Archive | septiembre, 2002

La fontana global

Sobre las fuentes informativas de médicos y pacientes

Entre lo inmensamente grande y lo inmensamente pequeño está la confortable escala humana, la proporción ajustada a la medida del hombre y su capacidad cerebral. Por eso, el gigantismo de la literatura médica empieza a ser claramente desproporcionado y hasta patológico. Antes de internet, la inaccesibilidad a estas fuentes de la sabiduría médica representaba una forma de inexistencia, pero ahora casi todo es visible, aunque no tengamos tiempo ni ganas de verlo. Sólo la editora electrónica HighWire Press, de la Universidad de Stanford (EE UU), tiene al día de hoy 472.938 artículos de revistas científicas de acceso libre y gratuito, principalmente de biomedicina, muchas más que el segundo depósito de información gratuita, el NASA Astrophysics Data System, con unos 300.000 artículos sobre el espacio. El problema de este gigantismo es que, a falta de herramientas adecuadas para separar el grano de la paja, no resulta práctico. Como han calculado los directores de la revista Evidence Based Medicine, sólo un 5-10% de todos los trabajos originales que se publican en las revistas generales de medicina cumple la doble condición de tener validez científica y un mensaje de interés para los clínicos. Los médicos, pues, están rodeados de basura científica y atrapados en una espiral de producción desbocada cuyos mecanismos de regulación parecen averiados. Esto es algo ya sabido, pero parece que las fuentes de producción no se enteran o hacen oídos sordos o no saben como parar la máquina.

Lo peor del asunto es que el problema de la superproducción de literatura médica está alcanzando también al público. Aunque los medios de comunicación sólo se hacen eco de una mínima parte de lo que vomitan las fuentes médicas, este caudal también empieza ya a ser incontrolado. Y no tanto porque la información sea excesiva, que no es el caso todavía, sino porque abunda la información basura. Para entendernos, podemos calificar como información basura a la que en vez de aclarar, confunde; a la que no contextualiza las contradicciones; a la que no pondera la autoridad y credibilidad de las fuentes; a la que no aporta las claves para valorar la noticia; a la que quizá dice la verdad, pero no toda la verdad, y en definitiva, a toda la información que no informa sino que desinforma. En medicina se ha producido un fenómeno reciente que no acaba de ser bien asimilado por médicos, informadores de salud y público, y es que todas las partes tienen potencialmente acceso a las mismas fuentes de información. Las fuentes no son ya secretas o patrimonio de los expertos, pero incluso las más fiables y prestigiosas están contaminadas por materiales sin validez ni mensaje. Por desgracia, buena parte de estos materiales que deberían ser descartados son procesados como producto informativo. Lo bueno de esta situación es que todos bebemos ya de la misma fontana universal. Lo malo es que a veces sin sed; otras veces, sin saber muy bien lo que bebemos.

Sexología

Sobre las encuestas y otros estudios de la sexualidad

Los antropólogos han hecho, ciertamente, una gran labor interpretativa, divulgativa, desintoxicadora, desmitificadora y hasta higienista sobre la sexualidad humana. Al registrar la sorprendente variedad de conductas sexuales en las distintas culturas, lo que hacían era constatar que el Homo sapiens es un primate especialmente sexy, imaginativo y polifacético, y advertir contra el error de considerar las expresiones de la sexualidad de la propia cultura como algo consustancial a la naturaleza humana, como observaba el antropólogo estadounidense Marvin Harris. “Ciertamente, es propio de la naturaleza humana poseer un apetito y una pulsión sexuales sumamente desarrollados, y es ciertamente propio de la naturaleza humana ser capaz de encontrar diversas formas de satisfacer estas necesidades y apetitos específicos de la especie. Pero no es consustancial a la naturaleza humana ser exclusivamente promiscuo ni poliándrico ni monógamo ni polígino”, escribía el padre del materialismo cultural, muerto hace menos de un año. ¿Pero quién lee hoy a los materialistas culturales para conocer la sexualidad humana?

Los estudios sobre el sexo se hacen hoy, mayormente, con encuestas. Así resulta que uno de los grandes investigadores es el fabricante de condones Durex, que con sus famosas y mediáticas encuestas anuales sobre hábitos sexuales nos viene ofreciendo datos sobre la frecuencia de las relaciones, los lugares preferidos, las ciudades sexuales más atractivas, lo que más atrae de la otra persona, el número de parejas sexuales y otros asuntos sexológicos. Además, como la firma es una multinacional que encuesta allí donde llegan sus condones, pues permite hacer comparaciones de lo más distraídas. No se puede decir que esto sea propiamente jugar con el sexo, pero ciertamente da mucho juego de titulares y datos. Incluso el mencionado Marvin Harris, cuando escribía que “la obsesión sexual del macho humano carece de parangón en otras especies”, a renglón seguido echaba mano de las estadísticas sexológicas para apuntalar la rotundidad de la frase indicando que los adolescentes norteamericanos afirman pensar en el sexo cada cinco minutos, como promedio, durante sus horas de vigilia, y que incluso a los 50 años los varones estadounidenses piensan en el sexo varias veces al día.

