Archive | septiembre, 2001

Anuméricos y bayesianos

Sobre el pensamiento estadístico y la extrañeza que despiertan los números

Herbert George Wells, el visionario autor de La guerra de los mundos, predijo que algún día, para ser un ciudadano informado y eficiente, el pensamiento estadístico sería tan necesario como leer y escribir. Aun reconociendo la supremacía de la lectoescritura (ese palabro que tanto gusta a los pedagogos de nueva hornada) para manejarse por la vida, sería motivo de largas discusiones pronunciarse sobre si ese día ha llegado ya, lo hará en un futuro o no se presentará nunca. En cualquier caso, está claro que buena parte del conocimiento sobre la naturaleza y la experiencia se obtiene mediante números, y que el gobierno o desgobierno del mundo se realiza de manera creciente con estadísticas. Y ya que la semana pasada, al mentar a Bayes, nos acercamos al jardín de la estadística, hoy bien podríamos dar un paso adelante y adentrarnos, aunque con pies de plomo y los ojos bien abiertos, por esta jungla del razonamiento bayesiano y la inferencia incierta. Continue Reading →

Prístinas palabras

Sobre la manipulación de significados y el papel de los médicos en tiempos de crisis

Ahora que tantas gentes del mundo entero especulan, con mayor o menor grado de opresión de conciencia, sobre cómo combatir el terrorismo y cómo se va a administrar la “justicia infinita”, y se escuchan en esta aldea global invocaciones de todo signo acerca de la guerra, la cordura, el “factor dios”, el sentido de los medios y los fines, la intervención divina, el maniqueísmo de buenos y malos, entre otras muchas, parece que la verdadera babel no es ya tanto la de la diversidad de lenguas sino la provocada por la perversión de las palabras y su influencia en el gobierno del mundo. Este fenómeno universal de la manipulación de los significados, que se ha revelado como una herramienta eficacísima para la aplicación de las dobles morales y los distintos raseros, tienen un efecto colateral inmediato en el desencuentro de las gentes y los pueblos. Así, donde algunos dicen “justicia infinita” otros entienden “castigo infinito”; donde unos hablan de “guerra santa” otros perciben apología del “terrosismo”, y donde unos creer ver la “benevolencia divina” otros sufren el “castigo divino”. Esta manipulación de las palabras y sus significados, que también se da en el ámbito médico (el aborto puede ser una intervención terapéutica o un asesinato, lo mismo que la hospitalización de un enfermo mental en un psiquiátrico puede ser considerada como privación de libertad de una persona), lleva a plantearse cuestiones como qué clase de justicia es esa que estamos invocando o qué es la benevolencia divina y cuáles son sus fines. Merodeando por internet encuentro la referencia de Divine Benevolence, or an Attempt to Prove That the Principal End of the Divine Providence and Government is the Happiness of His Creatures, publicada en 1731 por el reverendo británico Thomas Bayes (1702-1761), padre del llamado razonamiento bayesiano que es el alma de muchos sistemas expertos en medicina. Pero como esta no obra no parece estar disponible en internet, nos quedamos sin saber cómo el creador del método inductivo quería demostrar que el principal fin de la providencia y el gobierno divinos es la felicidad de sus criaturas. A la luz oscura de los sucesos y circunstancias actuales no parece fácil, ni por deducción, inducción o intuición, apoyar la tesis de Bayes. Continue Reading →

Manhattan y Vancouver

Sobre el frente común de los editores médicos contra la injerencia de la industria

