Archive | mayo, 2002

Dolencias per cápita

Sobre la credibilidad de los datos de morbimortalidad

Si alguien se toma la molestia de recapitular las cifras de afectados por las mil y una dolencias reales o imaginarias que afectan a la población, según proclaman los expertos y recogen los medios de comunicación, el empeño resulta enormemente revelador de cómo las cifras se pueden inflar y maquillar para mostrar el impacto social de todo tipo de enfermedades y condiciones.

Basta hacer una suma de urgencia de los afectados por los trastornos más mediáticos, esto es, los que saltan con mayor asiduidad y persistencia a los titulares de los medios de comunicación y las revistas profesionales, para constatar que el número empieza a resultar excesivo. Por centrarnos sólo en el caso español y utilizando datos publicados en JANO, al ir sumando los 3 millones de españoles con osteoporosis, los 3,6 millones de personas que padecen EPOC, los 4 millones que tienen varices, los 8 millones de pacientes con dermatitis atópica, los 2 millones de deprimidos, los 1.200.000 afectados de fibromialgia, los 7 que tienen estreñimiento, el medio millón de anoréxicos y bulímicos, los 800.000 con psoriasis, los 1.200.000 que tienen fobia social, los 6 millones de pacientes neurológicos, los 9 millones de reumáticos, los 6 millones que padecen eso que se ha dado en llamar colon irritable, los 10 millones con trastornos mentales, el millón y medio de personas con hipercolesterolemia familiar, el millón de pacientes con glaucoma, los 12 millones de insomnes, los 400.000 epilépticos, y cerrar la cuenta con unos 15 millones de alérgicos (en el año 2015 habrá 20 millones, nos dicen), pues resulta que tenemos ya, sólo con este puñado de dolencias mediáticas, más de 80 millones de enfermos en una población de 40 millones de habitantes. Sin contar los bebedores excesivos y los impotentes, los enfermos cardiovasculares, los de cáncer y tantos otros, resulta que con esta suma apresurada tocamos a dos enfermos o enfermedades per cápita.  Algunos cálculos más finos y detenidos han computado hasta 20 dolencias per cápita en un país como el Reino Unido, cuyas condiciones de vida no son tan diferentes a las de España. Así las cosas, tampoco sería de extrañar que con las estadísticas de mortalidad que saltan a los medios de comunicación ocurriera algo parecido. Pero vamos a dejar en paz a los muertos.

Bien mirado, quizá no sea descabellado considerar el número de enfermedades per cápita como un indicador del desarrollo sociosanitario de un país. Esta claro que la fobia social o la impotencia sólo empiezan a considerarse trastornos de salud a partir de cierto nivel de desarrollo. Como demostraba con datos Amartya Sen, premio Nóbel de economía en 1998, cuanto más gasta una sociedad en cuidados de salud, más proclives son sus ciudadanos a considerarse enfermos. Y por si alguien se considera todavía sano, que repare en esta última dolencia, el “síndrome de desinformación médica”, pues tal y como están las cosas igual afecta al 100% de la población. O incluso más.

Ivan Illich

Sobre la actualidad y vigencia de un pensador radical

Richard Smith, el director del British Medical Journal, ha contado recientemente (BMJ del 13 de abril) que lo más próximo a una experiencia religiosa que ha tenido nunca ha sido escuchar al “carismático y apasionado” Ivan Illich exponer sus radicales ideas sobre la salud y la medicina rodeado de los “fósiles de la jerarquía académica en Edimburgo”. Illich argumentaba entonces que “la mayor amenaza para la salud en el mundo es la medicina moderna”. Esto ocurrió hace nada menos que en 1974, cuando Smith acababa de licenciarse en medicina y un año antes de que Illich publicara su polémico y clarividente libro Némesis médica: la expropiación de la salud. Ahora, al reseñar la vigencia de este clásico de la medina, el actual director del BMJ reconoce con ironía que él mismo se ha convertido en un pilar del establishment médico tan criticado por Illich, y constata que “lo que en 1974 era radical es ahora en cierto sentido una corriente principal”.   Continue Reading →

Calendario

Sobre la abundancia de días mundiales y otras celebraciones

Da igual por qué zona del calendario transitemos. Hoy es sin duda una fecha importante y especial para la salud. Quien crea que el 7 de abril, día mundial de la salud instituido por la OMS, no tiene competidores es que no ha reparado en la cantidad de días mundiales que celebramos cada año: el del sida (cada 1 de diciembre desde 1988), el del Parkinson (11 de abril), el del cáncer (2 de febrero), el del Alzheimer (21 de septiembre), el de la tuberculosis (24 de marzo), el de la diabetes (14 de noviembre), el de la salud mental (10 de octubre), el del cáncer de mama (19 de octubre), el del corazón (24 de septiembre), el de la esclerosis lateral amiotrófica (21 de junio), el de la retinosis pigmentaria (último domingo de septiembre)… La lista es tan larga que, aunque lo parezca, no es exagerado decir que todas y cada una de las fechas del calendario reclaman nuestra atención hacia alguna enfermedad, cuando no hacia varias, pues los días se solapan con las semanas, los meses, los años y las décadas de celebraciones. En esta vorágine de fechas señaladas en pro de la salud se mezclan las promovidas o auspiciadas por la OMS con las proclamaciones del Gobierno de EE UU y las que hacen por su cuenta las más diversas asociaciones y sociedades médicas para concienciarnos sobre esta o aquella enfermedad. Continue Reading →