Es una pena que la “I Encuesta Schering sobre sexualidad y anticonceptivos en la juventud española” no haya abordado la frecuencia de pensamientos sexuales. Pero, en fin, nos revela que uno de cada cuatro jóvenes de 15 a 24 años mantiene conductas sexuales de riesgo, a pesar de que más del 80% ha recibido información sexual, principalmente a través de los medios de comunicación y los amigos. La encuesta da muchos más datos, pero abundar en ellos sería quizá empezar a hacer sexología. Y no se trata de eso. El pintor Ramón Gaya tituló un librito suyo “Naturalidad del arte (y artificialidad de la crítica)”. Aquí no hay más que sustituir arte por sexo y crítica por sexología.

Oncodieta

Sobre los factores dietéticos del cáncer y su prevención

Pocos dudan que la dieta es uno de los factores cruciales en el desarrollo del cáncer. Del cruzamiento y sobrecruzamiento de estudios de muy diversa intención y condición se ha obtenido un dato, un porcentaje difícilmente cuestionable y que da cuenta del peso de los factores dietéticos en la aparición del conjunto de los tumores malignos: el 30%. En los países no desarrollados la dieta tiene una importancia algo menor, pues se considera responsable de un 20% de todos los cánceres. De modo que, en teoría, la dieta sería la segunda causa prevenible del cáncer, sólo por detrás del tabaco. Ahora bien, ¿a qué conclusiones prácticas nos conduce toda la investigación acumulada en las últimas décadas sobre las posibles asociaciones entre la dieta y el cáncer? ¿Cómo y qué hay que comer para prevenirlo? Las respuestas que suelen dar los expertos son, a la postre, tan simples y generales, tan poco técnicas si se quiere, que se confunden con las que daría un lego con sentido común. Continue Reading →

Parejas

Sobre la salud del cónyuge como predictor de la propia

El nivel educativo de una persona se correlaciona con su nivel de salud, y lo mismo ocurre con su estatus económico. En un sentido general esto es algo comprobado por numerosos estudios y ampliamente asumido, y no sólo por las compañías de seguros médicos. Se supone que la salud tiene la doble virtualidad de ser un ente conceptual a la vez que un bien de consumo, es decir, algo que, más allá de lo que otorga la naturaleza, se puede aprender y comprar en alguna medida. Cuanto mayor es la formación de una persona y su poder adquisitivo, más probabilidades tiene de disfrutar una buena salud. Pues bien, ahora resulta, o eso nos quiere hacer creer algún estudio, que la salud objetiva del cónyuge es un predictor de similar fiabilidad y potencia que la educación y el dinero. Esto quiere decir que cuando una persona supera la edad media de la vida y tiene buena salud es más probable que su pareja también la tenga que si, en cambio, la salud de esa persona es precaria. Como quiera que las verdades -sobre todo las medias verdades- hay que apuntalarlas con datos, la reciente investigación de estos hechos y circunstancias, publicada en el número de septiembre de la revista Social Science and Medicine, nos muestra que si una persona de más de 50 años goza de una salud excelente tiene un 5% de posibilidades de que la salud de su cónyuge sea regular y sólo un 2% de que sea mala; en cambio, si la salud de esa persona es mala, dichas posibilidades se elevan a un 24% y 13%, respectivamente.

El mundo de la pareja es ciertamente inescrutable y sorprendente, pero lo que viene a atestiguar este estudio, más allá de la fiabilidad y certeza de estos datos, es algo tan conocido como difícil de medir y generalizar: la influencia del medio ambiente (doméstico) en la salud. ¿Cómo no iba a existir cierta correlación entre la salud de una pareja si por regla general comen lo mismo, respiran el mismo aire e incluso los mismos malos humos, conviven con los mismo alérgenos y gérmenes, beben lo mismo y están sometidos a similares tensiones con los hijos y demás familia? Pero es que, además, cumpliendo esa ley de que la atracción entre lo semejante (la contraria también es cierta, pero más infrecuente), ¿no es cierto que la gente tiende a emparejarse con personas de similares estudios, nivel económico y demás etiquetas sociales, por no hablar de una semejante psicopatología? Siendo esto así, el estudio en cuestión añade bien poco a lo ya sabido y lo mucho ignorado sobre el universo de la pareja. Cuando la enfermedad entra en casa, sobre todo cuando es grave o crónica, afecta no sólo al enfermo sino a todos los que le rodean. Al autor del estudio, Sven Wilson, profesor de ciencia política en la Brigham Young University de Estados Unidos, no le falta razón cuando afirma que algunas políticas de salud deberían enfocarse no sólo al individuo sino también a la pareja. Pero tampoco hay que caer en el absurdo de pensar que no hay enfermos sino parejas enfermas.