Archive | agosto, 2001

Felicidad y salud

Sobre el estudio del bienestar subjetivo y su relación con la salud

Asistimos a tal proliferación de “campos emergentes” que cualquier día nos emerge la mismísima Atlántida y, tan saturados como estamos, ni nos damos cuenta. Como ocurre a menudo, lo más nuevo es lo más antiguo o, si se quiere, lo más emergente es lo más sumergido en la historia del hombre. Este es el caso del estudio de la felicidad. Lo que emerge ahora es la aproximación científica al problema, para lo cual ha habido que repudiar el término vulgar, por equívoco y sobado, y sustituirlo por el emergente “subjective well-being” o bienestar subjetivo. Uno de los líderes de este nuevo campo es el psicólogo estadounidense Ed Diener, de la Universidad de Illinois, ocupado desde hace un par de décadas en el empeño de definir y analizar los componentes del bienestar subjetivo y medirlo en grupos humanos. La tarea es tan loable como formidable, y por eso resulta interesante darse una vuelta por la página personal de este psicólogo en la que se encuentra un buen resumen de lo que la ciencia puede decir sobre la felicidad, además de una escala para medir la satisfacción personal con la vida, desarrollada y validada por Diener, por si alguien quiere tener unas coordenadas científicas.

El trabajo de campo realizado por los investigadores del bienestar subjetivo ha confirmado, entre otras cosas, que la gente que vive en países ricos es sólo algo más feliz que la que vive en países pobres. El dinero es importante, pero son los factores culturales los que marcan la diferencia. En una estrevista publicada en el New Scientist del 18 de agosto, Diener dice que los más felices del mundo son los hispanos, porque propenden a lo positivo, a lo que resulta placentero; en cambio, los habitantes del lejano Oriente tienden a ver el vaso medio vacío y a centrarse en lo que va mal en sus vidas. Con todo, Diener sostiene que los seres humanos son en su inmensa mayoría felices y que hay gente feliz incluso cuando las condiciones de vida son de lo más adversas. Además, la evidencia científica indica que las personas más felices tienen un sistema inmunitario más fuerte, son más creativas, mejores ciudadanos, más eficaces para resolver sus problemas. La gente feliz se considera incluso más atractiva. No hay una clave para la felicidad; en todo caso, algunos ingredientes básicos, como el tener buenas relaciones interpersonales o involucrase en actividades gratas y bien valoradas por uno.

Todo este constructo científico de la felicidad evidencia el error de la definición de salud de la OMS. Salud no equivale a felicidad, no es ese estado de bienestar integral que propugna la OMS; en todo caso sería una de sus condiciones o un componente de la calidad de vida. Como nos dice el sentido común y corrobora Diener, las medidas objetivas de la salud se correlacionan sólo en un nivel elemental con el bienestar subjetivo: hay gente sana que no es feliz y gente enferma que por diversas razones sí lo es. Aunque no hay una teoría general de la felicidad, algunas aproximaciones ponen énfasis en ideas como las de comparación social o adaptación. La diferencia entre Diener y otros expertos en este campo con los gurús tradicionales de la felicidad, desde Aristóteles al Dalai Lama, está en el método de estudio. La aproximación científica de Diener es de naturaleza objetiva y se supone que por eso puede dar y quitar la razón a las verdades subjetivas e intuitivas de filósofos y artistas. Algunos resultados parecen contraintuitivos, como por ejemplo que el nivel de felicidad se mantiene a lo largo de la vida, con independencia de la edad, el estado civil o los ingresos. Pero es que el bienestar subjetivo no se explica sólo por las condiciones objetivas ni se puede reducir al hedonismo, la alegría o la salud. Es, por definición, el juicio que uno se hace de su propia vida. Veremos hasta dónde se puede llegar con el método científico.

Ideas verdes

Sobre la biodiversidad ideológica y el entusiasmo reduccionista por lo verde

Lo mejor de mi caña de pescar es su marca de fábrica: Shakespeare (since 1897). Además de que piquen los peces, siempre espero que muerda el anzuelo alguna buena frase o idea, o siquiera alguna sugerente palabra de las más de 20.000 que empleó ese “animal lingüístico” que, según George Steiner, “dio muestras de una capacidad para expresar el mundo que no encontramos en ningún otro hombre o ninguna otra mujer”. Pero para que un pez te traiga una buena idea bajo la aleta hace falta haber cebado antes las neuronas, que se produzca una feliz sinapsis y, naturalmente, que piquen los peces. Y esto es algo que no ocurre todos los días ni en todas las aguas. En el siempre revuelto río de internet la ganancia del pescador se nos promete más fácil. Por lo que tiene de ecosistema global, internet representa el más surtido muestrario de ideas de la historia de la humanidad. Y donde digo muestrario, podría decir observatorio, escaparate, semillero, laboratorio o incluso centro de interpretación de la naturaleza (humana). Evidentemente, no se trata tanto de ideas nuevas y originales, que siempre son un bien escaso, como de ideas a granel, mezcladas en confusa amalgama y en muy distintas fases de desarrollo y concreción. En internet hay ideas para todo y todo tipo de ideas. Existe, cómo no, Ideas.com y otros sitios de contenido similar. La revista Yahoo Internet Live (hay una también una versión en papel), que incluye cada mes una variada selección de sitios, proponía en su número de junio bajo el epígrafe “cool ideas”, los siguientes: Streetspace, Agencevirtuelle.com, Inphase Technologies, Given Imaging y Nascomms.com, además del mencionado Ideas.com. No hay más que entrar en ellos para percatarse de que no todo el mundo piensa en lo mismo cuando habla de ideas. Algunos creen que las ideas sólo sirven para hacer negocios y otros están convencidos de que con una buena idea serían capaces de mover el mundo. Pero el mundo (real e ideológico) da mucho más de sí.