Manhatan. ¿Dónde estabas y qué hacías cuando se derribaron las Torres Gemelas de Nueva York? La importancia de un suceso para un pueblo o una sociedad queda corroborada cuando, pasado el tiempo, la gran mayoría de sus miembros puede dar respuesta a esta pregunta. El director del British Medical Journal (BMJ) para Norteamérica, Ronald M. Davis, confiesa en el número de mañana (disponible hoy en internet) que a lo largo de su vida éste es el segundo suceso de estas características, tras el asesinato del presidente John F. Kennedy cuatro décadas atrás. Davis se encontraba en Washington DC, a dos manzanas de la Casa Blanca. Con la embriaguez emocional propia de quien ha vivido un suceso así de cerca, en el BMJ nos regala un testimonio emocionado y encendido de grandes adjetivos, con alabanzas a los equipos sanitarios y, como buen americano, hasta con menciones bíblicas. Dice Davis que mientras su presidente Bush se dirigía a la nación invocando el 23rd Psalm o salmo 23, él “podía ver legiones de sanitarios avanzando a duras penas en el valle de la sombra y la muerte”. En el actual revuelo de testimonios, crónicas y comentarios, más o menos apasionados, que ha suscitado la tragedia de EE UU, el artículo de Davis puede que no sea sino uno más, pero no deja de llamar la atención el que muchas de las revistas médicas dediquen algún comentario a los atentados de Nueva York y Washington (The Lancet, que ya tenía cerrada la edición de mañana, anuncia que lo hará en el próximo número), aunque, bien mirado, quizá todavía llame más la atención el que la revista española Hola dedique su portada (algo insólito) al atentado contra las Torres Gemelas.

Vancouver. ¿Y qué hacían entretanto los editores médicos? Los atentados de EE UU han venido a coincidir con la publicación, en una docena de las principales revistas médicas de todo el mundo, de un editorial conjunto que arremete contra la injerencia de la industria farmacéutica en el diseño, análisis y divulgación de los ensayos clínicos, y comunica el endurecimiento de los Uniform Requirements for Manuscripts Submitted to Biomedical Journals, las normas exigidas a los autores para la publicación de trabajos en sus medios, en concreto en lo que se refiere a su vinculación con los laboratorios farmacéuticos. El espíritu de Vancouver, el que animó a reunirse en 1978 en dicha ciudad de British Columbia a un pequeño grupo de editores médicos para coordinar esfuerzos para definir las características editoriales de los papers, ha vuelto a agitarse para garantizar la legítima autoría de los trabajos y la independencia de los resultados y su interpretación. Las revistas y editores que han participado en esta iniciativa son los Annals of Internal Medicine, el BMJ, el Canadian Medical Association Journal , el JAMA, el  Journal of the Danish Medical Association,The Lancet, The Medical Journal of Australia, el Nederlands Tijdschrift voor Geneeskunde (Dutch Journal of Medicine), The New England Journal of Medicine, el New Zealand Medical Journal, y el Western Journal of Medicine, más The Norwegian Medical Association, el International Committee of Medical Journal Editors, MEDLINE/Index Medicus, y la National Library of Medicine.  Son muy explícitos tanto el editorial que firman y publican conjuntamente varias de las revistas mencionadas (JAMA, NEJM y The Lancet, entre ellas) con el título de “Sponsorship, autorship, and accountability”, como el de Richard Smith, editor de BMJ, en el que dice que “esta iniciativa de los editores médicos no debe ser vista como un ataque a la industria farmacéutica”, sino tal y como reza su título, como una iniciativa para “Mantener la integridad de la ciencia”. El humo de Manhatan ha eclipsado el renacido espíritu de Vancouver que impregna esta iniciativa. El tiempo dirá cuál de los dos acontecimientos provoca consecuencias más rápidas.

Con g de engaño

Sobre la caída de un mito de la moderna sexualidad femenina: el punto G

El popular y polémico punto G, una de las quimeras de la sexualidad de las últimas décadas, se desvanece. Al parecer, todo ha sido un engaño. “Se ha engañado a las mujeres durante aproximadamente 20 años acerca de una parte importante de su sexualidad”, dice Terrence M. Hines, del Departamento de Psicología de la Universidad Pace, en Pleasantville, Nueva York, y autor del artículo “The G-spot: A modern gynecologic myth”, publicado en el número de agosto del American Journal of Obstetrics and Gynecology. “Algunas mujeres pueden llegar a sentirse muy mal consigo mismas y su sexualidad si no son capaces de encontrar el punto G, pero no hay nada que encontrar”, añade Hines. Tras revisar la evidencia (anatómica, bioquímica y conductual) sobre el punto G, Hines llega a la conclusión de que “es como un extraterrestre ginecológico: se le ha buscado mucho, se ha discutido mucho, pero no se ha verificado por métodos objetivos”. Y añade: “La evidencia científica que se cita, por lo general, para apoyar la existencia del punto G es tan insuficiente que casi produce risa”.

