Archive | noviembre, 2002

Sestear

Sobre la siesta como asunto de interés científico

Aunque para algunos celosos guardianes de la escrupulosidad científica las aireadas propiedades salutíferas de la siesta están todavía por demostrar, resulta evidente que el asunto ya no es ajeno a la ciencia. A todas luces, se observa un creciente interés investigador por sus bases biológicas y sus asociaciones epidemiológicas. Este interés debe inscribirse, seguramente, en la actual pujanza de los estudios del sueño y sus trastornos, pero también se podría relacionar, probablemente, con la intromisión de la biomedicina en todas las esferas del comportamiento humano, la sacralización del concepto de estilo de vida saludable, el auge de las terapias blandas, el “revival” de lo natural, la corriente “slow food” y quién sabe qué otros movimientos e intereses. El caso es que la ciencia ha venido a aligerar de culpas la inveterada y universal tendencia a dormir un rato después de comer (o antes: la siesta del carnero), sobre todo en las sociedades anglosajonas, donde a la siesta la llaman siesta además de “nap” como prueba fehaciente de que se trata de una costumbre exótica y, en cierta medida, de importación. No hace falta caer en el insensato hispanocentrismo de pensar que la siesta es un invento autóctono (el “yoga hispano”, que decía Cela) para defenderla, porque hay ya muchas investigaciones que se encargan de ello. Y eso que, probablemente tampoco es necesario ningún estudio científico para constatar lo saludable y refrescante que puede resultar una cabezada a mediodía.

Lo que la ciencia está empezando a descubrir sobre la siesta va mucho más lejos. Si, como ocurrió el verano pasado,  una revista de la solvencia de Nature Neuroscience le dedica a la siesta la portada del número de julio (precisamente con un médico sesteando) debe ser por algo de mayor calado. En esa ocasión se trataba de un trabajo, realizado por investigadores de la Universidad de Harvard, que venía a desvelar que un sueño de menos de una hora después de comer ayuda al cerebro a aprender mejor. El estudio, realizado con 129 estudiantes universitarios, constata que cuando se produce una sobrecarga de información a lo largo del día, la capacidad de aprendizaje se resiente. El “deterioro perceptivo” que merma el aprendizaje se produce, según el estudio, con independencia de la fatiga general acumulada durante el día, pero mejora claramente si se duerme un poco después de comer. Como durante una siesta corta no se llega a producir sueño REM, el estudio sugiere que otros tipos de sueño deben de estar implicados en el aprendizaje. Los autores sugieren que la sobrecarga de información satura los circuitos cerebrales implicados en su procesado y almacenamiento, y que durante la siesta se podrían liberar “limpiadores” bioquímicos que despejarían los circuitos sobrecargados de neurotransmisores. Esto, naturalmente, debe ser comprobado, reformulado y ampliado con nuevas investigaciones, pero tampoco sería de extrañar que alguna de ellas esté tomando cuerpo ahora en una siesta.

Gestualidad

Sobre los condicionantes biológicos y culturales del gesto

La idea de que la cara es el espejo del alma se ha instalado entre nosotros y, por ahora, no parece posible enmendarla. Lo cierto es que hay mucha literatura, literaria y científica, buena y no tan buena, acerca de la identidad de un rostro, las huellas del carácter y la expresión de las emociones en los gestos faciales. El asunto ha sido siempre de lo más interesante, y tanto el arte como la ciencia se han empleado a fondo para desentrañar las claves emocionales contenidas en los gestos y, especialmente, en la mirada y la expresión del rostro. Algunos retratos pictóricos, por esa condición misteriosa y subjetiva que tiene el arte, logran atrapar la verdad del personaje, incluso –y esto es lo más sorprendente con unas formas que no se ajustan a las formas reales. Pero identificar y describir las reglas que permiten leer un rostro y conocer su trasfondo emocional, eso ya es otro cantar. ¿Cómo estar seguro de interpretar bien una mirada o una sonrisa? ¿Es posible descifrar el lenguaje de las emociones? ¿Cuáles son sus máscaras y sus ficciones? Menudas preguntas. Continue Reading →