Una cosa que llama la atención es el actual auge de las ideas “verdes”, comprendiendo aquí desde el ecologismo y su ideología política hasta los planteamientos alternativos (ya sea el turismo, la cocina o la salud) de inspiración naturalista. En las selecciones de Yahoo Internet Live siempre hay espacio para lo verde en general y para la salud natural en particular. Esto no es sólo políticamente correcto sino también un reflejo del momento dulce que viven actualmente las medicinas complementarias o alternativas en occidente. De todo este auge de lo natural y alternativo, que va acompañado de un creciente espacio en los medios de comunicación, quizá lo más evidente es la importante cifra de negocios que representa. La aceptación acrítica en muchos casos de todo lo que lleva la etiqueta natural, ecológico o alternativo no deja de ser sorprendente y no se puede explicar sólo por las perversiones del capitalismo y las flaquezas de la medicina oficial. El siempre agudo Petr Skrabanek decía que “el retorno a la naturaleza es un sueño recurrente para aquellos que no pueden hacer frente a las complejidades de la vida, aquellos que prefieren las visiones simples al confuso caleidoscopio de las sociedades industriales, aquellos que desearían regresar a la infancia y enterrar sus cabezas entre los generosos pechos de la Madre Naturaleza. Algunos corren desnudos por los bosques, otros cultivan verduras orgánicas y se hacen sus propias sandalias, y mientras, los que están dotados de un espíritu más filosófico, evocan la utópica visión de una harmonía holística entre el hombre y el universo”. ¿Qué persona bien nacida no es a estas alturas un defensor de la naturaleza y la biodiversidad (también la de las ideas)? Pero de eso a convertir el pensamiento verde en casi una religión hay un abismo intelectual que sólo se puede negar con altas dosis de ingenuidad o por intereses de otro color. El negocio de lo verde es sin duda un negocio redondo, pero algunas de sus ideas están más que verdes.

Anatomía de la arenga

Sobre la verborrea global, la proliferación de autores y la penuria de lectores

A un periodista de los de la vieja escuela le oí decir que él no era más que un procesador de textos y un hígado. Tan resuelto y convencido lo proclamaba, con su copa en la mano, que parecía seguro que si alguien le hubiera abierto en canal allí mismo sólo habría encontrado, efectivamente, un órgano para procesar palabras y otro para procesar vinos y licores. Escribir y beber eran sin duda las dos actividades biológicas que mejor resumían su quehacer cotidiano y que constituían, por así decirlo, su doble vocación y sacerdocio. Me viene ahora a la memoria este recuerdo mientras leo en la revista de Cazalla de la Sierra (Sevilla) un artículo titulado “El cazalla o la cazalla”, que podríamos catalogar como arenga etílica. En él se dice, entre otras cosas, que el famoso anís “es el licor de todos los momentos, de todas las horas”, como a continuación quiere persuadirnos el autor desgranando una a una las innumerables oportunidades del día para degustar este licor. Pero quizá lo más sorprendente de este panegírico del anís elaborado en la Sierra Norte de Sevilla es que corresponde a una charla pronunciada por un coronel de aviación, Antonio Lucena Cubero, como parte de los ejercicios obligatorios del XVII Curso de ascenso a generales. Como explica el interesado, natural de Cazalla de la Sierra y propietario de la empresa licorera “Lucena Hermanos” de este pueblo de Sierra Morena, dicha prueba de ascenso al generalato consiste en “una charla disuasoria o persuasiva (…) cuyo objeto es conocer cómo nos desenvolvemos, bien en la enseñanza, o ante un público en una situación imprevista”. La de Lucena Cubero, por si quedaban dudas sobre su índole persuasiva, se remacha con tres versos de un tal comandante Aledo: “Amamantaste a tu crío / con Anís Lucena Hermanos / ¡Qué suerte tuvo el joío!”.

