Archive | febrero, 1999

Etiqueta de Salud

La mediterraneidad es en muchos sentidos un concepto más estético que geográfico. A veces coincide, como ahora que la Renault quiere impregnar sus modelos de cultura mediterránea y se decide a instalar en Barcelona un centro de diseño de coches. Pero esto no pasa siempre. Con la dieta mediterránea, por ejemplo, ocurre que el más genuino representante de esta prestigiosa y saludable manera de combinar alimentos parece ser ahora un país bañado por el Atlántico: Portugal. Pero es que ni siquiera la marca “dieta mediterránea” es un invento autóctono; su paternidad se atribuye al epidemiólogo de la Universidad de Minessota Ancel Benjamin Keys, autor del libro How to eat well and stay well: the Mediterranean way. Continue Reading →

Medicina y religión

Las encuestas son de lo más socorrido: lo mismo sirven para remendar un roto literario que un descosido científico. Así que abriremos esta nueva sección poniendo a prueba el escepticismo del lector con los datos de una encuesta realizada en octubre de 1996 a 296 médicos de la American Academy of Family Physicians. En sus respuestas a la entrevista, el 99% de los médicos afirmaba estar convencido de que las creencias religiosas curan, mientras que el 75% creía que con las oraciones se puede ayudar a que un enfermo se recupere. ¿Sorprendente? Sin duda, aunque quizá lo sea todavía más el dato de que cerca de 30 facultades de medicina de Estados Unidos incluyen en su programa docente cursos de religión o de espiritualidad y salud. Y el fenómeno parece que va en auge.

Para contextualizar esta religiosidad del médico estadounidense, hay que decir que está totalmente en sintonía con el sentir de la población general de Estados Unidos, el país que tiene más parroquias por habitante y mayor porcentaje de práctica religiosa del mundo (el 60% asiste semanalmente a los oficios y el 75% reza una o más veces al día). Como nos muestra otra reciente encuesta realizada a 1.000 adultos estadounidenses, el 79% cree que la fe puede ayudar a la gente a recuperarse de la enfermedad y el 63% opina que los médicos deben hablar con sus pacientes sobre cuestiones de fe. Pues bien, en este terreno, tan religiosamente abonado, no es de extrañar que cada año se publiquen centenares de trabajos sobre la relación entre religión y salud (en MedLine hay recogidos más de 14.500 artículos con la entrada “religion”, 600 de ellos en el último año). Muchos de estos artículos sugieren que existe una relación positiva entre religiosidad y salud, lo que aireado y voceado a los cuatro vientos por los medios de comunicación se traduce en el mensaje de que “la religión es buena para la salud”.  Hay incluso medios especializados en el tema: vean si no la versión electrónica de la revista Spirituality and Health, de cuya salud comercial nos da alguna pista el hecho de que la publique un ex editor del Harvard Business Review.

¿Pero qué hay de cierto sobre la supuesta relación entre salud y religión? A la luz de la evidencia médica, la que discrimina la verdad científica de las medias verdades, nada o casi nada. En la sección Viewpoint del número de mañana, 20 de febrero de 1998, de The Lancet se hace una interesante revisión de la evidencia empírica, además de discutir diversos aspectos éticos, en la que sus autores concluyen que “incluso en los mejores estudios, la evidencia de una asociación entre religión, espiritualidad y salud es débil e inconsistente”. Richard P. Sloan y los demás autores  (todos ellos de Estados Unidos, de la Universidad de Columbia, en Nueva York) afirman que “muchos de los datos científicos que sustentan afirmaciones sobre salud y religión son más que cuestionables”. En las varias docenas de trabajos con los que ilustran su revisión se identifican algunos defectos comunes, principalmente la realización del estudio con pocos sujetos y la falta de control de otros factores que pudieran influir en los resultados, como la edad, el estado general de salud y las conductas de salud. Otros estudios no aciertan a hacer los ajustes estadísticos apropiados o fallan a la hora de presentar los datos. Y, además, queda pendiente el problema de definir qué es eso de la religiosidad. Por todo ello, los autores concluyen que “es prematuro promover la fe y la religión como tratamientos médicos complementarios”, aunque reconocen que “a muchos las prácticas religiosas y espirituales les reconfortan en el trance de la enfermedad”.

Pero es que, aun en el caso de que quedara demostrado que la salud se fortalece con la religiosidad, ¿tendrían los médicos que recetar oraciones, misas y otras prácticas religiosas a sus pacientes? Como argumentan Sloan y sus colegas, la relación positiva entre el estar casado y la salud está bastante bien establecida, y no por eso los médicos aconsejan a sus pacientes que se casen. Mezclar la medicina y la religión tiene sus riesgos, y la vía religiosa no parece la más racional para promover la salud, entre otras cosas porque el tiro puede salir por la culata si el paciente asume que la enfermedad se debe a su falta de fe religiosa. Es cierto que hay muchas cuestiones éticas y científicas que desenredar, pero la medicina americana se encargará sin duda de que la religión no decaiga en la literatura médica. Así que, como diría un líder americano para rematar su alocución: “Dios bendiga a América”.