además que las peores viviendas suelen estar en barrios peor equipados, que se levantan como un muro para la promoción de la salud de sus habitantes. Sin duda se ha avanzado, especialmente en algunas ciudades, pero hoy como hace un siglo y medio la vivienda digna, tanto de puertas para adentro como para afuera, sigue siendo uno de los requisitos básicos para la salud y una asignatura pendiente para los gobiernos.

Vitaminas a gogó

Sobre los posibles riesgos de los excesos vitamínicos

En un cuento tan poblado de malos como es el de la salud, también es curioso que a las vitaminas siempre les toque el papel de buenas. Tanto da que sea un centro de investigación o un comedor particular: el prestigio de estas reinas de la dieta y la salud permanece inmaculado. Y lo mismo da la hipótesis científica que se baraje o la enfermedad sobre la que se converse: las vitaminas siempre son las buenas (para malos ya está el colesterol). En la literatura médica (175.000 referencias en MedLine) y en la general (más de cuatro millones en Google) las vitaminas gozan de una presencia tan continuada, notoria y pulcra que resulta casi osado dudar de su bondad.

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