Archive | marzo, 2001

Marital status

Sobre el inquebrantable interés de la medicina por el estado civil de los ciudadanos

No es ninguna novedad el que la investigación médica se interese por el estado civil de los pacientes reales o en potencia. Al fin y al cabo, las relaciones de pareja son un componente importante del bienestar de muchas personas en todo el mundo. La variedad de estudios que consideran el “marital status” es enorme, desde las investigaciones sobre el suicidio y la enfermedad mental hasta las que abordan la enfermedad coronaria y la supervivencia general, pasando por otras en las que se estudia la influencia del estado civil de los padres en los hijos. En PubMed hay nada menos que 19.232 referencias. Pero hoy o mañana se incorporará una nueva que es realmente sorprendente. Para ser claros y veraces a un tiempo, daremos la bienvenida a este nuevo “paper” con la rotunda frase con la que los autores comentan sus resultados: “Los hombres que eran más pequeños al nacer tienen menos probabilidades de casarse”. ¿Adivinan quién nos vuelve a obsequiar con esta sutileza epidemiológica?

Lo que ahora nos presenta el British Medical Journal (BMJ) de mañana  31 de marzo es un estudio longitudinal que pretende comprobar la hipótesis de si el menor crecimiento fetal se asocia con el ulterior estado civil. Como explican sus autores, los hombres solteros tienen mayores tasas de enfermedades cardiovasculares y una esperanza de vida menor que los casados, y se especula que esto puede deberse bien a que los hombres sanos tienden a casarse o bien a que el matrimonio ejerce algún efecto protector; además, añaden, el menor tamaño al nacer se asocia con un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares. Y, tras estudiar dos cohortes en Finladia y en el Reino Unido, de 3.577 y 1.659 hombres, respectivamente, pues resulta que sí: los bebés pequeñitos tienen menores posibilidades de casarse. “Claramente”, escriben los autores como para curarse en salud, “los factores que conducen a los hombres a casarse son complejos incluyendo tanto los de tipo biológico como social”. Y añaden: “Sin embargo, nuestros datos plantean la posibilidad de que la restricción temprana del crecimiento influya en los factores de la selección de pareja, incluyendo socialización, sexualidad, personalidad y respuestas emocionales”.

En las mujeres ya se había señalado una asociación semejante. Sin embargo un reciente estudio [Fam Plann Perspect 2000 nov-dec; 32(6):281-7] matizaba que muchas solteras en EE UU no presentan mayores tasas de bajo peso al nacer que las casadas. El trabajo muestra además “inesperadas asociaciones” entre peso al nacer, etnia y duración de la relación de pareja. Pero sobre todo refleja que hay que considerar las características de la relación de pareja para sustentar cualquier asociación con el peso en el momento del nacimiento. Claro que esto, quizá, es ya hilar muy fino. Y si se hila tan fino se corre el riesgo de que se rompa la hebra y ya no sepamos de qué se está hablando y qué importancia puedan tener las más rocambolescas asociaciones para la salud.

P.S. No nos olvidamos de los viudos. La atención que merecen en PubMed es menor (casados, 5.643 referencias; divorciados, 3.091, y viudos 753) y quizá por eso haya más de un malentendido. Un trabajo que se presenta mañana en la reunión anual de la Population Association of America quiere poner las cosas en su sitio y de paso derribar algún mito. Primero: la muerte repentina de la pareja no es más traumática que la que sobreviene tras una larga enfermedad, especialmente para los hombres de mayor edad. Y segundo: aunque perder la pareja es uno de los sucesos más estresantes, la mayoría de los adultos recupera su nivel previo de salud física y mental antes de 18 meses.

Cuestión de sexo

Sobre el fenómeno de la atención diferenciada a la salud de hombres y mujeres

De un tiempo a esta parte la investigación e información sobre la salud de hombres y mujeres parecen querer seguir caminos bien diferenciados. El fenómeno ha ido tomando cuerpo en la década de los noventa, y ahora un día sí y otro también nos desayunamos con estudios empeñados en marcar las diferencias. Así, el British Medical Journal (BMJ) de este sábado publica una investigación sobre las diferencias sexuales en la recuperación de la anestesia: las mujeres salen antes pero sufren más efectos secundarios y su restablecimiento global es más lento. La publicación de este trabajo en el BMJ, que por cierto presume de ser el segundo sitio web de salud más visitado tras MedScape en la lista 100hot.com, no debe ser interpretada necesariamente como respuesta al deseo de “hacer el BMJ menos aburrido”, formulado por sus editores y comentado aquí la semana pasada. Las otras revistas de gran impacto también se ocupan con inusitada asiduidad de las diferencias sexuales en materia de salud. El New England Journal of Medicine (NEJM), por ejemplo, daba cuenta en su número del 8 de marzo de las diferente carga viral entre hombres y mujeres tras la infección por VIH (Initial Plasma HIV-1 RNA Levels and Progression to AIDS in Women and Men); por su parte, el JAMA de este miércoles está dedicado por completo a la salud de la mujer, y en el del 14 de marzo se publicaba un trabajo que analizaba las diferencias entre hombres y mujeres en un potencialmente grave problema cardiaco inducido por fármacos (induced QT prolongation). Y esto son sólo algunos de los últimos ejemplos.