“Sólo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio” y “nunca se debe dejar de contener la pluma, si no se tiene algo que escribir más valioso que el silencio”, dejó escrito en 1771 el abate Dinouart en su obra de retórica “El arte de callar”, editada por Siruela hace un par de años. Sin duda, éste no era el caso del coronel Lucena, impelido a hablar y escribir como tantos otros para avanzar en su carrera profesional. Si ya en la época de Dinouart el imperativo de expresarse oralmente o por escrito era más fuerte que el de callarse, hoy es sin duda todavía más irresistible (el caso de los profesionales médicos es tan próximo y notorio que no precisa comentarios). Pero la actual “histerización de la escritura”, como dicen Jean-Jacques Courtine y Claudine Haroche en el prólogo del libro, va más allá del ámbito profesional: está ligada al desarrollo del individualismo y del narcisismo contemporáneos. Internet, al simplificar el proceso de divulgación y publicación de una obra, parecen haber puesto las cosas más fáciles a los millones de personas que quieren publicar (una editorial electrónica de Estados Unidos calcula que una de cada 14 personas ha escrito alguna cosa), pero esto no está tan claro. Hoy por hoy, a lo que aspiran casi todos los autores noveles o consagrados es a publicar en papel, pues la obra impresa ha superado algún filtro de calidad y es más probable que alguien la lea. Y eso a pesar de que el uso de internet también hace que se lea menos letra impresa, como indica una encuesta de Scarvorough recogida en el semanario eWeek. Aunque se vislumbra un buen porvenir para las editoriales electrónicas, pocos todavía están dispuestos a rebuscar en la red para leer un libro inédito de un autor desconocido. Y es que, en una época en la que cualquier motivo parece bueno para dar a imprenta una arenga u otro destilado del propio procesador del textos y en la que internet promete la publicación sin fronteras, toda esta verborrea global no hace sino resaltar el único y grave problema: la escasez creciente de lectores. Quizá están todos ocupados escribiendo sus cosas. O tomando un cazalla.

Iconografía

Sobre el mundo de la imagen en internet y su infeliz casamiento con el texto

En el mundo multimedia todavía hay clases y una marcada jerarquía. Internet es una red tejida con palabras y todo lo demás, ya sean imágenes, vídeo o sonido, son fantasmas encadenados a la malla digital por significantes textuales. Buena parte de los bits de la red están en una zona poco iluminada y son por tanto menos visibles, simplemente porque no entran en las grandes rutas y en las batidas de los buscadores, ya sea por razones de lengua, ubicación u otras. Pero a los bits que forman toda la iconografía de la red les ocurre algo parecido. La prueba está en que, cuando se pretende buscar una imagen en internet para ilustrar una idea en una clase o presentación, dar con la imagen en cuestión no es ni de lejos tan sencillo como encontrar un dato, una información, un texto. El de la palabra y el de la imagen son dos mundos bien distintos, y eso se nota cuando se pretende buscar una imagen con las herramientas disponibles. Los buscadores se manejan en clave alfabética y por más que se quiera describir una imagen con palabras, en los resultados de las pesquisas prevalece la información textual. Con tiempo y una caña probablemente es posible acabar pescando las imágenes que uno busca, pero si el tema no es sencillo hace falta dedicación, paciencia y un poco de suerte.

Además, una imagen sin texto es puro artificio. La fotografía hace tiempo que perdió valor como prueba documental o testimonio. Al margen de la fotografía creativa, que se explica a sí misma, el texto es lo que avala una foto y le da carta de naturaleza en internet. Persuadidos como estamos de que toda imagen puede ser un montaje digital, ¿quién sostiene que una imagen vale más que mil palabras? Más bien, para que la imagen tenga al menos el valor de la visibilidad en internet precisa siquiera unas palabras. Fijémonos, por ejemplo, en Ronald Rreagan fumando. ¿Cuántas palabras vale una imagen como esta? ¿Y esta otra?Si hubiera que describir y catalogar la primera foto con tres palabras, probablemente serían Reagan, smoking y WHO. Pero el mensaje sería confuso, porque WHO no tiene nada que ver con la OMS, sino con una emisora de radio en Des Moines, Iowa (EE UU) en la que trabajó el ex presidente estadounidense a principios de los años treinta como locutor deportivo. La foto, una copia de una postal que Reagan enviaba a los oyentes que le escribían a la emisora, es un montaje para una campaña publicitaria realizada para los cigarrillos Kentucky Winner y el tabaco de pipa Kentucky Club. Reagan ni fumaba entonces ni quizá tenía perro. En la segunda foto, aparece de nuevo fumando, esta vez en su despacho, pero ignoramos los detalles. Si ahora, siguiendo el rastro del humo, quisiéramos localizar las impactantes imágenes históricas de médicos anunciando cigarrillos, resulta que no es nada fácil. Las imágenes existen y seguramente están en algún rincón de internet. Pero, ¿cómo llegar hasta ellas?

En la rred, hay algunos buenos bancos de imágenes médicas. Están, por ejemplo, el archivo Images from the History of Medicine (IHM), una colección de casi 60.000 ilustraciones y fotografías de la National Library of Medicine de EE UU, o el Bristol Biomed Image Archive de la Universidad de Bristol. Pero la mayoría o son muy limitados, como el de la Health On the Net Foundation (apenas 2.000 imágenes), o son de pago, como el Banco de imágenes de Medcenter.com o el AP Photo Archive. Por suerte, muchas de las imágenes médicas de interés son además de libre disposición para conferencias, presentaciones y otros fines no comerciales. Pero si su búsqueda se complica, una alternativa rápida y eficaz en muchos casos es utilizar una cámara digital para crear las propias ilustraciones. Es una cuestión de imaginación.