Lo último del té

Sobre el culebrón verdinegro de un brebaje milenario

¿Saben el último del té? Uno de los últimos, para ser más exactos, nos llega de Israel, desde el Beth Israel Deaconess Medical Center, donde aseguran que los mayores beneficios del consumo de este salutífero brebaje se observan entre los pacientes que ya han sufrido un infarto. Cuando más té ingiera un paciente tras sufrir un infarto, dicen los autores en Circulation del 7 de mayo, más probabilidades tendrá de sobrevivir en los siguientes tres o cuatro años. Si no fuera porque lo proclama una autoridad como Circulation, el asunto no merecería mayor atención. Pero el caso es que los mensajes que provienen de fuentes autorizadas son recogidos por los medios de comunicación y llegan a los lectores de medio mundo. Aunque el nivel de escepticismo de los lectores de noticias de salud debe de haber crecido más o menos a la par que el volumen de mensajes en los últimos años, todavía muchos creen que todo lo que aparece en un medio respetable debe ser cierto. Para muchos, además, los mensajes sobre el estilo de vida saludable son auténticas órdenes. Y el problema es que a menudo a estas órdenes les suceden órdenes en sentido contrario, y muchas de ellas carecen de la suficiente base científica. En el caso que nos ocupa, se trata de un estudio observacional y no de un ensayo controlado. ¿Cómo puede saberse entonces que el diferencial de mortalidad entre los grupos estudiados se debe precisamente al distinto consumo de té y no de manzanas o de cualquier otra particularidad dietética, por no salirnos de los cauces alimenticios? Se supone que las virtudes del té se deben a su elevado contenido en flavonoides, pero también lo tienen las manzanas o el brócoli. ¿Y por qué no puede deberse a cualesquiera otras diferencias?

El culebrón del té puede resultar interesante para un observador que no haya padecido un infarto o que no sienta la amenaza de un cáncer digestivo o cualquier otra condición en las que parece tener un efecto protector, desde el Parkinson a la obesidad. El principal beneficiario de todas estas y otras virtudes es el té verde (ya sólo por el nombre y su procedencia oriental, el verde tenía todas las de ganar sobre el negro), una infusión muy popular en los países asiáticos y que en los últimos años ha hecho furor en Estados Unidos y otros países occidentales por sus supuestas propiedades anticancerígenos y anticolesterolémicas. Lo cierto es que en el ya largo historial del té no falta bibliografía que pone en tela de juicio estas propiedades, que muestra la otra cara del té (una de las penúltimas noticias la dio The Lancet el 27 de abril con este escueto titular: “Earl Grey tea intoxication”, donde se contaba el caso de un hombre que estuvo 25 años bebiendo hasta cuatro litros diarios) o da alguna sorprendente campanada. Hay, por ejemplo, un estudio que indica que el té alivia los malos olores, náuseas y dolor de garganta que provocan las viviendas nuevas. Al menos esto, hasta ahora, nadie lo ha desmentido.

La primera vez

Sobre primicias, pioneros y otros reclamos inaugurales

El reclamo de “la primera vez” empieza a ser demasiado habitual en biomedicina. Es cierto que son tantas las áreas de investigación, tantos los estudios y tantas las publicaciones que algo hay que resaltar para llamar la atención y, a ser posible, aparecer en los medios de comunicación, que es donde parece que se bendicen los logros de la ciencia. El caso es que conseguir algo “por primera vez” parece ser el mérito principal, cuando éste debería recaer en la dificultad y trascendencia del logro. Por si no había bastante con los anuncios de las primeras operaciones con esta o aquella innovación, las primeras laparoscopias de todo tipo, los primeros bebés, embriones, siameses, animales clónicos o cualesquiera otros grupos celulares o seres vivos que han tenido la dudosa fortuna de ser los primeros en algo, para mayor gloria de la ciencia y de la institución que los hizo famosos, tenemos además los primeros días mundiales de mil y una enfermedades, las primeras jornadas sobre asuntos varios donde se anuncian más y más primicias, y toda la retahíla de cumpleaños y efemérides. Y por si esto no fuera suficiente, soportamos además el goteo incesante de genes primerizos para un sinnúmero de condiciones, las más peregrinas asociaciones causales obtenidas “por primera vez” gracias a la combinatoria estadística y un bombardeo interminable de logros inaugurales. Continue Reading →