El famoso punto G debe su nombre a Ernest Grafenberg. Este ginecólogo alemán describió por primera vez en 1950, en un artículo publicado en el International Journal of Sexology, un haz de tejido nervioso localizado en la pared anterior de la vagina, rodeando la uretra, que al ser estimulado intensificaba la excitación sexual. Grafenberg no aportó ninguna evidencia de la existencia del punto G, aparte de algunas anécdotas sobre las conductas sexuales de algunas de sus pacientes, según Hines. La primera vez que se mencionó esta controvertida zona de la anatomía femenina con el nombre de punto G, fue en 1982, en el libro “The G-Spot and other discoveries about human sexuality”, de la terapeuta sexual Alice Khan Ladas, la médica y sexóloga Beverly Whipple y el médico John D. Perry. Las ventas millonarias del libro, traducido a una veintena de idiomas, no han sido ajenas a la dificultad de localizar un área de existencia tan incierta. Ocho años después, en el The Kinsey Institute New Report on Sex: What You Must Know to be Sexually Literate (St. Martin’s Press, 1990), la primera publicación de este instituto para el público general, se decía que “no se ha hecho suficiente investigación para establecer la veracidad del punto G”.

La información sobre el quimérico G-spot en internet es tan voluble e imprecisa como su localización, aunque en conjunto el volumen de páginas y sitios electrónicos que tratan del asunto o construidos con la excusa de lo que evoca no es nada despreciable. Así, por ejemplo, en el sitio electrónico del Kinsey Institute se dice que “algunos le llaman la próstata femenina; algunos sugieren que es una extensión del clítoris o de los bulbos del clítoris”, pero se añade que “la verdadera estructura anatómica no se conoce”. En otros sitios dignos de crédito, como el de Masters & Johnson, no hay ni rastro del G-spot, mientras que en MedLine sólo aparecen dos referencias al g-spot: la de Hines y otra de 1999 del alemán R. Syed sobre la mención del g-spot en la literatura oriental de hace siglos. La búsqueda del punto G con las herramientas propias de internet conduce de inmediato a los sumideros del porno y el cibersexo, donde la existencia o inexistencia de dicho punto es lo de menos, y lo que importa son los aledaños y el consumo que genera la incertidumbre de la búsqueda y el encuentro. Es esta incertidumbre la que ha creado tanta ansiedad a muchas mujeres y lo que ha dado pie a una literatura de todos los colores (amarilla, gris y rosa, principalmente), desde consejos de consultorios sexológicos a libros de autoayuda, para localizar un punto que, como ahora dice Hines, “si estuviera allí, probablemente no se habría pasado por alto”.

Facies

Sobre el estudio del rostro, sus desfiguraciones y su vinculación con la mente

Si esto es internet, hablar de outlook parece remitirnos al correo electrónico. Pero éste es también el nombre de una iniciativa de ayuda a las personas con el rostro desfigurado, la Outlook Disfigurement Support Unit, creada en 1995 en el hospital Frenchay de Bristol. Este proyecto pionero, promovido por la sociedad sin ánimo de lucro Changing Faces, surgió para prestar atención a un problema no bien resuelto ni por los servicios sanitarios ni por la sociedad: los trastornos psicológicos derivados de las enfermedades que provocan deformidades en el rostro o los accidentes que lo desfiguran. La curiosidad irreprimible y casi infantil ante un rostro monstruoso refleja hasta qué punto la cara condiciona la propia existencia y el desafío que supone vivir con rostro deforme. En este caso como en otros, internet es la ventana que da luz y aire a un problema escondido, a la vez que el respiradero que puede llevar oxígeno a los afectados y ponerles en contacto con alguna asociación de ayuda. Gracias a internet podemos enterarnos que Changing Faces no está sola: New Face Foundation, About Face o Face the Future son algunas de las asociaciones que en todo el mundo quieren dar apoyo a los 82.000 niños que nacen cada año con algún tipo de deformidad en su cabeza, cara o cuello, así como a quienes sufren con el tiempo desfiguraciones por accidente o enfermedad. La asociación estadounidense Faces recoge 28 patologías que provocan alguna deformidad del rostro, desde una hidrocefalia al sobrecogedor síndrome de Moebius (caracterizado por la ausencia total de movilidad facial), del que hay 64 casos registrados en España, según la Fundación Síndrome de Moebius. Continue Reading →