Psicocardiología

Sobre los factores psicológicos de riesgo cardiovascular

El reciente número extra de Jano sobre el amor nos ha venido a recordar, en pleno otoño y a una saludable distancia del empalagoso día de San Valentín, que “el amor favorece seriamente la salud”. Quizá sería mejor decir “alegremente”, sobre todo para poder contraponer esta evidencia con otra no menos evidente: “la agresividad perjudica seriamente al corazón”. La World Heart Federation (WHF), la organización no gubernamental que aglutina a 166 sociedades de cardiología de un centenar de países, en su comunicado del último 14 de febrero acerca del positivo efecto que tiene el amor sobre el corazón, ya había dejado entrever la otra cara de la moneda, a saber, que el estrés, la falta de tranquilidad, la ansiedad y otros condicionantes psicológicos son auténticos factores de riesgo cardiovascular. Ahora en el número de noviembre de la revista Health Psychology de la Asociación Americana de Psicología (APA) se publica un estudio que lleva las cosas hasta el extremo de concluir que la presencia de un elevado nivel de hostilidad permite predecir la enfermedad coronaria mejor que los factores de riesgo cardiaco tradicionales, como el tabaquismo o los niveles de colesterol en sangre elevados. En su trabajo “Hostility, the metabolic syndrome and incident coronary heart disease”, el equipo de Raymond Niaura indica que las personas mayores con un alto nivel de hostilidad son los que tienen un mayor riesgo de enfermedad coronaria, con independencia de su índice de masa corporal, tensión arterial, niveles de triglicéridos y de insulina en ayunas.   Continue Reading →

Salud globalizada

Sobre las visiones globales de la salud y sus amenazas

Mucho antes del cambio de siglo ya se veía venir que el programa “Salud para todos en el año 2000” de la OMS era una ficción médica con un hermoso título. Pasó el año 2000 y el contraste entre ricos y pobres en materia de salud es ya algo “escandaloso”, como lo califica la OMS en su reciente “Informe sobre la salud en el mundo 2002”. Basta recordar el ejemplo clamoroso y bien conocido del sida para ilustrar el abismo que se abre entre unos países y otros en la prevención y el tratamiento de la enfermedad. Cuando el horizonte del 2000 quedaba todavía muy lejos, el objetivo irrealizable de la OMS se antojaba un sueño ilusionante, pero ahora sólo queda la memoria de un bonito eslogan almacenado en el baúl de los recuerdos con otras muchas utopías que revolucionaron, para bien y para mal, el siglo más utópico de la historia. Ahora el eslogan universal, entronizado por unos y demonizado por otros, es el de la globalización, un concepto abierto a múltiples lecturas y tan difícil de definir como de esquivar. Globalizadores y antiglobalizadores se enfrentan sin saber muy bien si están hablando de lo mismo o si, como ocurre con los síndromes no bien conocidos, abarcan procesos y manifestaciones bien distintas. El escritor italiano Alessandro Baricco en su libro “Next. Sobre la globalización y el mundo que viene”, que acaba de publicar Anagrama, se pregunta, con inteligente ingenuidad, si la globalización es algo más que un eslogan, que el gran anuncio del dinero para moverse a sus anchas, producir en condiciones ventajosas y ampliar mercados. Nada, ni siquiera la salud, se resiste a ser considerado como una mercancía globalizada. Sin embargo, hay o puede haber, como apunta Baricco, una globalización “limpia” en la que primen los aspectos positivos que tiene la conciencia creciente de estar todos juntos en el mismo barco, mejor comunicados que nunca y cada vez más interdependientes.