Este interés por las diferencias sexuales en materia de salud es sin duda expresión de un fenómeno complejo y de mayor calado, que va salpicando la opinión pública de noticias, opiniones y comentarios diversos. Hoy, sin ir más lejos, el siempre agudo Vicente Verdú escribe en El País: “Los psiquiatras más interesados por la condición humana afirman que si el número de mujeres deprimidas dobla hoy al de los hombres no es tanto por una filigrana hormonal como debido a una mayor ambición femenina por ser feliz”. Pero la actualidad está repleta de filigranas hormonales, sesgos sexuales y peculiaridades femeninas y masculinas, que aparecen constantemente en los medios de comunicación generales y que últimamente han alumbrado la aparición de publicaciones específicas sobre la salud de hombres y mujeres.

A través de esta ventana al mundo que es internet pueden vislumbrarse las magnitudes de este fenómeno. Así, en la mencionada lista de 100Hot.com, esta semana el sexto puesto está ocupado por un sitio web dedicado a la salud femenina, Obgyn.net, The Universe of Women’s Health, y el número once corresponde a un sitio de salud exclusivo para hombres MensHealth.com. La propia American Medical Association (AMA) dispone del el JAMA Women’s health information Center, y el Gobierno de EE UU tiene también un National Women’s Health Information Center. Desde 1990 existe la Society for Women’s Health Research (SWHR) y, desde 1991, la equivalente Men’sHealth Network. Sólo hay que tirar del hilo de los enlaces para percatarse de que el ovillo de los sitios de salud para mujeres y para hombres es impresionante, y que los datos no son siempre coincidentes (en este sentido es esclarecedora una página de la SWHR que recoge hechos y falacias sobre la salud de mujeres y hombres). Aunque a veces puede parecer que asistimos a una variante refinada de la guerra entre los sexos, lo cierto es que el creciente estudio de las diferencias sexuales en materia de salud está demostrando que no se había prestado la suficiente atención a estas cuestiones y que, excesos y tonterías aparte, por este camino la salud de todos saldrá beneficiada.

Y fueron tus ojos

Sobre la fascinación de la investigación puntera y la distracción que procura

En el British Medical Journal (BMJ) del pasado sábado 10 de marzo se publicaba un artículo cuyo título reza así: “El color claro de los ojos, asociado con la sordera tras una meningitis”. Por si no queda lo bastante claro, en columna destacada en la página original (véase formato pdf) se repite el mensaje: “Las personas con ojos claros tiene mayor tendencia a la sordera tras sufrir una meningitis que las de ojos oscuros”. Puede parecer increíble, pero es que la ciencia es a veces increíble.

Esto del color de los ojos no es sólo uno de los primeros ejemplos que se sacan a colación al hablar de la herencia, sino también para criticar con mejores o peores intenciones los caprichos que a veces parecen tener los epidemiólogos. Con las gigantescas bases de datos personales y de salud que existen actualmente, especialmente en EE UU y Reino Unido, no hay más que cruzar datos y buscar asociaciones. Así, medio en bromas medio en serio, nos atrevemos a aventurar que si te pones a cruzar la presencia de tal o cual enfermedad con el color de los ojos seguro que encuentras algo. Y quien primero lo ha encontrado es la “audiological scientist” Helen E. Culliggton, que llega, coge a 133 sordos con implantes cocleares, les mira el color de los ojos o se lo pregunta por correo, descarta a tres que no contestan la carta, los divide en sujetos de ojos claros y oscuros, en sordos por meningitis (32) o por otras causas (98), cruza los datos, los compara con la distribución de ojos claros/oscuros de una muestra de 1.598 personas en el Reino Unido (28% claros y 72% oscuros), los vuelve a examinar y… resulta que sólo 2 (6%) de los sordos por meningitis tienen los ojos oscuros (los otros 30, es decir un 94%, los tienen claros). Luego… (véase la conclusión inicial). Así no es que se haga o deje de hacer ciencia, que tampoco vamos a cargar tintas sobre el tamaño de muestra o la procedencia de los sujetos; así lo que se hace, dice el BMJ, es aventurar por dónde pueden ir los tiros en biomedicina y, de paso, procurar entretenimiento.