Ciertamente, el mundo está cambiando mucho en pocos años. Pero la OMS, la vieja agencia mundial de la salud, también está ofreciendo un perfil actualizado y diferente. Una prueba de ello es su informe de 2002, que pone énfasis en las intervenciones costoeficaces que pueden hacerse en las distintas regiones del mundo para aumentar la esperanza de vida sana de la gente, hasta en más de 15 años en algunas zonas y en unos cinco años en los países desarrollados. La actual directora, Gro Harlem Brundtland, “ha transformado la OMS de una agencia de salud pública en la que las buenas ideas van a morir en una fuerza que esta introduciendo la salud, especialmente la de la gente más pobre del mundo, en la agenda política internacional”, según afirma The Lancet en el debate que ha abierto en internet ante las elecciones de 2003 para director de la OMS y a las que no se presenta la doctora Brundtland. Su informe de 2002 es un buen reflejo de lo mejor de la globalización, por más que su influencia real sea incierta y la salud sólo sea para muchos una mercancía globalizada.

Prevenir o curar

Sobre los propósitos y despropósitos de la prevención

La idea de que prevenir es siempre mejor que curar parece tan arraigada entre la gente común como entre los médicos. Pero a pesar del prestigio universal de la medicina preventiva, no han faltado en las últimas décadas voces críticas sobre sus excesos, sus desmanes, sus falsas promesas y sus contrasentidos, muy bien diseccionados, entre otros autores, por el médico y psicoanalista francés Norbert Bensaïd hace ya más de 20 años en su libro “La lumiére médicale. Les illusions de la prévention”. En el número de noviembre de The Lancet Oncology se cuestiona el actual gasto de miles de millones de euros en el desarrollo de fármacos que podrían detener la enfermedad cancerosa antes incluso de que aparezca. “¿Es esta la mejor forma de salvar vidas?”, plantea la revista británica. La quimioprevención es un concepto nuevo en oncología, surgido con la posibilidad de hacer diagnóstico genético de mutaciones relacionadas con el desarrollo de algunos cánceres.  Pero la idea de ofrecer tratamientos farmacológicos a los portadores de ciertas mutaciones que, con mayor o menor probabilidad, desarrollarán un determinado cáncer implica estar tratando a personas sanas. Esto comporta no pocas objeciones éticas para la realización de ensayos clínicos y un posible riesgo de complicaciones para las personas tratadas, sin la certeza absoluta de que aun corriendo todos estos riesgos se vaya a evitar con seguridad el cáncer que se trata de prevenir. Y es que, como se advierte en el artículo “¿Es realmente mejor prevenir que curar?”, aunque los beneficios de la quimioprevención pueden ser visibles en una escala de población, podrían no serlo tanto a nivel individual.

La falsa sensación de seguridad de la quimioprevención es otro de los aspectos a tener en cuenta antes de cantar sus excelencias y la entrada en una nueva era terapéutica. Porque si estos fármacos no funcionan, si algunas personas tratadas desarrollan el cáncer a pesar de la quimioprevención, la ilusión de inmunidad se desvanecería, y las compañías farmacéuticas podrían tener que hacer frente a indemnizaciones (el precedente de la tabaqueras permite vislumbrar cómo sería este escenario).  “¿No sería más lógico concentrarse en mejorar las técnicas de despistaje y de diagnóstico más que en perseguir el sueño de vencer a la enfermedad antes de que aparezca?”, se pregunta el articulista de The Lancet Oncology. En este y otros casos, las ilusiones de la prevención causarían probablemente una sobrecarga de los servicios sanitarios y un gasto exagerado e inaceptable. Tratar a personas sanas tiene muchos aspectos negativos, y una de sus consecuencias perniciosas es que los recursos empleados en esta sofisticada prevención no se emplearían en medidas curativas de probada eficacia en personas realmente enfermas. Para no poner contra las cuerdas a la propia medicina, habría que considerar al menos si algunos de los buenos propósitos de la prevención no son en realidad auténticos despropósitos.