“Research Pointers” es el título de la nueva sección del BMJ en la que se publica el trabajo de Culligton (aceptado en 23 de noviembre de 2000 y reservado por los editores para el nuevo espacio). Como explican los responsables de la revista británica lo que se pretende con esta sección es publicar “observaciones fascinantes” y, de paso, “hacer el BMJ menos aburrido”.  Y añaden: “Para ser aceptados como ‘reserach pointers’, los trabajos deben ser fascinantes sin que sean ridículos en términos científicos. Por favor, envíennos algunos porque detestamos estar aburridos, incluso si estamos siendo útiles”.

Totalmente de acuerdo: la ciencia ni es ni tiene por qué hacerse aburrida. Pero, lo del BMJ suena como si a esta columna, por hacerla más distraída y fascinante, sin caer en lo ridículo, le metiéramos una coplilla. Por ejemplo, “Ojos verdes”, como la canta Martirio en su disco “Coplas de Madrugá” (se pueden pinchar y escuchar algunas canciones): “Bajaste del caballo / y viniste hacia mí. / Y fueron tus ojos / dos verdes luceros / de mayo para mí. / Ojos verdes, verdes / como la albahaca, / verdes como el trigo verde, / y el verde, verde limón. /Ojos verdes, verdes / con brillo de facas / que se han clavaíto en mi corazón / Para mi ya no hay soles, / luceros ni luna, / no hay más que unos ojos / que mi vida son. / Ojos verdes, verdes / como la albahaca, / verdes como el trigo verde, / y el verde, verde limón”. Vamos, que si no fuera porque la letra y la música de “Ojos verdes” pertenecen a los maestros Valverde, León y Quiroga, igual hasta se podía enviar como réplica al BMJ. Por procurar un poco de entretenimiento. Nada más.

Parkinson, Skrabanek y Mairena

Sobre el enredo de los implantes fetales en el NEJM y la mirada escéptica

James Parkinson. La enfermedad que lleva su nombre ardió ayer en las llamas de la polémica. El estudio controlado que sacó a la luz el New England Journal of Medicine (NEJM) sobre el implante de células fetales en el cerebro de enfermos de Parkinson tuvo un eco mediático que sembró la confusión y encendió la polémica. A la controversia previa de utilizar material fetal y de ser un estudio controlado (la mitad de los pacientes fueron sometidos a una cirugía placebo con agujeros en el cráneo) le sobrevino la de la difusión de los resultados. ¿La técnica fue beneficiosa o perjudicial? ¿Se utilizaron células madre o neuronas fetales? Pues depende de lo que leyéramos ayer.

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Ortorexia

Sobre un posible nuevo trastorno alimentario y la ilusoria ilusión de la salud total

El término o palabro, según los gustos y prejuicios, todavía no tiene entrada en los diccionarios médicos, en el DSM-IV ni en MedLine. Pero bien pudiera llegar a tener cabida en cualquiera de ellos, porque parece tocado por la varita de la fortuna que premia el acierto y la oportunidad de definir una situación nueva, real y emergente: la obsesión patológica por la comida sana. Mientras la anorexia nerviosa y la bulimia giran en torno a la cantidad de comida, el eje del nuevo trastorno es la calidad. Decía el dramaturgo Arthur Miller en una reciente entrevista en El País Semanal que “cuando el crítico del todopoderoso The New York Times (NYT) sale del estreno de la obra con el pulgar hacia abajo, cualquier nueva producción morirá en poco tiempo”. Sin llegar a tanto y aunque su poder se ha diluido en los últimos años con los nuevos medios, el NYT sigue siendo una de las primeras referencias en la valoración de qué es noticia o tiene importancia en medicina (un famoso estudio mostró que una huelga del diario neoyorkino tuvo repercusión directa en la difusión de las investigaciones médicas al reducir el volumen de citas de los trabajos no divulgados mientras el periódico no salió a la calle). Pues bien, el pasado 27 de febrero el NYT se ocupó de la “orthorexia” en una pieza titulada Unhealthy Obsessions With Healthy Foods, que no es sino la oportuna reseña del libro “Healthfood junkies” (pueden verse detalles y opiniones en Amazon.com), en el que se argumenta la existencia de un nuevo trastorno de la conducta alimentaria y se propone esta denominación. Por lo que pueda venir, el padre del vocablo y principal autor del libro, Steven Bratman, ya lo tiene registrado y su dominio punto com en internet (www.orthorexia.com) operativo. Continue Reading →